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El malestar

Fue un encuentro casual y tenso. La escritora venía de frente por la animada acera, con su sempiterno aire de pesadumbre, como si estuviera de vuelta de todo, lo cual, ahora, al cabo de los años, podía ser verdad.
Con sus andares desacompasados, ligeramente ladeada de forma que un hombro quedaba más alto que el otro, con las manos metidas en los bolsillos de su chaquetón acolchado, Nadia había cambiado poco, al menos por fuera.
Ella nunca le había dado importancia a su aspecto externo. Del desaliño, como de tantas otras cosas, había hecho una bandera.
En la adolescencia, cuando las chicas estaban preocupadas por resultar atractivas, Nadia, que colaboraba en algunas revistas, incluida la del instituto que abandonó por no parecerle combativa, vestía invariablemente pantalones y jerséis anchos.
En la universidad se uniformó con una trenca marrón cuyos palitos desabrochados dejaban ver el atuendo de siempre.
Julia recordaba sus discursos a propósito de la gente que se preocupaba por su imagen, actitud que la escritora calificaba despectivamente de frivolidad burguesa.
Pero a Julia no la había engañado. Al principio fue sólo una intuición.
Nadia, que era más bien achaparrada y de rasgos comunes, no se aceptaba y había convertido ese rechazo de sí misma en una filosofía existencial.
Esa ropa holgada de colores apagados y neutros era la prueba visible de su malestar y de su impotencia.
Julia tenía claro que la radicalización de Nadia y lo que ella llamaba “mi compromiso” no eran más que una forma de socializar su desazón.
La guerra de Nadia consistía en aguar la fiesta a los demás, aunque ella disfrazase este objetivo y lo bautizase con nombres pomposos.
Seguramente esa comezón era también la causa profunda de su actividad literaria.
El fortuito encuentro se produjo en la acera de una concurrida calle. Se detuvieron y se miraron sin saber qué hacer.
Julia llevaba un traje de chaqueta de Lagerfeld y exhalaba una discreta fragancia a naranjas amargas. Se percató de que la escritora estaba bajo los efectos del alcohol o de algún medicamento.
Le hubiese gustado preguntarle por qué no había cambiado esas gafas de pasta negra, por qué se seguía poniendo esos jerséis de cuello vuelto, por qué se empeñaba en mostrarse bajo una luz desfavorable.
Fue Nadia la primera en hablar. Poniendo su mano en el brazo de Julia, hizo una inesperada confesión.
“Siempre te he admirado, sobre todo cuando te criticaba, cuando decía de ti que sólo eras una muñequita Barbie”.

 

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