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Posts Tagged ‘Lezama Lima’

Esta novela está construida según el esquema de una sinfonía, probablemente la Heroica de Beethoven, y con el rigor profesional que caracteriza a este autor. Su poderosa capacidad de evocación y de invocación así como la riqueza y precisión de su verbo son los rasgos más notorios de su producción literaria, que se ve, se huele y se toca.

Esa peculiaridad, que bien podría calificarse de carnal, es extensiva a otros escritores cubanos, particularmente a Lezama Lima cuya exuberancia abruma. Sus textos no sólo se sienten, también aprisionan lingüísticamente al lector.

Carpentier tiene la facultad de convocar olores, sabores, visualizaciones, impresiones táctiles y auditivas. “El siglo de las luces” cautiva precisamente por ese despliegue sensorial que la frondosidad del lenguaje asfixia en “Los pasos perdidos”, donde las palabras proliferan y se extienden como una planta trepadora que lo invade todo.

En “El acoso” prevalece la estructura musical de la obra. En ella se cuenta las últimas horas de vida de un pistolero de los años treinta y cuarenta en La Habana, y su agonía de fugitivo antes de ser tiroteado en un palco de la Sala de Conciertos.

No hay nombres propios (salvo el de la prostituta que se llama Estrella). Sólo denominaciones genéricas: el acosado, el Becario, el Personaje, la Gestión. Los atributos prevalecen sobre la individualidad. ¿Qué más da que el Presidente se llame Juan o Romualdo?

De esta forma se potencia la dimensión social del libro. Más que de seres humanos hay que hablar de prototipos. Esta consideración lleva a señalar un recelo que despierta esta novela: su tendencia panfletaria.

En “El acoso” el protagonista tiene el final que merece quien ha errado su camino…político, se entiende. La moraleja, de la que se hace un uso “pro domo sua”, es “quien mal anda, mal acaba”.

“Eran libros de Historia de la Arquitectura, de geometría descriptiva, y, al fondo, sobre el diploma de bachiller, la tarjeta de Afiliado al Partido. Los dedos hallaban, al sopesar aquella cartulina, la última barrera que hubiera podido preservarle de lo abominable. Pero había estado demasiado rodeado, en aquellos días, de impacientes por actuar. Le decían que no perdiese el tiempo en reuniones de célula, ni en leer opúsculos marxistas o el elogio de remotas granjas colectivas, con fotos de tractoristas sonrientes y vacas dotadas de ubres fenomenales”.

Cuando el interés didáctico del autor es relegado a un segundo término o es desbordado por la dinámica novelística, la obra gana peso específico convirtiéndose en una bomba literaria.

“La visión de la vieja, tocada de blanco, doblada sobre sus tiestos y cazuelas de romero y hierbabuena, lo había enternecido. Así eran las negras de su pueblo de farallones, cuando dejaban sus begonias por la oración, a la hora de las sombras largas, mientras en los montes se oía el aullido de las perras lobas que clamaban por “buscar vida” con los guarderos jadeantes y timoratos de abajo (…). Cuando le pagaran iría a visitarla –aunque no la conociera– para llevarle algunos dulces desusados, de esos que vendía, junto a la Iglesia del Ángel, un repostero guitarrista, cuyas bandejas con papel de encaje ofrecían alcorzas, huesos de santo, polvorones, merengues y capuchinos, adornados por aventadas de confites verdes, rojos, opalescentes, llenos de almíbares con sabor a menta, granada y absintio”.

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Rapsodia para la cabra

“¿No siente, no ama ni pregunta?”
Lezama Lima

No sabe de delfines ni de azules madréporas,
ni sabe de cangrejos reculando en la arena,
ni el murmullo escuchó del mar en los rompientes.
Nunca hundió sus pezuñas en las saladas aguas.

Y ella sube que sube.

Lo suyo son las breñas de encrespada maleza,
los montones de rocas en precario equilibrio,
las cuestas empinadas, las trochas, los barrancos.
Ella entiende de montes, de ninguna otra cosa.

Y ella sube que sube.

Es ignorante, zafia y, sobre todo, loca.
No es estéril, da leche, no camina, da saltos.
Su pelambrera es recia, aviesa su mirada.
Sus afilados cuernos le sirven de defensa.

Y ella sube que sube.

Que no le hablen de almejas, de signos, de sandeces.
Conoce su destino de cabra a la deriva
sin consultar las cartas ni tampoco los astros.
Su locura es un tren lanzado a toda marcha.

Y ella sube que sube.

Que no le venga nadie con historias de anémonas
ni de estrellas marinas. Que no le venga nadie
con que ha visto una araña haciendo encaje inglés,
ni mienten a su madre, muerta de una caída.

Y ella sube que sube.

Cuando llegue a la cumbre, concentrará sus patas,
sus cuatro pezuñitas, en el punto más alto
(hará lo que en el circo hacen tantas congéneres)
y allí se quedará como una papanatas.

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