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Posts Tagged ‘Loli’

                              Julián

38.-A Julián le pasaba como a Teresa y a la mayoría de la gente. No entendía que lo que para él era un placer, más aún, lo que objetivamente sólo podía ser definido como tal, para otras personas fuera un suplicio. Esa posibilidad descabellada sólo era digna de tomarse a broma.
En su cabeza no cabía que lo que a él le chiflaba a otros les produjese terror. En su interior no sonaba tampoco una alarma tocando a rebato, como les ocurría a Loli, a Amador, a Pablo, una alarma, un grito sordo, que anunciaba la negra marejada ante la que no había defensa posible, la insidiosa invasión de todas las parcelas de su ser.
Rara vez o nunca había experimentado esas somatizaciones que dejan fuera de juego a quienes las sufren, los efectos de esos mecanismos infernales que escapan a la voluntad, que se disparan solos, no siendo desatinado hablar de posesión puesto que se está bajo la férula de un demonio.
Julián, un hombre serio, tirando a envarado, un modelo de ciudadano, siempre a la altura de las circunstancias, con su ración de prejuicios de los que nadie está libre, capaz de resistir cualquier acto protocolario por largo y tedioso que sea, conversador mediocre pero manejando los clichés con la soltura que da la práctica, haciendo un aspaviento, preguntó a su primo Raúl, que cojeaba del mismo pie que Loli y los antedichos: “¿Pero tú por qué te angustias?” Raúl no respondió nada, pues no valía la pena. Entrar en explicaciones era engorroso e inútil. Además, Julián no se las estaba pidiendo. Sólo quería darle un consejito paternal acompañado de una afectuosa palmada en el hombro. “Lo que tienes que hacer” dijo “es sobreponerte. Los acontecimientos sociales son una ocasión de relacionarse y lucirse. Aprovéchalos y no te obsesiones. Mírame a mí”.

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                                Loli

34.-Loli recuerda la vez que le pasó en el autobús que cogía a diario para ir al trabajo. En cada parada entraba un nuevo contingente de pasajeros que repercutía en su interior aumentando su nivel de angustia. Sabía que la culpa no la tenía la gente pero, conforme el vehículo se llenaba, ella iba perdiendo el control sobre sí misma, la ansiedad se disparaba, el malestar, como si estuviera echándole un pulso, le ganaba la partida.
Llegó un momento en que, faltándole el aire, sintiéndose morir, dominada e impulsada por esa penosa experiencia, Loli se puso en pie y le pidió al conductor que parase inmediatamente. Su grito se expandió, o así le pareció, en ondas concéntricas de contorno desigual de las que ella era el centro, de las que ella era el origen, como en el cuadro de Edvard Munch.
Esa explosión aterradora e irracional conmovió al autobús. Los presentes pensarían que esa mujer de mediana edad y aspecto corriente, ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, vestida con discreción, se había vuelto loca. Nada más lejos de la realidad. Loli era una persona sensata, centrada, afectuosa.
El conductor frenó. Loli, desencajada, sin tenerlas todas consigo, se apresuró a bajar y, con dificultad, aspiró el aire del exterior. Al principio a pequeños sorbos, luego a tragos más largos. Se sentó en el bordillo de una acera, agachó la cabeza, colocándola entre las piernas, y esperó a que pasase el arrechucho. A medida que se recuperaba, se intensificaban sus ganas de llorar. Derramó algunas lágrimas que le hicieron bien.
Siempre que le ocurría esto, siempre que se veía arrojada a ese estado de abandono, afloraba también la pena. Se preguntaba por qué le pasaba esto a ella que iba al trabajo, que no viajaba por placer sino por obligación. Bien sabía que esa cuestión era ociosa. Le había tocado la china y, para animarse, como en otras ocasiones, hizo un repaso mental de personas que sufrían males iguales o peores que el suyo, niños con enfermedades incurables, accidentados con terribles secuelas, amigos o conocidos que cargaban también con su cruz.
Se puso en pie y abrió su bolso, del que sacó un pastillero. Se colocó medio comprimido debajo de la lengua, pues ya había pasado lo más duro y, respirando hondo, siguió su camino. Se sentía como si le hubiesen dado una paliza. Y eso era lo que había ocurrido.
Los usuarios del autobús pensarían ante su reacción que no estaba en sus cabales, los transeúntes con los que ahora se cruzaba, a la vista de su paso tardo e inseguro, que estaba borracha. Éste era otro efecto colateral. Loli estaba maltrecha, tocada para el resto del día, deseosa de acabar y volver a su casa para tenderse y a lo mejor llorar un poco más.

 

 

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