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Posts Tagged ‘pradera’


                 1
Me detuve en el límite del encinar. Ante mí se extendía una vasta pradera. La casa estaba situada en una elevación del terreno que, desde lejos, parecía una meseta en miniatura.
Durante un rato contemplé el hermoso paisaje. Los días de agua y de sol se alternaban y el resultado estaba a la vista.
En la superficie levemente ondulada del herbazal había charcas, en las que proliferaban las plantas acuáticas.
Eché a andar sin prisa. Me hallaba en un peculiar estado de ánimo, en el que se mezclaban la atracción y el recelo.
Las charcas, punteadas de infinidad de florecillas blancas, tan apretadas en algunos lugares que semejaban un mullido tapiz, retenían mi atención.
Cogí una ramita de mastranzo que crecía a orillas de estos aguazales, la estrujé entre los dedos para aspirar su refrescante aroma, y seguí caminando.
Entre tanto verdor, destacaban los ranúnculos de un amarillo brillante.

2
Sin darme cuenta llegué a los pies de la ladera. Despacio, subí y me dirigí a la casa. Su deterioro era mayor del que esperaba. Desde allí arriba se divisaba toda la pradera delimitada por una línea irregular de copudas encinas.
A la cancela del jardín le faltaba una de las hojas y la otra, casi fuera de los goznes, colgaba inclinada.
Los naranjos, membrillos y otros árboles, sin podar desde hacía años, formaban una densa maraña de ramas leñosas.
No se escuchaba ningún pájaro. Pero el murmullo del viento era constante, lo cual no tenía nada de extraño en ese paraje elevado y solitario.
No quedaba rastro de flores. Los animales y los intrusos habían dado buena cuenta de ellas. Sin embargo, el jardín no estaba invadido por la maleza. Tan sólo algunas zarzas habían escalado las tapias y exhibían sus largos tallos espinosos.

Nota.-En esta entrada puedes leer el cuento completo.

3
Conforme me acercaba a la casa por el sendero principal, mayor era mi asombro. La fachada se hallaba cubierta de caracoles.
Nunca había visto tantos en mi vida. Tenía que haber miles y miles.
Yo había venido con la intención de entrar. Como no tenía llave, sólo podía lograr mi objetivo forzando una de las dos puertas que daban al exterior, o escalando la pared y colándome por uno de los tres balcones.
Las dos puertas, en previsión de curiosos y ladrones, estaban provistas de dos barras de hierro con candados de seguridad.
Como había previsto desde un principio, sólo tenía una posibilidad: trepar y entrar por el balcón de la izquierda, el que correspondía a mi antigua habitación. Por este motivo, sabía que el pasador de uno de los postigos no resistiría un empujón.
También había que romper el cristal, pero el verdadero e imprevisto problema lo constituía ese inaudito apiñamiento de caracoles.

4
Se trataba de una variedad de tamaño mediano o pequeño, de carne muy apreciada por los consumidores de estos gasterópodos.
La concha era fina y lisa, blanquecina, con franjas de tonalidad ocre. Se tenía que quebrar con suma facilidad. Imaginé el leve crujido que produciría al ser aplastada.
Inevitablemente iba a tener que perpetrar una escabechina.
Los caracoles no me inspiran ningún sentimiento especial. Recordé la reacción de una inglesa a la que unos amigos invitaron a comer. Cuando se asomó a la olla y vio que contenía un guisado de caracoles, esbozó un inequívoco gesto de repugnancia. Luego se apartó con una sonrisa hipócrita.
Cuando caía un chaparrón primaveral, uno de los juegos infantiles consistía en esperar a que escampara para ir a buscar caracoles. Los cogíamos para hacer carreras, a las que eran reacios.
Para animarlos, les cantábamos: “Caracol, caracol, saca los cuernos al sol”. Algunos obedecían y, extendiendo los tentáculos de su cabeza, inspeccionaban el terreno antes de ponerse en movimiento.

5
El irregular conglomerado tenía varias capas de espesor en algunos lugares.
Era la apoteosis de la espiral, que se agrupaba formando racimos, bullones y guirnaldas.
Pasé la mano por los barrotes de la ventana de la izquierda y los limpié de caracoles.
Los vanos de la fachada estaban enmarcados en un alfiz de ladrillos rojos, que no eran visibles.
Metí los dedos en esa proliferación de conchas y desprendí un bloque que se fragmentó en multitud de pedazos al chocar contra el suelo.
En parte el alfiz quedó al descubierto. Me encaramé a la ventana e inicié el ascenso.
Pasé un momento de apuro a mitad de camino. Apoyado en el borde de los ladrillos y agarrado a los hierros del balcón, no pude hacer nada para protegerme de una avalancha de caracoles que se abatió sobre mí.
Cerré los ojos y aguanté el desmoronamiento de un lienzo de la falsa pared de moluscos.
Me sacudí y seguí trepando. Finalmente, salté al interior del balcón, que despejé de caracoles. Me quité la mochila y saqué el martillo que había guardado en ella.

6
Rompí el cristal y presioné el postigo, cuyo pasador no encajaba bien. No era cuestión de fuerza sino de habilidad y paciencia.
Cuando cedió el pestillo, las bisagras rechinaron y la hoja se entreabrió con desgana. La empujé y el interior, con manchas de humedad y grietas en el cielo raso, quedó iluminado. Sobre todo había polvo.
Lo que veía no me sorprendió. Era, más o menos, lo que esperaba encontrar.
Giré el tirador, pero la madera de la puerta estaba hinchada y resistió mi primer intento de abrirla. Me hizo falta aplicarme con ahínco para que, con profusión de chirridos, me dejara pasar.
Fue en ese momento cuando empecé a notar algo extraño alrededor de mí.

7
Fue como si algo o alguien me aspirara.
Deseché esta idea fantasiosa. A plena luz del día no podían ocurrir cosas raras.
Me bastó dar algunos pasos para salir de mi error. La sensación de estar siendo atraído por un imán se hizo más intensa.
Y esta fuerza magnética iba en aumento, arrastrándome al exterior. Lo cual no dejaba de tener gracia después del trabajo que me había costado entrar.
Cuando la atracción se hizo insoportable, dejé que actuase libremente.
En definitiva, fue un alivio verme flotando sobre la pradera.
El aire fresco, las bandadas de pájaros y las charcas rebosantes de vida me hicieron olvidar rápidamente la casa decrépita.
Sobrevolé un arroyuelo bordeado de carrizos con sus plumosos penachos de la temporada anterior. Más allá, inicié el descenso en una zona salpicada de miosotis azulados, en cuyo centro se hallaba ella.

8
Todas las edades parecían confluir en esa mujer de ojos claros (por más que lo intento, no logro recordar si glaucos o dorados), que destellaban como los de un niño travieso.
Tenía el pelo recogido en un rodete y la piel atezada, como si pasase mucho tiempo al aire libre.
Vestía una blusa blanca y un corpiño cerrado con un cordón. La falda estaba adornada con cintas multicolores.
Cuando me habló, pensé, tal era mi desconcierto, que se estaba dirigiendo a otra persona. Pero allí, aparte de nosotros dos, no había nadie más.
Creo que estuvo sermoneándome, aunque no recuerdo sus palabras sino, vagamente, el gesto reprobatorio de quien está echando una regañina.

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