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Posts Tagged ‘servidumbre’

No tenía ganas de soportar al insulso de Toribio, empapado en televisión y prensa progres, hablando en castellano. Demasiado bien conocía su discurso para prestarme a oírlo otra vez.
Él tiene muy claro, y así lo manifiesta, que hay que cobijarse siempre a la sombra del poder. Que ésta sea más negra que el ala de un cuervo le da lo mismo. Socarronamente precisa que esa tenebrosa tonalidad sólo la adopta en contados y trágicos periodos históricos. En general, según este camastrón andaluz, no se puede hablar de sombra sino de penumbra, de un estado intermedio soportable en invierno y agradable en verano.
“No vamos a engañarnos” dice “ni hacernos los estrechos. Lo único que hay que ver es cómo sacar beneficios, prebendas, subvenciones, tajadas. Y nada de eso vas a conseguir si te enfrentas a la sombra. Si incurres en esa temeridad, te expones a achicharrarte o a congelarte en el espacio exterior. El poder marca los límites. Lo que hay más allá es una tierra de nadie recorrida por los parias y los imbéciles”.
Toribio no es ni una cosa ni otra. Es un cazurro cuyo refrán favorito no hace falta citar. Un ciudadano que no plantea problemas. Un olfateador nato de zonas umbrías hacia las cuales inicia de inmediato maniobras de acercamiento. Un hacha atando cabos y llevando la corriente. El ojal de la solapa donde se exhibe la insignia correspondiente.
Si hay que aplaudir, aplaude. Si hay que reír un chiste malísimo, su carcajada deja al descubierto la campanilla. “Total”, argumenta “la mayoría de las veces uno aplaude, ríe o asiente sin obtener nada a cambio. Con cuanta más razón si uno puede pillar algo”.
Sin embargo, él mismo reconoce que en la práctica las ganancias son más ficticias que reales. De donde se infiere que su actitud lacayuna se sostiene meramente en un deseo de provecho que rara vez o nunca se materializa.
A él le llega lo que a todos, incluidos los que no condescienden a hacer reverencias. Para Toribio este comportamiento no es una degradación sino un deporte. Y todos los deportes son respetables.
No hay nada de lo que avergonzarse, y si lo hubiera, un comino le importa. Él sabe todo lo que hay saber, empezando por la premisa mayor de cualquier silogismo político: el poder no da nada gratis.
Si él arrambla con algunas monedas, es porque el padrino ha tirado un puñado a la chiquillería vociferante entre la que él se encuentra.
“Como no se va a obtener nada” afirma “es haciéndoles cosquillas a los mandamases ni oponiéndose a la fuerza dominante por más despótica que sea”.
“La intensidad de la sombra” añade guasón “tiene una importancia relativa”. No hace falta decir que Toribio es relativista. Todo depende del contexto. En cuanto al contexto, coincide con sus intereses.
Frente a un poder consolidado sólo cabe doblegarse, aceptar la condición de esclavo. Esta conclusión habría escandalizado a Cicerón, pero Toribio desconoce a este escritor latino. Él sólo lee a autores “à la page”, como está mandado.
Espécimen modélico de la voluntad de servidumbre, testigo risueño de enjuagues y componendas que justifica o ante los que se encoge de hombros, comparsa disciplinado que repite como un papagayo las consignas del momento, no se plantea otra línea de actuación. Y si esa idea surge en su cabeza por azar, la espanta de inmediato como a una mosca inoportuna.
En una ocasión le comenté a Toribio que Casio no podía soportar no sólo la tiranía, sino el poder excesivo, por considerarlo la fuente de todos los males. Enarbolando su periódico favorito, me replicó: “Ese Casio es un cantamañanas. El poder es la única realidad incontrovertible. Cuanto más grande es, más tiene uno que someterse”.

 

 

 

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