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A finales de octubre de 2005 fallece doña Rafaela Mendoza. Su hijo, Anastasio Larrea, recibe las condolencias de su tío Marcelo, que reaparece tras años de ausencia, de las amigas de su madre, con las que tenía por costumbre reunirse a tomar el té antes de que la enfermedad la postrase, de sus propios amigos y de todos los que acuden a la casa mortuoria, incluido algún inesperado visitante.
Larrea, que regresó a Las Hilandarias tras su divorcio, rememora durante el velatorio una epifanía acontecida el año antes de que hiciera la Primera Comunión. Ese mismo día quedó marcado también por haber sido atropellado por un caballo en una estampida provocada.
Ese trance, al cabo del tiempo, mantiene incólumes su fuerza y su misterio. Pero ahora Larrea ha decidido asumirlo.
Las fascinaciones que encubren gravosas servidumbres, las tempranas experiencias que troquelan la vida, constituyen los mimbres de esta narración, cuyo tema de fondo es el mal.
Su presencia en el mundo, el precio que se paga por estar bajo su férula, las armas para combatirlo y el coraje para empuñarlas.

La novela empieza así:

Los dos empleados de la funeraria habían acabado su trabajo. La capilla ardiente quedó instalada en la misma habitación de la planta baja que habilitaron como dormitorio cuando las fuerzas abandonaron a doña Rafaela, y no pudo subir y bajar la escalera.
No hizo falta mover la cama, en una esquina, cerca de la ventana que daba a la galería. El ataúd, sobre un túmulo cubierto por un paño fúnebre, estaba situado en el centro; en la cabecera había un crucifijo, flanqueado de dos cirios encendidos.
De pie, contemplando el cadáver que tenía entre las manos un rosario, se hallaban, en primer término, Anastasio Larrea y Ramona. Más alejados, algunos vecinos y Silvia, la asistenta.
Durante los tres últimos meses, la enfermedad había afilado los rasgos de la señora Mendoza, que había adelgazado veinte kilos. Los dolores habían sido mantenidos a raya con la ayuda de la morfina, cuyas dosis fueron en aumento conforme fue necesario.
Gracias a ese medicamento, al que llamaba «el jugo de la amapola», doña Rafaela no sufrió mucho. De todas formas, ella no había sido nunca una persona quejicosa. Los padecimientos, de cualquier índole, había sabido sobrellevarlos con dignidad.
Ni siquiera cuando la sometieron a la radioterapia y la quimioterapia, que tan desmejorada la dejaron, la oyeron lamentarse. No perdió tampoco el sentido del humor en ese trance, ni más tarde, cuando sospechaba que tenía los días contados.
Sus allegados la miraban ahora pálida y tranquila, entregada definitivamente a Morfeo, el esquivo dios que sólo acudía cuando le administraban el bendito fármaco.
Anastasio dio media vuelta y se dirigió al patio, adonde lo siguió Ramona que se persignó antes de retirarse. La chacha, que siempre había ocupado en la casa un lugar especial, quería preguntar al hijo de la difunta un par de cosas.

Esta novela se publicó en SEYCE Ediciones en 2010
http://www.editorialseyce.3a2.com/

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