Me despertó la antigua y melodiosa canción con un fondo de tristeza que tanto me conmovía. Pero no lograba identificarla. La letra me llegaba lejana, como si la estuviesen susurrando. Sólo dos palabras, tal vez pertenecientes al estribillo, emergían claras: “mi niño”.
Permanecí escuchando. Ese arrullo monótono y melancólico que debía inducir al sueño, me desveló por completo.
La luz del alba entraba ya por la ventana de postigos entreabiertos. Observé los gruesos muros del dormitorio.
Había vuelto a la casa de mi infancia, a la que me vio nacer, a mí y a la mayoría de los miembros de mi familia, a varias generaciones. La conservaba en un estado de semiabandono. A causa de su vetustez y extensión, resultaba difícil de vender.
Habían aparecido compradores pero cuando se enteraban del precio, tras el regateo de rigor, se retiraban. La casa valía el dinero que se les pedía. Otra cosa es que todos ellos, sin excepción, quisieran derribarla y construir en el solar una nueva vivienda.
Tal vez, dado que había unanimidad al respecto, el importe fuese excesivo. Tal vez, a pesar de ser un elefante blanco, no quisiera desprenderme de la casa. No al menos hasta que descubriese su secreto. Entonces tal vez la abaratase.
Por eso estaba allí. Oficialmente porque había salido un nuevo comprador que quería verla. Verdaderamente porque quería averiguar el origen de esa canción de cuna.
-o-
Hasta mi dormitorio situado en la planta alta, atravesando unas paredes de medio metro de grosor y unas recias puertas de madera, llegó ese arrullo.
Primero me incorporé, con la vista fija en el testero descalichado. Luego me senté en el borde de la cama. Esa voz me oprimía el pecho. Contuve la respiración para oír mejor.
Sólo captaba las palabras “mi niño”. El resto era ininteligible.
Supuse que la letra, como la de numerosas nanas, aludía a críos que se pierden y no encuentran el camino de regreso, o que tienen hambre y frío, o a los que un hombre malvado se lleva.
Me puse las pantuflas y me levanté. La voz venía de abajo.
Me detuve en el vano de la puerta. La tonada se había debilitado. Estuve quieto hasta que retomó fuerza.
Ocurría siempre que en un determinado momento la voz se extinguía. El silencio me rodeaba. El misterio se escabullía.
Bajé los escalones con la mano apoyada en la pared.
En el rellano me paré en seco, sin dar crédito a mis ojos. La planta baja estaba inundada de arena. Esa superficie rubia y ondulada, por lo que alcanzaba a ver, cubría el suelo de todas las habitaciones.

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