VI
Llegó exhausto a la cima, con las piernas doloridas y el corazón palpitante. Era evidente que había calculado mal sus fuerzas. Su intención era arrodillarse y orar, pero antes tenía que recuperar el aliento.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en una roca, y cerró los ojos.
Le vino un fuerte olor a trementina que aspiró placenteramente. Ese aroma fuerte obró los efectos de las sales que se utilizan para reanimar a los que se han desvanecido.
¿De dónde podía venir esa fragancia que le había restituido la vitalidad? Abrió los ojos y se puso en pie. Acercándose al borde de la plataforma, contempló una multitud de terebintos que se extendía hasta donde la vista podía alcanzar.
Los arbolitos de un verde oscuro se le antojaron a Esdras pebeteros en los que ardían sin llamas costosos perfumes.
A sus años, pensó burlonamente, se estaba convirtiendo en un poeta, en un mago de las palabras.
Observó que las formaciones rocosas, tan cerca de las cuales había pasado sin advertirlo, lanzaban destellos, minúsculos relámpagos, como si estuviesen sembradas de miles de puntas de diamantes.
La mente del mercader, poco dada a los fantaseos, explicó este fenómeno como una consecuencia del cuarzo incrustado en la piedra y la incidencia de los rayos solares. En cualquier caso, ese espectáculo luminoso era magnífico.
También había cerros de poca altura, redondeados, turgentes, que daban al paisaje un toque femenino. Nunca había sospechado que la península del Sinaí encerrase estas maravillas, aunque tampoco lo sorprendía en exceso, pues en ella habían tenido lugar grandes prodigios.
Esas suaves lomas se asemejaban a dunas costeras. Tras ellas se adivinaba el mar. La cercana presencia del mar, con su murmullo incesante, con sus aldeas de pescadores.
Esdras decidió pernoctar en la cima del Sinaí. Era una iniciativa arriesgada, pues la temperatura descendía mucho y él había dejado todo su equipaje abajo.
Pero de momento no hacía frío, se sentía bien. Durante la noche se encomendaría al Altísimo, se acogería a su misericordia. El cielo estrellado, visto desde allí arriba, tenía que ser el contrapunto grandioso a la belleza terrenal.

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Precioso relato Antonio, lo he seguido intrigada y hoy lo he vuelto a leer entero, fascinante viaje, tu literatura es tan descriptiva que por un momento caminé en la caravana junto a Esdras.
Tengo que confesarte que me desconcertó el final, pero porque yo ya me había escrito uno mientras leía… mi sincera enhorabuena!!
Un abrazo y feliz fin de semana.
Gracias, Belén. Para mí es una gran satisfacción leer un comentario como el tuyo. ¿Qué más puede esperar un escritor que sus personajes sean acompañados por un lector empático, que incluso forja en su mente un desenlace? La peregrinación de Esdras culmina, en sentido real y figurado, en un final abierto, o sea, en una invitación al lector a hacer la interpretación que considere oportuna desde su propia idiosincrasia.
Ahora no estoy pasando un buen momento creativo. El trabajo actual me trae a maltraer. Por momentos, me parece un disparate, algo que empecé por juego, y que se me ha ido de las manos. Cada dos por tres me planteo tirarlo a la papelera y olvidarme de ese asunto. Pero como soy obstinado, sigo en la brecha. Tu comentario es una inyección de optimismo y una palmada de ánimo para recuperar la confianza.
Un abrazo y feliz fin de semana.
Esa obstinación tuya nos regala grandes momentos de lectura a los que te seguimos, ánimo con el nuevo trabajo.
Tengo cargada en el lector de ebooks a «Lucrecia» y otra vez me he quedado enganchada con solo siete páginas…no se que rumbo va a tomar pero el inicio es bastante sorprendente, me encanta!!
Saludos.
¡Qué sorpresa, Belén! «Lucrecia y la rata» no es el primer libro que escribí, pero sí el primero que publiqué en el 2006, es decir, hace ocho años. Pensaba que hacía más tiempo de su aparición, pero las cifras no mienten.
Espero conocer tu opinión cuando hayas acabado de leerlo. Algún lector me ha comentado que era un libro excesivamente «localista», pues la acción transcurre en un imaginario pueblo andaluz, llamado Las Hilandarias. En la novela salen a relucir bastantes tradiciones, algunas felizmente desaparecidas. No era, desde luego, mi intención hacer un libro costumbrista sino un estudio de personajes (la galería es amplia) teniendo como fondo la vida pueblerina. La novela está planteada como una fábula. Animales y humanos están tratados al mismo nivel de personajes, de forma que a veces queda en evidencia que hay ratas humanas y humanos de indiscutible condición ratonil.
No voy a decir que es un libro al que le tengo mucho cariño porque a todos mis trabajos literarios se lo tengo, pero éste, por ser mi estreno en la edición, ocupa ciertamente un lugar especial. Un abrazo.
Por supuesto que te haré llegar mi opinión, este fin de semana no he avanzado en mi lectura ( celebramos los días Europeos de la Artesanía y no paro en casa )
El título es de los que invitan a ver qué hay dentro, pero fue el hecho de que la rata tuviese un papel activo lo que hizo que me decantase por esta en particular.
Buen domingo!!
Bravísimo, Antonio. Ante lo hermoso el mejor homenaje es el respetuoso silencio. Abrazo, cher ami.
Hermoso es el paisaje que Esdras contempla desde la cima del Sinaí. Si el relato te lo ha parecido también, este escritor se siente ampliamente recompensado. De tout mon coeur je te souhaite un heureux week-end.
Al contrario, la recompensa es para quienes te leemos. Buena semana para ti, amigo.
Antonio, hace días te lo quería comentar…me pareció un relato muy místico y muy atmosférico, que deja mucho para la reflexión. Es mejor leerlo de un tirón como tambien hizo Belén. Entras en un estado diferente. 🙂
Punto 2. Ya sabes que yo te entiendo perfectamente al respecto, pero, por favor, aléjate de la papelera. Es mejor freir espárragos. (sé que la estoy utilizando mal, pero me encanta la imagen).
Feliz finde, querido Antonio, que el sol te acaricia las letras.
Sí, querida Rosa, el adjetivo “místico” conviene a este relato en el que un hombre se plantea su apertura a la trascendencia. Y ese envite que no había asumido por razones prácticas, cínicas o incrédulas, ese guante lanzado por su propia alma es finalmente recogido, de forma que ese hombre, ese mercader judío llamado Esdras, emprende su último viaje.
Tus adjetivos están bien escogidos. Espero que hayas entrado en ese estado receptivo que propicia el encuentro y la aprehensión de lo sagrado.
En cuanto al segundo punto, gracias por tus palabras, que son las de una colega que sabe de qué habla. Las aprecio mucho. Es verdad que estoy atravesando una etapa de cuestionamiento o de crisis. Esto no tiene nada que ver con la edad sino con el proceso creativo. Tarde o temprano, los vientos se echan y el barquito queda inmovilizado en un recalmón. Las razones de la esterilidad, del bloqueo, de la sequedad son variadas y complejas. No voy a entrar en ellas. Sólo hay que aceptar que los vientos dejan de soplar y la navegación se detiene, porque ciertamente a golpe de remos no se avanza mucho.
Seguiré tu consejo. De hecho, ya había tomado esa decisión. Esta Semana Santa, en el pueblo, mi hijo Gabriel y yo nos dedicaremos a pasear en coche y a escuchar música. También saldré a andar solo por el campo, leeré o releeré, y dejaré estar todo, lo literario y lo humano. Creo que voy a descansar hasta del blog, que, como ya sabes, es una necesidad básica.
Espero que tú también descanses y disfrutes de la Semana Santa malagueña, la cual, según tengo entendido, es espléndida. Un abrazo.
Muy bonito lo que cuentas. Siento que te entiendo muy bien. Yo tambien me alejo a ratos del blog, tambien para no empezar a borrar todo, hasta lo humano 😉 jajaja. Creo que compartimos que el refugio más bello es la naturaleza.
Respecto al relato, creo que la única forma de entrar a ese estado receptivo es leerlo de un tirón (creo que se dice), yo lo logré así y fue muy agradable y un poco triste tambien. Senti esa soledad ante el universo que a la vez nos acoge. Un abrazo, y tus fans te esperan con toda la paciencia del mundo, pero tampoco te pierdas. 🙂