XXIV
Permanecía allí en medio, como obnubilado, no pareciendo que viese ni escuchase nada.
Pero veía a los hombres que seguían su camino, y a las mujeres que se sentaban de nuevo en sus hamacas, en sus sillas, en sus umbrales, veía, junto a otros mozos, al bravucón acariciándose el tobillo, con el brazo echado por encima de los hombros del niño de cara de caballo, al que de vez en cuando pellizcaba la oreja cariñosamente, enfilándolo con sus ojos acuosos y hostiles donde se reflejaba el desprecio que le merecía el zangolotino, y oía los insultos que provocaban la risa del otro niño, el cual lo miraba de reojo animándose, al amparo del brazo protector, a motejarlo de esto o de lo otro, oyó a uno de los hombres preguntarle a otro mientras se alejaban si él no era el hijo de fulano, añadiendo, tras la respuesta afirmativa, que no lo podía creer, pues el padre era serio y formal, qué pensaría de ese zagalón que en vez de buscar novia pasaba el tiempo jugando con niños, y oyó a una vecina que opinaba que lo ocurrido era cosa de chiquillos, a lo que otra replicó: “¿un chiquillo el hijo de fulano?” “para mí que no es completo” dijo una tercera, “no puede serlo, desde luego”…

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Inesperado el final como lo habías advertido.No es de extrañar, porque los juicios son inevitables en la vida y mayormente cuando existen formas de comportarse que salen de la norma. Observar más allá de ellas y evaluar el conjunto de cualidades, en este caso las del niño Zangolotino, hacen que nuestro opinión sea más precisa y el afecto desarrollado crezca.
Con tu permiso, me quedo con una copia de esta versión adaptada al blog.
Muchas gracias por compartirnos esta genial historia.
Magnífico comentario con el que sólo se puede estar de acuerdo. Has penetrado en la significación de esta historia, en sus raíces y en sus consecuencias. Y sobre todo has empatizado, has puesto de manifiesto tu capacidad de ponerte en el lugar del otro.
Gracias a ti, a tus comentarios, a tu seguimiento de este relato. Tienes, por supuesto, mi permiso (la publicación en el blog lo convierte del dominio público respetando las condiciones que se especifican en Creative Commons). En diciembre de 2014 o en enero de 2015, editaré en Amazon (en versión digital y en papel) una selección de relatos que encabezará precisamente éste. Un abrazo.
No agrego más, mi querido Antonio, que el relato completo es una obra maestra de la narrativa breve, que nunca menor. Final real, impotente, como tantas veces nos juega la vida. A esperar con ansia tu nueva publicación con el resto de tus relatos al momento.
Gracias por el deleite que nos regalas a tus seguidores con tu pluma.
Te mando un enorme, cálido, fuerte y fraternísimo abrazo, amigo escrivividor.
Gracias, Ernesto, por el juicio que te merece este relato, escrito hace años y revisado o reescrito el verano pasado, respetando el original, sin añadidos pero con algunos recortes para aligerar su peso.
El desenlace se veía venir. Es así, en efecto, como suele ocurrir a menudo en la vida. Pero es un final abierto al balance, a la comprensión y a la aceptación de uno mismo. A ello se aplicará el zangolotino como queda apuntado a lo largo del relato. Él irá afianzando progresivamente su bonhomía natural. Un fuerte abrazo.
Así debe ser, los golpes del vivir no deben derruir el espíritu. La incertidumbre es el principio que rige en el universo y, por ende, en la vida. Afrontarla, en lugar de oponerla, da otra perspectiva y ahorra amarguras, frustraciones y dolores innecesarios, mientras que aligera el tránsito y aviva el optimismo.
Hermoso relato y qué bien que te decidiste a pulirlo para quedar tan perfecto. Abrazote, Antonio.
Estoy muy feliz de saber como se ha llegado (y como se puede llegar una y otra vez) a este punto. Seguro que si hubiera sido una de las vecinas que se pone a charlar en la puerta de su casa no me hubiera enterado nunca de la complejidad de esta situación. Es tan fácil juzgar.
Un abrazo, Antonio.
Demasiado fácil y demasiado irresponsable. Hay siempre un afuera y un adentro. Hay también una tendencia muy acusada a criticar y a juzgar según nuestros a menudo estrechos criterios y nuestros prejuicios. Unos y otros pueden arrinconar a una persona, marginarla, hacerla sufrir. Esta experiencia forma parte del aprendizaje. El bien y el mal se entremezclan en la vida. Cuando te enfrentas al segundo, en cualquiera de sus numerosas formas, tienes que optar por convertirte en otro secuaz o por superar e integrar esa nefasta prueba.
Normalmente actuamos como las comadres que toman el fresco, o como esos fantoches justicieros. La interioridad de la persona es ignorada por completo. Y no sólo esa realidad sino también con frecuencia los hechos objetivos, como en el caso del zangolotino. Feliz fin de semana.
Querido Antonio:
Al igual que otro de los lectores, me he leído tu «Niño Zangalotino» de un tirón. Me ha encantado: no solo por tu absoluto dominio del vocabulario (que envidio profundamente) sino por esa capacidad para describir hasta el más pequeño detalle sin que ello frene el ritmo del relato. Tu niño es un bonachón y un crédulo, mala cosa en un mundo tan competitivo y cruel como el de la infancia, y probablemente seguirá siéndolo en la adultez, porque es difícil que esas cosas cambien por muchos palos que se reciban. La verdad es que tu Zangolotino se hace querer y, sería agradable pensar que, al final, ha encontrado su lugar en el mundo. Me ha gustado mucho.
Gracias, Carmen, por haber leído de un tirón este relato largo en el que se narra la salida de la infancia de un niño que se resistía a ello, ya no un niño sino un mozalbete. En los ambientes pueblerinos no perdonan. A veces la caridad brilla por su ausencia.
Gracias otra vez por tu generosa apreciación crítica. El texto tiene varias vueltas y ahora que lo he releído un poco, me han entrado ganas de darle otra. El prurito perfeccionista asoma la cabeza de súbito. Pero mejor que la esconda porque no voy a hacer más revisiones.
Al Zangolotino, tarde o temprano, le tenía que pasar lo que le pasó o algo parecido. Él aguantó todo lo que pudo para atesorar recuerdos que más tarde compartiría con quien quisiera oírlos. Creo que sí. Al final encontró su sitio en el mundo, precisamente por ser bonachón y no ser competitivo, por aceptarse como era y no pretender ser otro. Un abrazo.