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Posts Tagged ‘niño de cara de caballo’

                             XXIV
Permanecía allí en medio, como obnubilado, no pareciendo que viese ni escuchase nada.
Pero veía a los hombres que seguían su camino, y a las mujeres que se sentaban de nuevo en sus hamacas, en sus sillas, en sus umbrales, veía, junto a otros mozos, al bravucón acariciándose el tobillo, con el brazo echado por encima de los hombros del niño de cara de caballo, al que de vez en cuando pellizcaba la oreja cariñosamente, enfilándolo con sus ojos acuosos y hostiles donde se reflejaba el desprecio que le merecía el zangolotino, y oía los insultos que provocaban la risa del otro niño, el cual lo miraba de reojo animándose, al amparo del brazo protector, a motejarlo de esto o de lo otro, oyó a uno de los hombres preguntarle a otro mientras se alejaban si él no era el hijo de fulano, añadiendo, tras la respuesta afirmativa, que no lo podía creer, pues el padre era serio y formal, qué pensaría de ese zagalón que en vez de buscar novia pasaba el tiempo jugando con niños, y oyó a una vecina que opinaba que lo ocurrido era cosa de chiquillos, a lo que otra replicó: “¿un chiquillo el hijo de fulano?” “para mí que no es completo” dijo una tercera, “no puede serlo, desde luego”…

 

 

 

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                              XXII
El niño de facciones equinas gemía y resoplaba. Sostenido por los nervios y el amor propio, se debatía con fiereza. Pero, como se veía a las claras, no podría resistir mucho tiempo.
La superioridad del zangolotino era patente. De su rostro se había borrado la furia que aflorara al principio de este incidente. Se había limitado a esquivar o parar los puñetazos y puntapiés que el otro repartía a tontas y a locas. Cuando golpeó, el mamporro conmocionó a su rival que se tambaleó, y que, tan pronto como se repuso, se abalanzó sobre él como un meteorito, perdiendo ambos el equilibrio y cayendo.
Sobre el pavimento de la plaza, el niño de cara caballuna se tomó toda clase de licencias: arañazos, mordiscos, bofetadas… Pero las cosas no le fueron mejor.
Daban vueltas a derecha e izquierda tan bien entrelazados que formaban un único bulto. Cuando esa masa humana se detenía, el zangolotino era el que estaba arriba, sentado sobre el vientre del otro niño, al que trataba de dominar.
Pero éste, al que la rabia dotaba de gran agilidad, lograba zafarse. Tres veces escapó a la inmovilidad, que era sinónimo de derrota, a que lo condenaban el peso y la fuerza de su contrincante. Pero no hubo cuarta vez.
El niño zangolotino, a horcajadas, colocó las rodillas sobre los hombros de su adversario, y con las manos le mantuvo la cabeza pegada al suelo.
El niño de cara de caballo, con los ojos desencajados, forcejeó unos instantes más, trató de combar el cuerpo y revolverse, sin demasiado convencimiento, a un paso de darse por vencido.

 

 

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                              XXI
Al grito de “¡lavanta, buena planta”! con que el niño de rostro caballuno anunció el segundo pase esforzándose en no soltar una carcajada, y tras recibir en el costillar los primeros azotes que no se hicieron esperar, el zangolotino saltó como impulsado por un muelle, pero no para ponerse a correr sino para encararse con el tramposo.
Lo miró fijamente intentando disuadirlo de perpetrar la faena. Le advirtió con su voz bronca que no siguiera pegándole ni de broma, pues el otro, suavemente, no paraba de sacudirle el polvo.
Le dijo que había puesto la correa fuera de su alcance, igual que la vez anterior. Una podía pasar, dos no.
De haberse tratado de un chiquillo menos engreído y estúpido, el de las facciones equinas habría desistido. Si el enfrentamiento degeneraba en una pelea, llevaba las de perder.
Los dos niños se habían convertido en el punto donde convergían no sólo las miradas de sus compañeros, sino también las de las de las mujeres que tomaban el fresco, a las que no había pasado por alto que algo estaba ocurriendo.
El mocoso sorbió con ruido. Vacilaba. Su rostro se ensombrecía por momentos. Sólo era consciente de que ese grandullón le estaba desbaratando los planes. Arrugando el morro, falto de palabras para contrarrestar los argumentos del otro, cada vez más enajenado, sus respetables orejas enrojeciendo a ojos vistas, se puso a gritar como un poseso, incrementándose su rabia en proporción directa a su berrea.
Mediante muecas de connivencia había creado una expectativa que ahora se volvía en su contra. Si no reaccionaba a tiempo, acabaría siendo el hazmerreír. No podía dar marcha atrás. El tiro no saldría por la culata sino por el cañón.
Con las venas del cuello hinchadas, farfulló frases ininteligibles cuajadas de nítidos insultos. El zangolotino cerró los puños, provocando una elevación del tono de voz del otro niño.
La plaza entera estaba pendiente de este suceso. Como la curiosidad era más fuerte que la prudencia, nadie intervino.
El niño de facciones equinas necesitaba el apoyo de los demás para lanzarse. Hasta no verse respaldado no golpeaba. Era un cobardón que se echaba a llorar de despecho cuando le fallaban los recursos.
Pero, espoleado por su propia verborrea, la obcecación lo estaba conduciendo a lo que, de conservar un resto de lucidez, no se hubiese atrevido.
De momento dos circunstancias lo detenían: el silencio de sus compañeros que se mantenían al margen del altercado, sin tomar partido, y, tras alegar sus razones, el silencio del zangolotino interpretado correctamente como la firme resolución de arrearle un sopapo al menor movimiento en falso.
Los otros niños se levantaron y formaron un nuevo círculo alrededor de sus dos compañeros, hecho que envalentonó al niño de cara de caballo, cuyo despotrique contrastaba con el mutismo del zangolotino.
A éste no le gustó verse cercado por los demás. Este acto aceleraba el desenlace de la disputa en el sentido menos deseable. Era un mal presagio. Barruntaba que, aunque ganase en el cuerpo a cuerpo, el perdedor iba a ser él.
Ni una sola vez se tomó la molestia de replicar por más disparates que el otro profiriese. Callaba con la misma obstinación que su contrincante ponía en apabullarlo con sus aspavientos y sus gritos.

 

 

 

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