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Archive for the ‘Antología’ Category

“Estuve una temporada inconsolable, y durante mucho tiempo busqué en mí misma la culpa. La vida, pensé, ha de tener al fin razón siempre; y si la vida se burlaba de mis hermosos sueños, habrán sido necios mis sueños, decía yo, y no habrán tenido razón. Pero esta consideración no servía de nada absolutamente. Y como yo tenia buenos ojos y buenos oídos y era además un tanto curiosa, me fijé con todo interés en la llamada vida, en mis vecinos y en mis amistades, medio centenar largo de personas y de destinos, y entonces vi, Harry, que mis sueños habían tenido razón, mil veces razón, lo mismo que los tuyos”.

“Los místicos lo llaman el reino de Dios. Yo me imagino que nosotros, los hombres todos, los de mayores exigencias, nosotros los de los anhelos, los de la dimensión de más, no podríamos vivir en absoluto si para respirar, además del aire de este mundo, no hubiese también otro aire; si además del tiempo no existiese también la eternidad, y ésta es el reino de lo puro. A él pertenecen la música de Mozart y las poesías de los grandes poetas; a él pertenecen también los santos, que hicieron milagros y sufrieron el martirio y dieron un gran ejemplo a los hombres. Pero también pertenecen del mismo modo a la eternidad la imagen de cualquier acción noble, la fuerza de todo sentimiento puro, aun cuando nadie sepa nada de ello, ni lo vea ni lo escriba ni lo conserve para la posteridad”.

“Nos vemos precisados a taconear por tanta basura y por tanta idiotez para poder llegar a nuestra casa. Y no tenemos a nadie que nos lleve; nuestro único guía es nuestro anhelo nostálgico”.

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Este fue el primer libro de Hermann Hesse que leí. Era un libro esperado que llegó en el momento oportuno, lo cual no es un hecho frecuente. Yo era uno de los lectores a quien estaba destinada esa novela, que diría Borges.
Después vinieron otras obras del hijo del predicador pietista: “Bajo las ruedas”, “Demian”, “Sidarta”, que fue un best seller en aquella época, y “El último verano de Klingsor”.
Mis lecturas se detuvieron ahí hasta que, años más tarde, compré “El juego de los abalorios”. He intentado leer este libro en dos ocasiones. Si es verdad que a la tercera va la vencida, será cuestión de probar suerte una vez más. También es probable que, desde el segundo abordaje, el lector haya madurado lo suficiente para apreciar esa obra de título tan prometedor.
Igual que con este juego músico-matemático cuyo objetivo es desarrollar al máximo el potencial humano, me ha ocurrido con el encomiado “Lord Jim” de Joseph Conrad, del que entreveo su grandeza, pero que tampoco he conseguido leer completo en dos ocasiones.
Cada libro aguarda a su lector. Y cada lector, en las diferentes etapas de su vida, aguarda un libro esclarecedor. Yo tuve la fortuna de encontrarlo a los veinte y un años. Fue “El lobo estepario”.

“En este sentido los “suicidas” se nos ofrecen como los atacados del sentimiento de la individuación, como aquella almas para las cuales ya no es fin de su vida sus propias perfección y evolución, sino su disolución, tornando a la madre, a Dios, al todo”.

“El lobo estepario estaba, según su propia apreciación, completamente fuera del mundo burgués, ya que no conocía ni vida familiar ni ambiciones sociales. Se sentía (…) como un individuo de disposiciones geniales y elevado sobre las pequeñas normas de la vida corriente. Despreciaba al hombre burgués y tenía a orgullo no serlo. No obstante, vivía en muchos aspectos de un modo enteramente burgués. (…)Le gustaba (…) sentirse extraburgués (…), pero no habitaba ni vivía nunca, por decirlo así, en los suburbios de la vida, donde no hay burguesía ya. (…) De esta manera reconocía y afirmaba siempre con una mitad de su ser y de su actividad lo que con la otra mitad negaba y combatía”.

“El hombre no es de ninguna manera un producto firme y duradero (…), es más bien un ensayo y una transición; no es otra cosa sino el puente estrecho y peligroso entre la naturaleza y el espíritu. Hacia el espíritu, hacia Dios, lo impulsa la determinación más íntima; hacia la naturaleza, en retorno a la madre, lo atrae el más íntimo deseo; entre ambos poderes vacila su vida temblando de miedo”.

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La Bhagavad-Gita es el canto del Dios o el canto del Bienaventurado.

“Venerable poema sagrado, ciencia del Ser Supremo. Coloquio entre el venerable Krishna y Arjuna”.

En él suenan las trompetas a las que responden los cuernos. Se escucha el retumbar de los tambores y de los timbales. Y el vibrar de los címbalos. El estruendo de la guerra.
Aunque la derrota y la victoria importen lo mismo, el consejo del venerable Krishna a Arjuna antes de la contienda es terminante:

“¿Cómo tal abatimiento te domina en este trance difícil? Él es propio de villanos, él te aleja del paraíso; es infame. No llegues jamás a acobardarte, oh príncipe. Nunca la cobardía halle en ti asiento. Echa de tu corazón esa mezquina debilidad y levanta tu ánimo, oh tormento de tus enemigos”.

El placer y el dolor, la pérdida y la ganancia valen lo mismo. Lo decisivo es armarse para el combate.
No obstante, las acciones humanas deben ser desinteresadas. De lo contrario, quien las ejecuta se verá abocado a la transmigración, al destino nada apetecible de renacer una y otra vez en este mundo. La Bhagavad-Gita condena esta actitud de forma rotunda:

“Miserables son aquellos a quienes mueve a obrar el resultado de sus actos”.

Los paraísos, como motivación, quedan descartados. Y cuando se ofrecen, como el de Indra, a lo más que llegan es a residencia temporal. El bien supremo no mora en esos amenos lugares a la larga forzosa y mortalmente aburridos. La Bhagavad-Gita lo cifra en la total emancipación.
Aparte de cumpliendo con sus obligaciones, que es lo que encarecidamente Krishna recomienda a Arjuna, ese feliz objetivo se logra siendo indiferente a todas las cosas. Este es el telón de fondo de la Bhagavad-Gita. A los bienes y a los males, a la alegría y a la tristeza, al éxito y al fracaso, a todos esos impostores hay que tratarlos de igual modo (como señala también Rudyard Kipling en su poema “Si”). La moneda con la que hay que pagarles es la impasibilidad.
Si no se atiene a esta conducta, el ser humano será pasto de la transmigración, uno de los dogmas presentados en esta obra. Desgracia que sobreviene como colofón de la siguiente cadena:

“Del apego a los objetos sensibles se origina el deseo; el deseo engendra la pasión desordenada; la pasión desordenada es causa del error; el error perturba la memoria; perturbada la memoria, se destruye la razón; destruida la razón, perece el hombre”.

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Todo resuena

Este poema de Han Yu, citado por Octavio Paz en uno de sus lúcidos artículos, constituye una de las mejores exposiciones del significado de la literatura, de su origen y de su finalidad.
La clave del nacimiento de la palabra literaria aparece en la última estrofa (según la arbitraria división realizada por este glosador), que es la conclusión de este breve y denso tratado poético.
La ruptura del equilibrio provoca en cualquier ser la emergencia del sonido o de la voz. En el caso del hombre, la pérdida de la armonía convierte a los elegidos por el cielo en arpas cuya melodía resuena en un intento de recomponer el mundo con la belleza de sus acordes.

Los árboles y las hierbas son silenciosos;
el viento los agita y resuenan.
El agua está callada;
el aire la mueve y resuena.
Las olas mugen: algo las oprime.
La cascada se precipita: le falta el suelo.
El lago hierve: algo lo calienta.
Son muchos los metales y las piedras,
pero si algo los golpea, resuenan.

Así el hombre:
si habla, es porque no puede contenerse.
Si se emociona, canta.
Si sufre, se lamenta.

El más perfecto de los sonidos
es la palabra.
La literatura
es la forma más perfecta de la palabra.

Así,
cuando el equilibrio se rompe,
el cielo escoge entre los hombres
a aquellos que son más sensibles
y los hace resonar.

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El poema empieza con una comprobación que conlleva una declaración formal, aparentemente paradójica.
Y prosigue, en la segunda estrofa, con un descubrimiento que es también una identificación.
El hombre es un pozo en el que confluyen el cielo, la tierra y el infierno.
El hombre es una vía de comunicación. Un pozo con sus reflejos de aguas profundas y su corona de lejano azul.
En esa hondura habita dios. Desde siempre.
Día a día, segundo a segundo, ha estado con el hombre que se ahoga por negar o ignorar la evidencia. O tal vez cegado por esa inmarcesible claridad.
Abrumado por esa verdad primera y última, por ese espejeo de pronombres que culmina en el reconocimiento de la condición de “animal de fondo de aire”, cuyas alas inmateriales conducen más allá de cualquier sueño.

«En fondo de aire» (dije) «estoy»,
(dije) «soy animal de fondo de aire» (sobre tierra),
(…)

Pero tú, dios, también estás en este fondo
(…)
que es el pozo sagrado de mí mismo.

Y en este pozo estabas antes tú
con la flor, con la golondrina, el toro
y el agua; con la aurora
en un llegar carmín de vida renovada;
con el poniente, en un huir de oro de gloria.
En este pozo diario estabas tú conmigo,
conmigo niño, joven, mayor, y yo me ahogaba
sin saberte, me ahogaba sin pensar en ti.
Este pozo que era, sólo y nada más ni menos,
que el centro de la tierra y de su vida.

Y tú eras en el pozo májico el destino
(…)

Lo eras para hacerme pensar que tú eras tú,
para hacerme sentir que yo era tú,
para hacerme gozar que tú eras yo,
para hacerme gritar que yo era yo
en el fondo de aire en donde estoy,
donde soy animal de fondo de aire,
con alas que no vuelan en el aire,
que vuelan en la luz de la conciencia
mayor que todo el sueño
de eternidades e infinitos
que están después, sin más que ahora yo, del aire.

                                                                                                                                                                                                  Juan Ramón Jiménez

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La expresión Vagabundos del Dharma, como explica Ray Smith (Jack Kerouac) en la novela, fue creada por Japhy Ryder (Gary Snyder), a quien cabe también el honor de ser uno de los primeros exponentes de ese tipo de lunáticos. Gary Snyder acabaría convirtiéndose en “un erudito en cuestiones orientales”.
En el capítulo diecisiete del libro, Ray Smith inicia la narración del larguísimo viaje en autostop que va a realizar hasta Rocky Mont, en Carolina del Norte, a unos cinco mil kilómetros de distancia de Los Ángeles.
Apenas abandonada esta ciudad, envuelta en el “smog”, Ray deja la autopista y se adentra en un bosquecillo cercano, donde piensa pasar la noche, a pesar de que las acampadas están prohibidas.
“Había mucha maleza seca y caminé aplastándola sin molestarme en buscar el sendero. Me dirigí decidido hacia las doradas arenas del lecho seco del río que distinguía allí delante”.
Abriéndose paso entre los arbustos y metiéndose en zanjas llenas de agua, llega a “una especie de bosquecillo de bambú” donde no se atrevió a encender fuego hasta la noche, que es cuando las llamas, aunque tomase precauciones, son más visibles y, por tanto, el riesgo de ser descubierto mayor.
Allí vivió Ray un momento de felicidad.
“Extendí mi impermeable con el saco de dormir encima, y todo sobre un lecho de hojas secas y bambúes. Los álamos amarillos llenaban el aire de la tarde de humo dorado haciendo que me parpadearan los ojos”.
Ni siquiera el molesto ruido de los camiones que pasaban por la autopista malogró esa experiencia de beatitud. No obstante, tuvo que ponerse cabeza abajo para aliviar la congestión de los senos nasales y mitigar el dolor de cabeza.
Y se sintió triste, casi con ganas de llorar, como la noche anterior en Los Ángeles.
Luego fue a buscar agua en su tartera, pero había tanta maleza que, a la vuelta, la derramó casi toda. Con la que quedó se hizo una naranjada en su batidora de plástico. Y comió pan y queso. Y estaba encantado.
Una vez embutido en el saco de dormir, mientras echaba un cigarrillo, pensó:
“Todo es posible. Yo soy Dios, soy Buda, soy un Ray Smith imperfecto, todo al mismo tiempo, soy un espacio vacío, soy todas las cosas. Tengo todo el tiempo del mundo de vida a vida para hacer lo que hay que hacer, para hacer lo que está hecho, para hacer lo hecho sin tiempo, un tiempo que por dentro es infinitamente perfecto”.
Por desgracia, los camiones seguían incordiando, pero tal vez esa barahúnda contribuía a profundizar la vivencia de ese instante. Lo mismo se podía decir de los trozos de bambú que se le clavaban en el cuerpo, y que fueron la causa de que pasase toda la noche dando vueltas. Pero se consoló diciendo:
“Es mejor dormir en una cama incómoda libre que dormir sin libertad en una cama cómoda”.
En definitiva, todo está endiabladamente bien. O, en sus propias palabras:
“Había empezado una nueva vida con mi nuevo equipo: era un Don Quijote tierno y lo primero que hice fue meditar y rezar un poco: “Bendigo todas las cosas vivas. Os bendigo en el presente interminable, os bendigo en el futuro interminable. Amén”.
Luego empaquetó sus cosas y bebió agua del manantial, donde también se lavó la cara y los dientes. Ya estaba listo para proseguir su viaje hasta Rocky Mount, en Carolina del Norte, a unos cinco mil kilómetros de distancia.

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El sentido de este poema de Sara de Ibáñez hay que buscarlo más allá de las palabras. Subyace tras ellas. Enraíza en las profundidades que sustentan a la poesía y la convierten en un apretado haz de significados, donde cada lector puede encontrar algo nuevo porque la literalidad ha sido trascendida.
Esta concatenación de versos surrealistas no es para ser leída de una forma convencional, sino para ser vivenciada, puesto que eso es en suma: una experiencia personal.

Quisiera abrir mis venas bajo los durazneros,
en aquel distraído verano de mi boca.
Quisiera abrir mis venas para buscar tus rastros,
lenta rueda comida por agrias amapolas.

Yo te ignoraba fina colmena vigilante.
Río de mariposas naciendo en mi cintura.
Y apartaba las yemas, el temblor de los álamos,
y el viento que venía con máscara de uvas.

Yo no quise borrarme cuando no te miraba
pero me sostenías, fresca mano de olivo.
Estrella navegante no pude ver tu borda
pero me atravesaste como a un mar distraído.

Ahora te descubro, tan herido extranjero,
paraíso cortado, esfera de mi sangre.
Una hierba de hierro me atraviesa la cara.
Sólo ahora mis ojos desheredados se abren.

(…)

Algunos de estos versos quedan destellando desafiantes, como ojos fijos en ti, invitándote a desvelar las razones del encantamiento.
Con esos alejandrinos relampagueantes, a veces con un hemistiquio, he compuesto mi propia y abreviada versión del poema:

Quisiera abrir mis venas bajo los durazneros.
Yo te ignoraba fina colmena vigilante.
Yo no quise borrarme cuando no te miraba.
Estrella navegante no pude ver tu borda
pero me atravesaste como a un mar distraído.
Ahora te descubro, tan herido extranjero,
paraíso cortado, esfera de mi sangre.

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Sócrates, a instancias de Polemarco, se queda en el Pireo en lugar de regresar a Atenas, como era su intención. Junto con Glaucón, se dirige a casa de Céfalo, al que encuentra muy avejentado.
El anciano está sentado en un asiento provisto de un cojín y lleva una corona en la cabeza, pues acaba de realizar un sacrificio. Se alegra de ver al filósofo y le reprocha que no venga a visitarlo más a menudo. Él no puede ir a Atenas porque le faltan las fuerzas.
Y de eso hablan: del deterioro que infligen los años, de los placeres marchitos, de la vejez en suma. Sólo queda el gozo de la conversación, afirma Céfalo.
Y diserta, a ruego de Sócrates, sobre la última etapa de la vida, en la que él se halla, y de la que él, al contrario que la mayoría, no se lamenta. A las turbulencias de la juventud, Céfalo opone la paz y la libertad de la vejez. Las pasiones –esos amos tiránicos- se han debilitado o han desaparecido. ¿No es eso una bendición?
El verdadero problema de la vejez, como el de cualquier otra etapa de la existencia, es el carácter de la persona. Si se es sabio, prudente, bienhumorado, todo es más fácil y se disfruta más se tenga la edad que se tenga.
Abordan a continuación la cuestión del dinero y concretamente de la fortuna de Céfalo, que es un hombre rico. Concede éste que poseer bienes materiales es sin duda una ventaja. Y explica por qué, retomando el tema de la senectud.
Cuando se siente cercana la muerte, la percepción del mundo cambia. Todo empieza a verse de diferente manera. Los relatos del Hades y de los castigos impuestos por los delitos cometidos, antes objeto de burla, ahora turban al alma. ¿Y si fuera cierto que vamos a tener que rendir cuentas de nuestros actos?
Así se introduce el tema central del libro: la justicia.
Quien no tiene nada que reprocharse duerme tranquilo, pero quien se ha envilecido vive en una terrorífica espera.
¿Por qué es ventajosa la posesión de riquezas? Porque nos permite no deber nada a nadie: ni dinero a los hombres ni sacrificios a los dioses.
El ideal de Céfalo es éste: no engañar, no mentir, no deber nada a nadie. De esta forma, uno puede irse sin temor al otro mundo.
Pregunta entonces Sócrates: “¿La justicia consiste, pues, en decir la verdad y pagar sus deudas?”.
Pero este asunto no es tan sencillo como le parece a Céfalo. La dialéctica socrática entra en acción y pone de manifiesto que esas dos cosas (decir la verdad y devolver a cada uno lo que de él se haya recibido) unas veces son justas y otras veces injustas.
Por boca de Céfalo ha hablado la experiencia del hombre común y sensato. Ahora bien, para Sócrates, eso no es definir la justicia. El debate está planteado y promete ser largo y enjundioso.
Pero hasta aquí ha llegado Céfalo. No necesita ir más allá. O a lo mejor no quiere dejarse enredar ni atrapar en ninguna casuística.
A pesar del aprecio en que tiene la compañía del filósofo, se levanta y se despide. La charla ha terminado para él. Céfalo tiene otro asunto más importante que atender: ocuparse del sacrificio a los dioses.

 

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Habla Borges del poeta menor de la antología, pero sus reflexiones son aplicables a cualquier hombre que no vio cumplidos sus sueños.
En el caso del poeta menor quedará una palabra en un índice. En el del ser humano corriente ni siquiera eso. Pero tal destino no es una desgracia. Es, por el contrario, una gran fortuna.

 

 

 

 

¿Dónde está la memoria de los días
que fueron tuyos en la tierra, y tejieron
dicha y dolor y fueron para ti el universo?

(…)

Entre los asfodelos de la sombra, tu vana sombra
pensará que los dioses han sido avaros.

Pero los días son una red de triviales miserias,
¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza,
de que está hecho el olvido?

(…)


 

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                                          II
Condenado al ostracismo, ninguneado, el patito se dirige a un rincón de la vivienda.
Pero el aire puro y la luz del sol lo incitan a hablar y a compartir su más íntimo anhelo, que es nadar.
Patas-Cortas achaca esa ventolera a la ociosidad. Y vuelve a la carga con su consabido alegato. Si supiera arquear el lomo o poner huevos, desecharía al punto esas novelerías.
Pero el patito insiste en el placer de nadar y en la felicidad de hundir la cabeza en el agua, e incluso bucear hasta el fondo del lago.
Esto es más de lo que la gallina puede soportar. Esas elucubraciones son la prueba de que el patito se ha vuelto loco. E, implacablemente, aduce que ni a Minet, que es la criatura más razonable que conoce, ni todavía menos a la vieja ama, que es una persona con una gran experiencia, les gusta zambullirse en el lago y sentir cómo el agua los cubre por completo. Si no la cree, que vaya a preguntárselo.
El patito no tiene la intención de hacer tal cosa. Abrumado, se limita a replicar que es un incomprendido.
Patas-Cortas, a quien irrita esta conclusión, le larga un sermón de padre y muy señor mío. Tras acusarlo de presuntuoso, le recuerda que debería estar agradecido. Dispone de una habitación caliente, se encuentra en compañía de otros seres de los que podría aprender mucho. Desde luego, vivir con él no es una delicia. Pero que conste que todo lo que dice es por su propio bien. Y no puede evitar, al final de su perorata, darle un consejo: “Intenta poner huevos o arquear el lomo”.
No hay nada que hacer. El patito feo lo ve con meridiana claridad. Patas-Cortas y Minet están pagados de sí mismos y son, de hecho, los amos de la casa.
Así pues, comunica a la gallina su decisión de irse a conocer mundo. Ésta no se opone. “Como quieras” responde.
Lo primero que hace el patito es satisfacer su deseo de darse un chapuzón en el lago y nadar largamente. Después, quién sabe. El otoño está al llegar. El viento, el frío, la lluvia. Pero eso es lo que él ha escogido: la libertad.

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