“Estuve una temporada inconsolable, y durante mucho tiempo busqué en mí misma la culpa. La vida, pensé, ha de tener al fin razón siempre; y si la vida se burlaba de mis hermosos sueños, habrán sido necios mis sueños, decía yo, y no habrán tenido razón. Pero esta consideración no servía de nada absolutamente. Y como yo tenia buenos ojos y buenos oídos y era además un tanto curiosa, me fijé con todo interés en la llamada vida, en mis vecinos y en mis amistades, medio centenar largo de personas y de destinos, y entonces vi, Harry, que mis sueños habían tenido razón, mil veces razón, lo mismo que los tuyos”.
“Los místicos lo llaman el reino de Dios. Yo me imagino que nosotros, los hombres todos, los de mayores exigencias, nosotros los de los anhelos, los de la dimensión de más, no podríamos vivir en absoluto si para respirar, además del aire de este mundo, no hubiese también otro aire; si además del tiempo no existiese también la eternidad, y ésta es el reino de lo puro. A él pertenecen la música de Mozart y las poesías de los grandes poetas; a él pertenecen también los santos, que hicieron milagros y sufrieron el martirio y dieron un gran ejemplo a los hombres. Pero también pertenecen del mismo modo a la eternidad la imagen de cualquier acción noble, la fuerza de todo sentimiento puro, aun cuando nadie sepa nada de ello, ni lo vea ni lo escriba ni lo conserve para la posteridad”.
“Nos vemos precisados a taconear por tanta basura y por tanta idiotez para poder llegar a nuestra casa. Y no tenemos a nadie que nos lleve; nuestro único guía es nuestro anhelo nostálgico”.
La Bhagavad-Gita es el canto del Dios o el canto del Bienaventurado.

El poema empieza con una comprobación que conlleva una declaración formal, aparentemente paradójica.
Sócrates, a instancias de Polemarco, se queda en el Pireo en lugar de regresar a Atenas, como era su intención. Junto con Glaucón, se dirige a casa de Céfalo, al que encuentra muy avejentado.



