I
El patito feo llega a la casa de una vieja que vive con un gato y una gallina, cada uno de los cuales es experto en un arte. El felino, que se llama Minet, entre otras habilidades, sabe arquear el lomo. El ave, a la que llaman Patas-Cortas porque es achaparrada, pone unos huevos estupendos. La vieja quiere al primero como si fuera su nieto, y a la segunda como si fuera su hija. Ambos gozan de una posición privilegiada y están muy celosos de sus prerrogativas.
Por eso, cuando descubrieron al patito, se pusieron a gruñir y a cloquear respectivamente. La vieja, sin embargo, se puso contenta, pues, debido a que era corta de vista, confundió al pato con una pata, la cual podía darle huevos. Por supuesto, cabía la posibilidad de que fuese un pato. Pero la vieja estaba dispuesta a conceder una oportunidad al recién llegado.
El problema se plantea cuando, pasadas tres semanas, el patito no responde a las expectativas depositadas en él.
Los encargados de ajustarle las cuentas serán Minet y Patas-Cortas, tan imbuidos de su importancia que tienen por costumbre decir: “Nosotros y el mundo”, considerando que ellos constituyen no sólo la mitad del mundo sino la mejor de las dos partes.
Patas-Cortas, que es quien ejerce de severo juez, le recordará al patito cuál es su lugar en la casa. Su argumentación es irrefutable. Le pregunta: “¿Sabes poner huevos?”. Y Minet, en la misma línea, remacha: “¿Sabes arquear el lomo?”.
El patito debe reconocer que no sabe hacer ni una cosa ni otra. El sumario queda listo. Tras haberse demostrado las graves insuficiencias del encausado, se dicta sentencia. “Ten la bondad de callarte” dice Patas-Cortas. “No tienes derecho a hablar” decreta Minet.
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El patito feo – Exégesis de un pasaje (I)
Posted in Antología, tagged Hans Christian Andersen, la vieja, Minet, Patas-Cortas on enero 10, 2012| Leave a Comment »
Tabalet (y II)
Posted in Antología, tagged Francisco el labrador, Matietes, Sigüenza on diciembre 8, 2011| Leave a Comment »
Años después, Francisco el labrador cuenta la historia de Tabalet, el niño desaparecido, a Sigüenza.
Durante mucho tiempo no se supo nada de él. Cuando regresó, no lo conocía nadie.
“-¿Ése es Tabalet? ¡Ése no es Tabalet! ¡Ése no debiera ser Tabalet! Tabalet era Matietes, que se perdió buscando al tío Lloréns, buscando la felicidad del tío Lloréns, la felicidad que fue para otro”.
Ni siquiera Agustina, completamente sorda, a quien le gritan: “Éste es Tabalet; ya lo tenemos”, lo identifica. “Su Tabalet también es Matietes, el que se perdió y ya no ha de venir”.
Pero ha vuelto. Francisco se lo presenta a Sigüenza.
“Acababan de pararse en un portal. Un hombre tullido se removió desde los riñones a la nuca como un gusano pisado por la mitad. A cada instante se cogía las piernas de trapo subiéndoselas y doblándoselas como parras. Angustiaba verle en una silla de pleita tan alta, tan flaca, tan dura.
-En esta silla me creo que estoy de pie -.Hizo una sonrisa de encías heladas, y siguió: -A mediodía me tiro a tierra y, arrastrándome para la llar, me guiso la comida, y otra vez de cara a la “planissa”.
Matietes ha pagado su precio, pero no todo es dolor y miseria. Como prueba de ello, invita a los visitantes a contemplar su tesoro, el leitmotiv de su niñez, o de la niñez, el desenlace de su búsqueda que cuelga de una vieja estaca del muro: el tambor de aro azul con su bolsa de vaqueta de los palillos.
Sigüenza buscó una buena palabra de despedida:
-¡Dios proveerá!
Y añade Francisco:
-Dios aprieta y a veces… ¿verdad, Tabalet?
¡Tabalet! Y Sigüenza se revolvió a mirarle como si fuese un aparecido.
-Asómese y verá.
En lo fosco, la vieja estaca del muro, con la cuelga del tamboril y la bolsa de vaqueta de los palillos, era para Tabalet una rama verde de gozo.
Tabalet (I)
Posted in Antología, tagged Años y leguas, Agustina, Gabriel Miró, Matietes, Tabalet, tío Lloréns, Visentot on diciembre 7, 2011| Leave a Comment »
Este relato de Gabriel Miró es una dramática muestra de la búsqueda del padre, simbolizado en “el tambor de aro azul y borlas coloradas”, el “tabalet”, que acaba siendo el sobrenombre de Matietes, el protagonista de esta malaventura.
El “tabalet” es la quintaesencia de la vida y de la alegría, un atributo paterno, aunque Matietes conoce bien la otra cara del padre. Y él lo heredará. Un día será suyo ese instrumento que hace saltar con su redoble “el silencio de los pueblos y de los campos”.
Aunque todo el mundo estaba al cabo de la calle, él no sabía que Visentot no era su verdadero padre. Cuando, a cuenta de esto, los niños se burlan de él, Matietes se limita a sonreír; lo cual da ocasión a que descubra sus dos mellas.
Ciertamente Matietes no se acercaba ni al tambor ni a su padre putativo. Pero sí se atrevía a coger la dulzaina del tío Lloréns. Y empezó a desear ser su hijo. Deseo que se vio colmado, pues el tío Lloréns se avino a desempeñar el papel paterno.
“¡Aquello fue alegría!” Matietes era feliz en la huerta del tío Lloréns, donde trabajaban, comían y bebían. Allí el tío Lloréns tocaba también en la dulzaina motetes, mudanzas de bailes antiguos y tonadillas.
El hijo de Visentot y de Agustina se considera tan afortunado que se permite soñar. Ése era su venturoso estado toda la semana salvo el domingo, día en que el tío Lloréns no iba a la huerta.
Un lunes, se quedó esperando que el tío Lloréns pasase para irse con él. Pero no pasó y aquí principia el calvario de Matietes, al que angustia esta inopinada orfandad.
Al primero que pregunta es al médico, el cual se empeña en que Tabalet vaya a la escuela y estudie y así pueda convertirse incluso en canónigo, cosa que no interesa en absoluto al chiquillo.
Luego una mujer le dice que el tío Lloréns se fue a regar los alcachofares de madrugada.
Matietes decide entonces salir en su busca.
Por el camino pregunta a un pordiosero que ni siquiera le responde.
“Se marchó la mañana del barranco quedándose en una sombra azul. Matietes arrancaba juncos, mordía el meollo blanco y dulce, caminaba y se paraba… […]
Y se puso a gritar:
-¡Tío Lloréns! ¡Tío Llorens!
Estuvo aguardando porque venía una tonada. Tío Lloréns le tendía con la dulzaina una mano que le guiase.
Muy alta, cruzó una hilera de cabras con el zagal que tocaba el flubiol.
-¡Tío Lloréns!
Otra vez la sierra toda callada, sin nadie.
Tabalet se encaramó por un ribazo para subir a la claridad. Allí encima, ¡cuánto cielo! Y brincaba de un lado a otro como un chivo despavorido.
Le alcanzó un pinar. Le alcanzó la noche. Tabalet, todo replegado, con la nuca sudada, no hacía más que decir:
-¡Tío Lloréns…tío Lloréns! –tan despacito entre sus mellas que ni él mismo lo sentiría”.
El otoño
Posted in Antología on noviembre 3, 2011| 2 Comments »

Ya el sol (…) empieza a sentir pereza de salir de sus sábanas, y los labradores madrugan más que él. Es verdad que está desnudo y hace fresco.
¡Cómo sopla el norte! Mira, por el suelo, las ramitas caídas; es el viento tan agudo, tan derecho, que están todas paralelas, apuntadas al sur.
El arado va, como una tosca arma de guerra, a la labor alegre de la paz (…); y en la ancha senda húmeda, los árboles amarillos, seguros de verdecer, alumbran, a un lado y otro, vivamente, como suaves hogueras de oro claro, nuestro rápido caminar.
Juan Ramón Jiménez
En el álbum de mi prima Carmela
Posted in Antología, tagged Carmela Halcón, Fernando Villalón on octubre 28, 2011| Leave a Comment »
Estos son los últimos versos del soneto que Fernando Villalón dedicó a su prima Carmela Halcón. Soneto que tengo el atrevimiento de considerar mal puntuado. Pero qué importa eso cuando el poema acaba en una pirueta metafórica que redime de cualquier despiste ortográfico.
El final es una sublime declaración poética, una breve y eficaz exposición de la esencia del arte literario simbolizado en ese lucero que resplandece en las noches de la infancia, para luego irse debilitando hasta su extinción.
Por eso el poeta invita a su prima a salir de esa oscuridad levantando la vista y dando un gran salto hacia las estrellas.
Si no es así, Carmela, si como yo caminas
en busca del lucero que se ahogó en la fuente,
no mires más el agua: sobre mis versos salta
y escalaremos juntos la montaña más alta.

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La muerte en Venecia – Thomas Mann (I)
Posted in Antología, tagged Cementerio del Norte, Dirk Bogarde, Lido, Munich, Venecia, Visconti on octubre 1, 2011| Leave a Comment »
En Munich, tras un largo paseo, Gustav Von Aschenbach decide tomar el tranvía en la parada que hay frente al Cementerio del Norte. Aquí se inicia, más que su regreso a casa, su periplo a Venecia y sus escarceos con esa señora descarnada y pelona.
No es, empero, con una mujer con quien se encuentra en ese lugar, sino con un forastero a quien Aschenbach observa impertinentemente. El otro, desafiante, le devuelve la mirada, obligando a Aschenbach a desviar la suya.
Éstas fueron las consecuencias de ese, en apariencia, anodino incidente:
“Notó, sumamente sorprendido, una curiosa expansión interna, algo así como un desasosiego impulsor, una apetencia de lejanías juvenil e intensa, una sensación tan viva, nueva o, al menos, tan desatendida y olvidada hacía tanto tiempo que, con las manos a la espalda y la mirada fija en el suelo, permaneció un rato inmóvil para analizar la sensación en su esencia y objetivos.
Eran ganas de viajar, nada más; pero sentidas con una vehemencia que las potenciaba hasta el ámbito de lo pasional y alucinatorio”.
Ya en Venecia, en su cuarta semana de estancia en el Lido, Aschenbach se percata de que la clientela del hotel, en lugar de aumentar, disminuye. Un hecho ciertamente curioso. Pero no se plantea la razón de esa discreta desbandada.
Es el peluquero quien se la desvela inadvertidamente, quien lo enfrenta a la realidad.
“Luego, conversando un día con el peluquero –al que ahora visitaba a menudo-, pescó al vuelo una palabra que lo desconcertó. El hombre le estaba hablando de una familia alemana que acababa de partir tras una breve estancia, e impulsado por su garrulería, añadió en tono zalamero:
−Pero usted se queda, señor; el mal no le da miedo.
Aschenbach lo miró y repitió:
− ¿El mal?
El parlanchín enmudeció, se hizo el ocupado e ignoró la pregunta. Pero viendo que se la planteaba con más insistencia, declaró no estar al tanto de nada e intentó, con abochornada elocuencia, desviar la conversación”.
¿El mal? ¿A qué mal ha aludido el locuaz peluquero? Esa palabra, en boca de Aschenbach, adquiere una resonancia metafísica.
Por supuesto, el peluquero se refería a la epidemia de cólera que hace estragos en la ciudad.
Pero, ante los ojos del lector, se dibuja la silueta de esa señora entrevista en el Cementerio del Norte, en Munich, antes de la partida.
Es imposible separar la novela de Thomas Mann de la película de Visconti. Así pues, vemos a Aschenbach, con los rasgos de Dirk Bogarde, recorriendo los callejones de Venecia detrás de los hermanos polacos, alcanzado por el mal, con el rostro surcado por los chafarrinones del maquillaje, que traen a la memoria el episodio del viejo petimetre. La visión de ese falso joven con las mejillas embadurnadas de carmín y el bigotito teñido que tan penosa resultó a Aschenbach.
Cuando el peluquero le revela la verdad, no la relacionada con la epidemia, sino la otra, la más profunda, el genio cae en la cuenta de que el objetivo de su viaje al sur era ése.
“−Pero usted se queda, señor; el mal no le da miedo.
Aschenbach lo miró y repitió:
− ¿El mal?”.

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Si
Posted in Antología, tagged Rudyard Kipling on septiembre 16, 2011| 2 Comments »
Entre los poemas “terapéuticos”, Si, de Rudyard Kipling, ocupa un lugar de honor. Debería ser obligatorio leer, e incluso memorizar, estos versos en la adolescencia, cuando la desorientación y el extravío, que siempre acechan, adquieren con frecuencia un tinte dramático.
Si actúa como una vacuna que contrarresta las penalidades de los viajes emprendidos por los navegantes bisoños.
De la primera a la última línea, que es el colofón o conclusión de la cadena de condiciones anteriores, no hay una sola que pueda considerarse superflua. Todas y cada una de ellas encierran verdades como puños.
La lectura periódica de este poema ayuda a enderezar el rumbo y a no dejarse atrapar por los cantos de las mortíferas sirenas. Ayuda a mantener la cabeza alta y la confianza en uno mismo.
Si es un compañero de andadura que no te regalará los oídos, que te dirá lo que tiene que decirte llana y directamente.
Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila
cuando todo a tu lado es cabeza perdida;
si en ti mismo tienes una fe que te niegan
y nunca desprecias las dudas que ellos tengan;
si esperas en tu puesto, sin fatiga en la espera;
si, engañado, no engañas;
si no buscas más odio que el odio que te tengan.
Si eres bueno y no finges ser mejor de lo que eres;
si al hablar no exageras lo que sabes y quieres;
si sueñas, y los sueños no te hacen su esclavo;
si piensas y rechazas lo que piensas en vano;
si tropiezas con el triunfo, si llega la derrota
y a los dos impostores los tratas de igual forma;
si logras que se sepa la verdad que has hablado,
a pesar del sofisma del orbe encanallado;
si vuelves al comienzo del trabajo perdido,
aunque esa obra sea la de toda tu vida;
si arriesgas al momento y lleno de alegría
tus ganancias de siempre a la suerte de un día,
y pierdes y te lanzas de nuevo a la pelea,
sin decir nada a nadie de lo que es y lo que era;
si logras que tus nervios y tu corazón te asistan,
aun después de su fuga de tu cuerpo en fatiga,
y se agarren contigo cuando no quede nada,
porque tú lo deseas y lo quieres y mandas;
si hablas con el pueblo y guardas tu virtud;
si marchas junto a reyes a tu paso y tu luz;
si nadie que te ofenda llega a hacerte una herida;
si todos te reclaman, y ninguno te precisa;
si llenas un minuto envidiable y certero
de sesenta segundos que te lleven al cielo,
toda esta tierra será dominio tuyo
y aún mucho más,
serás hombre, hijo mío.
Funes el memorioso
Posted in Antología on agosto 31, 2011| 6 Comments »
Con Borges nunca se está seguro de haber comprendido sus relatos. Siempre queda la duda de haber permanecido en la superficie, de ser un lector lo suficientemente inculto para no ir más allá de la mera anécdota.
Sus textos, de una extraordinaria riqueza y con innumerables ramificaciones, producen con frecuencia una sensación de estupor. Incluso de cierta saturación, a pesar de su relativa brevedad.
Erudito y lúcido, como se pone de manifiesto en sus “boutades”. Admirado por la intelectualidad francesa, lo cual da una idea de la dimensión genuinamente literaria de su obra, y quizá de su vida, Borges, como sólo ocurre con los grandes autores, proyecta su sombra bajo la que se cobijan y se cobijarán escritores, o aspirantes a serlo, actuales y futuros.
Este relato nos presenta a un hombre, Ireneo Funes, con una portentosa y abrumadora capacidad de recordar. ¿Cómo sería el mundo si tuviésemos ese don y no dudásemos de lo que ocurrió, de lo que se dijo y de todas las circunstancias concomitantes (tiempo atmosférico, situación exacta de cualquier objeto, ruidos exteriores, etc.)?
Los cronistas no serían necesarios. Los jueces, probablemente, tampoco.
“Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín (…). Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigesimocuarto capítulo del libro séptimo de la “Naturalis historia”. (…)
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad.
(…)
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción de Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo”.
Jorge Luis Borges, Funes el memorioso
Souffles / Alientos
Posted in Antología, tagged aliento, antepasados, Birago Diop on agosto 23, 2011| 4 Comments »
Este poema del escritor senegalés Birago Diop, de su libro Leurres et lueurs (Señuelos y fulgores), está dotado de un ritmo marcado por el tono de voz de quien desgrana esta salmodia sobre la presencia de los antepasados. Esa voz transmite sabios consejos que, gracias a la musicalidad de los versos, seguirán resonando largo tiempo en los oídos de los recitadores.
« Écoute plus souvent
Les choses que les êtres,
La voix du feu s’entend,
Entends la voix de l’eau.
Écoute dans le vent
Le buisson en sanglots :
C’est le souffle des ancêtres. »
«Ceux qui sont morts ne sont jamais partis :
Ils sont dans l’ombre qui s’éclaire
Et dans l’ombre qui s’épaissit.
Les morts ne sont pas sous la terre :
Ils sont dans l’arbre qui frémit,
Ils sont dans le bois qui gémit,
Ils sont dans l’eau qui coule,
Ils sont dans l’eau qui dort,
Ils sont dans la case, ils sont dans la foule,
Les morts ne sont pas morts. »
« Écoute plus souvent
Les choses que les êtres.
La voix du Feu s’entend ;
Entends la voix de l’eau.
Écoute dans le vent
Le buisson en sanglots :
C’est le souffle des ancêtres morts,
Qui ne son pas partis,
Qui ne sont pas sous la terre,
Qui ne sont pas morts. »
“Escucha más a menudo
Las cosas que a los seres,
La voz del fuego se oye,
Oye la voz del agua.
Escucha en el viento
Los sollozos del monte:
Es el aliento de los antepasados.”
“Los que están muertos nunca se han ido:
Están en la sombra que se aclara
Y en la sombra que se espesa.
Los muertos no están bajo tierra:
Están en el árbol que se estremece,
Están en el bosque que gime,
Están en el agua que corre,
Están en el agua que duerme,
Están en la cabaña, están en la multitud,
Los muertos no están muertos.”
“Escucha más a menudo
Las cosas que a los seres.
La voz del fuego se oye;
Oye la voz del agua.
Escucha en el viento
Los sollozos del monte:
Es el aliento de los antepasados muertos,
Que no se han ido,
Que no están bajo tierra,
Que no están muertos.”