En mi última visita no ocurrió nada digno de mención. Recorrí las galerías abovedadas, en cuyas paredes se superponían los nichos polvorientos, sin flores ni lámparas ni vasos lacrimatorios.
En esta ocasión no sentí temor. Quizá una vaga aprensión. Como un resabio de antiguas vivencias.
Con la linterna alumbraba las lápidas. Estuve inspeccionando hasta que me cansé. Es probable que el polvo gris me impidiera descubrir la que me interesaba.
Sólo después de muchos años me he atrevido a bajar de nuevo a las catacumbas. Así es como llamo ahora a ese mundo subterráneo. Entonces lo veía como un laberinto frecuentado por siniestras criaturas.
Yo trataba inútilmente de encontrar una salida. La tierra de los muros se desprendía bajo el roce de mi mano. Exploraba los recovecos. Recorría los largos pasillos que no llevaban a ninguna parte.
A veces tropezaba, pero seguía avanzando. Sólo me detenía para recuperar el aliento. Luego me ponía a andar cada vez más rápido.
Finalmente corría desatentado con una sola idea en la cabeza: escapar. Cuando no podía más, arañaba la pared que se desmoronaba con facilidad. Escarbaba y profundizaba hasta hacerme un hueco.
Y allí me incrustaba, conteniendo la respiración y albergando la esperanza de que esas criaturas no diesen conmigo.
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In illo tempore (II)
Posted in Cuentos, In illo tempore, tagged mundo subterráneo, nicho, perseguidores, refugio on febrero 1, 2011| 1 Comment »
El chamán
Posted in Cuentos, tagged angustia, chamán, kikitut, relato on enero 21, 2011| 3 Comments »
Un hombre atormentado fue a ver a un chamán. Éste le pidió que expusiera sus males todas las veces que fueran necesarias hasta encontrar el tono y la expresión adecuados a su relato. Una vez dicho esto, el chamán se limitó a escuchar.
El hombre por sí solo debió deshacer los nudos, limpiar la broza y desarmar los cepos que obstaculizaban el paso de las palabras.
Fue el momento más difícil. A menudo, su voz se quebraba, se debilitaba, moría.
En cuanto al chamán, no sólo permanecía callado, sino que daba la impresión de estar ausente.
Esta angustia duró una eternidad.
Cuando el hombre regresó a su hogar, estaba curado. La historia que contó a sus convecinos acababa así: “El chamán no admite dinero ni regalos. Cuando considera resuelto el problema, se levanta, te cede su sitio y se va”.
Ante la mirada atónita de sus oyentes, añadía: “También yo me quedé desconcertado viendo cómo se alejaba con su “kikitut” de marfil en la mano”.

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Arturo había sido siempre demasiado corpulento para su edad. Su madre lo miraba apesadumbrada, pues, a pesar de su juventud, se movía con torpeza. En cuanto a sus tías, no sólo lo observaban con ojo crítico, sino que lo censuraban abiertamente. Esta desconsideración dolía a Arturo, que se comportaba como si no estuviesen hablando de él.
Una de ellas, apodada la Culebrona, le indicó un remedio que le serviría tanto para adelgazar como para fortalecer su carácter. Incluso las escamas se le pondrían más lustrosas, y la cresta escalonada que recorría su lomo desde la cabeza al extremo de la cola se endurecería y relampaguearía como los dientes de una sierra.
Rollizo y tímido pero no tonto, Arturo puso en tela de juicio el consejo de la Culebrona, que no era una tía carnal sino política, y que nunca le había mostrado afecto. Incluso lo asaltó la sospecha de que podía tratarse de una inocentada.
Por otro lado, lo que debía hacer era tan fácil que la idea de quedarse con los brazos cruzados le resultaba mortificante.
Por probar no perdía nada, siempre y cuando actuase con la mayor discreción.
Fue sencillo comprar la maceta, llenarla de una mezcla de tierra y mantillo, y ponerla a buen recaudo. No lo fue tanto conseguir una almendra amarga. Sobre este particular su tía había sido tajante: la dulce no servía.
−Pero la amarga es venenosa –había replicado Arturo.
−Mientras más lo sea, mejor.
Lo convenció el hecho de que la almendra no tenía que comérsela sino sembrarla. Se la proporcionó, tras prudentes pesquisas, un dragón viejo y cegato que, con voz cascada, le dijo:
−Discierne las causas y los efectos. No tengas prisa. Contempla cómo crece el árbol.
Arturo no entendió gran cosa. Estaba, además, impaciente por plantar la almendra.
Pasaron los días. Arturo visitaba su tiesto regularmente, regándolo y proporcionándole los cuidados necesarios.
Empezó a no sentirse tan postergado ni tan susceptible, aunque seguía igual de gordo. Sus alas de murciélago, en comparación con el volumen de su cuerpo, parecían dos ridículos accesorios. A veces, al andar, su vientre rozaba el suelo. Pero este contratiempo podía deberse a que era paticorto.
Empezó a serle indiferente que le preguntaran con retintín:
− ¿Adónde vas, Arturo?
Él hacía oídos sordos, hasta que una vez contestó:
−A regar mi maceta.
Uno de esos días, comprobó que la almendra había germinado. Un tallito verde traslúcido con una hoja medio enrollada desafiaba gallardamente los peligros.
Sentándose sobre sus cuartos traseros, Arturo lo contempló incrédulo.
Al rato, levantó la mirada y descubrió una cría de dragón jugando en el cielo. Descendía en espiral, subía en línea recta, pirueteaba a placer. Por último, exhausta y feliz, se quedó flotando como un globo aerostático.

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Carmen y María
Posted in Cuentos, tagged añoranza, el mar, pasado, torreón on enero 4, 2011| Leave a Comment »
Carmen, encogida en un rincón, jadeaba como un perrillo asustado. Ella era muy sentida y vivía los sucesos, incluso los más nimios, intensamente.
Ella y María habían observado cómo la luz que entraba por la tronera del torreón, modificaba su recorrido.
−Se acerca el momento –dijo María.
Carmen no repuso nada.
−Se acerca el momento –repitió María−. Es nuestra oportunidad. Levántate y deja de lloriquear.
La respiración de Carmen era anhelosa porque estaba recordando, o más bien reviviendo, historias del pasado. Ella intuía también la proximidad de ese momento. No obstante, sus palpitaciones las provocaban esos viejos episodios que acudían a su memoria.
Al contemplar a María en tensión, volvió a la realidad. La ocasión se presentaría pronto y Dios sabe cuánto tiempo tendrían que seguir esperando si no la aprovechaban.
Su corazón latió más de prisa. Se levantó y permaneció recostada contra el muro, mirando fijamente la abertura. Algo se removió en su interior.
María, flaca y desmelenada, sostenida por su fuerza de voluntad, declaró:
−Conmigo no pueden ni las diez plagas de Egipto.
Era una bravuconada. Ella estaba allí porque sus constantes vitales se habían desactivado y había sufrido un terrible retroceso. A veces se revolvía contra su amiga y la zamarreaba. Pero Carmen no le guardaba rencor por estos arranques.
Las dos querían salir de allí. Carmen se dirigió al punto asignado. Tenía que estar atenta y preparada.
Un rayo de sol barría los sillares milímetro a milímetro.
Disimulado en los bloques de piedra, había un dispositivo. Una vez que fuera iluminado, dispondrían de escasos minutos para identificarlo y accionarlo.
María entonó una canción marinera sobre un barco que cruzaba el mar. Las embestidas de las olas y los crujidos del maderamen eran el tema del estribillo.
Carmen pensó en las nubes y en la lluvia que se abatía sobre el barco mientras avanzaba impertérrito. Y sintió añoranza.

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Gregorio y Esteban
Posted in Cuentos, tagged afasia, energía, luz, oscuridad on diciembre 28, 2010| 3 Comments »
En el principio fue la energía. Una fuerza arrolladora que se manifestaba en remolinos cósmicos desplazándose por un ámbito ilimitado. Una fuerza que se plegaba sobre sí misma y después se abría en infinidad de destellos cegadores. Un desbordamiento de partículas luminosas. Una actividad sin sombra de lasitud multiplicándose en todas las direcciones.
− ¿Qué miras? –preguntó Gregorio a su amigo.
−El cielo.
Gregorio empinaba el codo más de la cuenta. Estuvo a punto de que le entrase la risa floja. Y eso que no había empezado a beber todavía. Tan sólo un par de copas.
− ¿El cielo?
Su amigo, como consecuencia de un accidente de coche, tenía una lesión cerebral. A veces perdía el habla. O se expresaba de forma incoherente, tartamudeando. Esteban sufría crisis de afasia.
Gregorio pensó que en ese momento estaba teniendo una. Algo raro le estaba pasando.
Esteban tenía el cuello ladeado y la cabeza levantada hacia el techo del local.
−Cualquiera diría que el borracho eres tú.
Energía en movimiento continuo. Naciendo y renaciendo. Expandiéndose. Rebosando. Girando en espiral. Despeñándose en resplandecientes cascadas. Avanzando como una marea tumultuosa.
Finalmente, esas miríadas de puntos centelleantes que bailan enloquecidos, empiezan a organizarse.
−Aquí caben dos posibilidades.
−Ardo en deseos de saber cuáles son.
−La mano de Dios ha intervenido.
Gregorio se pone en pie y anuncia:
−Voy por más combustible.
Cuando vuelve, pregunta:
− ¿Y la otra?
− ¿La otra qué?
Gregorio suelta una carcajada y dice:
−La otra posibilidad.
Esteban calla. En su cabeza se ha producido un vacío. Un agujero negro se ha tragado sus pensamientos, recuerdos y sensaciones.
Al principio, tras el accidente, un dolor punzante le perforaba el cerebro, como si le hubiesen clavado una gumía. Así y todo, ese desgarro era preferible a la oscuridad interior.
Él hacía esfuerzos sobrehumanos por recomponerse. Por realizar una acción creadora consigo mismo.
Cerró los ojos. Era un ardid que no siempre daba resultado, pero tenía que intentarlo. Respiró hondo. Al rato, en la lobreguez de su mente, sintió un aleteo. Un pájaro había emprendido el vuelo. Escuchaba su insistente batir de alas. Ahora había que confiar en que su instinto lo condujese al mundo de las formas y colores.
− ¿Estás bien?
Esteban entreabrió los ojos y vio a Gregorio con un vaso largo. ¿Era el tercero o el cuarto? ¿Cuánto tiempo llevaban en el pub? Con voz empañada articuló:
− ¿Y tú por qué bebes tanto?

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