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Trágico espantapájaros
Con los brazos en cruz
Con chaqueta y sombrero
Bajo el radiante azul

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“Al contrario que el común de los mortales, a quienes sólo interesa aprobar o comprarse unos pantalones, Alberto es un hombre de convicciones. A este caos que llamamos vida, él opone sus propias ideas. ¿He dicho ideas? Sus propios ideales. Ciertamente nos engaña con su aspecto inocuo. Pero tras esa fachada se esconde un ser inquisitivo que desprecia nuestra sociedad consumista. Su timidez es un escudo protector. Por ella resguardado, puede dedicarse a elucubrar sin que nadie interfiera en esa tarea. Tal actitud, aparte de sustentarse en el egoísmo, implica un juicio poco halagüeño del prójimo. Mientras él escala las alturas, los demás nos arrastramos por el fango. Mis palabras no son gratuitas. Todos habéis observado que nuestro amigo no se presta al diálogo. Cuando se ve en esa disyuntiva, su amabilidad nos desarma. No me cabe duda de que, si nos dejase indagar en su interior, sacaríamos a la luz las riquezas que atesora”.
Alberto seguía de pie, con el libro en la mano. Cuando se sentía el centro de atención, se apresuraba a colocarse en un segundo plano. Puesto que se había apoderado de mí una compulsiva necesidad de saber cuánto aguantaría, me las arreglé para frustrar su escaqueo. Mi intención era hacerlo explotar.
Los otros me miraban intrigados. Su interés era un acicate.
“Y bien, hablemos del Primer Motor Inmóvil, de la Causa Incausada, del Ser Necesario, de la Perfección Absoluta, del Fin Supremo. ¿Dios existe o es un subproducto de la ansiedad humana?”.
Alberto, en quien advertía síntomas de azoramiento, se encogió de hombros.
“No es el momento de”…”No te vayas por la tangente” lo corté.
Pedirle que expusiera sus pensamientos equivalía a pedirle que se desnudara en público. Su sentido del decoro le impedía realizar ese striptease. Por otro lado, su gentileza le dificultaba la retirada. Estaba atrapado en una ratonera.
Su turbación iba en aumento. Inmóviles como estatuas, los demás estaban a la expectativa.
Primero se ruborizó, luego palideció. ¿Por qué callaba? Cualquier paparrucha habría distendido el ambiente.
Un rumor cada vez más intenso nos sobresaltó. Alguien dijo: “Ya han abierto la cancela” y salió corriendo de la clase.
El rumor se convirtió en barullo de gente gritando y subiendo la escalera. Incluso se escucharon ayes de dolor de víctimas atropelladas en la carrera.
En el aula de sexto A, Alberto y yo nos quedamos solos. Mi amigo se fue cuando entró el primer alumno. Yo, sentado de nuevo en la tapa del pupitre, permanecí allí hasta que llegó su dueño y me echó.

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La gente no sabe qué clase de engendro es. Ni siquiera los que se declaran especialistas en monstruos. Ni tampoco los que han tenido alguna vez en su vida una mala experiencia con animales.
No hablo de perros ladradores ni de caballos espantadizos.
Hablo de una criatura que, tras hacerme morder el polvo, se introdujo dentro de mí y ahí vive desde entonces.
Entre él y yo hay una guerra sin cuartel.
Adondequiera que voy me acompaña mi inquilino. Adondequiera que voy no se priva de mostrarme sus grotescas facciones ni me libro de bregar con sus intolerables exigencias. En todo momento y en todo lugar hace valer su poder y extiende hacia mí sus brazos como tentáculos.
La gente no sabe la energía que consumes tratando de sustraerte a su influencia.
Desde el lejano día en que ese monstruo bostezó y lanzó su primer zarpazo, no he conocido la paz.
Es mi espada de Damocles que, en cuanto me descuido, se abate sobre mi cabeza. A veces, la suerte o un quiebro providencial me ahorran el golpe. O el percance se reduce a una herida en el hombro o un rasguño en el brazo. Otras veces no salgo tan bien parado.
Por eso resultan tan chuscos los consejos que, bienintencionadamente sin duda, me dan. No le hagas caso, me dicen. Sobreponte. No pienses en él. En realidad ocurre lo contrario. Es él quien no deja de pensar en mí. Quien no me pierde vista.
Cómo me gustaría abrir las puertas de mi nave para que esa aberración sea absorbida por el espacio exterior, como en la película. Hasta ahora no he tenido éxito.
En cuanto a esos especialistas y a esos paladines que presumen de matar dragones y domesticar toda clase de alimañas, aunque se les llena la boca de armas mortíferas y estrategias infalibles, ninguno de ellos ha conseguido tampoco expulsar al okupa.
Cuando el alien dormita, puedo hacerme el valiente y afirmar que no le tengo miedo ni me voy a arrugar cuando entorne los párpados. Mi experiencia me confirma que esa declaración no es más que una bravuconería.
Si el inquilino cabecea somnoliento o anda perdido por los recovecos de mi ser, eso significa que puedo hacer una vida más o menos normal. El resto son fantaseos y ganas de buscarle tres pies al gato.

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Faltaba media hora para que empezaran las clases de la tarde. Estábamos en el aula de sexto A, sentados sobre los pupitres. Además de los alumnos que nos quedábamos a comer, había otros que habían saltado la valla que rodeaba al instituto.
Si el conserje los hubiese pillado, habría tomado nota de sus nombres y el jefe de estudios les habría impuesto una sanción. Para entrar había que esperar a que abriesen la cancela cinco minutos antes de que sonara el timbre.
Teníamos un examen de filosofía a las cuatro. Con don Justino no era difícil sacar una chuleta e incluso copiar directamente del libro. Para estos menesteres, los puestos más apetecibles eran los de la fila situada enfrente de la mesa del profesor, que permanecía sentado la mayor parte del tiempo.
Para librarse de las carreras y empujones por un buen sitio, algunos compañeros habían preferido correr el riesgo de ser atrapados por el conserje. Cuando los otros llegasen sin aliento, habría protestas y amenazas de denuncia.
En esa media hora que quedaba nos pusimos a comparar la personalidad de los diferentes profesores, así como también sus respectivos sistemas de calificación.
El de latín era tonto y miope. Era a quien se le copiaba mejor. El problema estribaba en convencer a uno de los empollones de que pasase la traducción. Una vez resuelta esta dificultad, la versión española del texto latino circulaba libremente en todas las direcciones.
La más antipática era la de literatura. Era también la que suspendía más a pesar de permitirnos manejar el libro y los escasos apuntes que nos dictaba cuando lo tenía a bien. Pero sus exámenes consistían en el desarrollo de un tema con un título estrambótico que nos dejaba anonadados.
Se pasaba la hora preguntando la lección y haciéndonos leer en voz alta nuestros comentarios de texto que, a juzgar por su sonrisita, le resultaban divertidos. Tras nuestra lectura, con la cabeza inclinada sobre su cuaderno de notas, bisbiseaba una crítica ininteligible en la que se apreciaban notas burlonas.
Rondaría los cuarenta años. Era guapa y elegante, esto último subrayado por su hieratismo y su gusto por los grises y los marrones.
No podíamos por menos de preguntarnos qué hacía una madrileña tan fina en un instituto de un barrio sevillano, bregando con chavales sin nada en común con ella, aunque la verdad es que bregaba poco.
Era una tarde desapacible de marzo. Conversábamos en lugar de repasar. En esto se abrió la puerta y entró Alberto con el libro de filosofía en la mano. Estaba estudiando en otra clase. Por su cara deduje que había tropezado con una dificultad.
“El amigo Alberto” grité “se digna hacernos una visita”.

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