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Posts Tagged ‘Alberto’

Un corazón caliente y sangrante que enarboló y arrojó en un barreño. Hecho esto, chasqueó las tijeras que mantenía en ristre, y se inclinó sobre el animal despatarrado encima de la mesa.
El ayudante se disponía a proseguir su inspección, pero el carnicero lo llamó y le encomendó la ingrata tarea de vaciar de excrementos, lavar y trocear los intestinos.
El mocetón suspiró y se fue a un rincón con dos cubos rebosantes de tripas.
Junto con otros niños de mi edad, me había colado en el destartalado corral con un estrecho cobertizo a la izquierda donde se hacía la matanza en los días de lluvia. El conjunto recibía el pomposo nombre de Matadero Municipal.
Nadie nos prohibió la entrada. Nadie nos importunó. Pudimos disfrutar del espectáculo a nuestras anchas.
Vimos cómo arrastraban a los cerdos que gruñían sin parar, hasta unas mesas bajas de madera adonde eran izados e inmovilizados boca abajo con la ayuda de varios hombres.
La cabeza les colgaba fuera de las mugrientas tablas. Debajo ponían un cubo de hojalata para recoger la sangre. A continuación el matarife blandía el afilado cuchillo y hacía una señal para que se preparasen a resistir las violentas sacudidas del animal. Comprobaba que el cubo estaba en la vertical del cuello de la víctima. Al fin, de un golpe preciso, hundía la hoja de acero en la garganta.
Con otro movimiento rápido ensanchaba el tajo. La sangre, de la que se desprendían oleadas de vapor, manaba en abundancia.
El matarife, que había soltado el cuchillo, sujetaba con ambas manos la cabeza del cerdo procurando mantenerla levantada para que se desangrara más aprisa.
Los esfuerzos del animal para zafarse contribuían al éxito de la operación. Conforme se debilitaba, la briega disminuía hasta que llegaba un momento en que no era necesario ejercer ninguna presión sobre su cuerpo.
Luego hicieron una hoguera en mitad del corral, a la que acercaban aulagas secas que se inflamaban al punto. Con estas teas quemaron los pelos de la piel, la cual cepillaron y baldearon hasta dejarla de una blancura suave y lustrosa.
Una vez limpio el cerdo, le dieron media vuelta y lo abrieron en canal.
A mi lado estaba Alberto, tan embobado como los demás. Le di un toque con el codo y le propuse que nos fuéramos. Se encogió de hombros y dijo: “Bueno”.

 

 

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Los latidos del corazón resonaban en mis oídos con una nitidez que me erizaba los pelos. La precariedad de la vida quedaba de manifiesto cuando reparaba en que su continuidad dependía de la constancia de ese tac-tac.
El buen funcionamiento de los relojes consistía también en ese sonido uniforme. Cuando la cadencia se apagaba, esos artilugios dejaban de medir el tiempo, de marcar la hora. O marcaban para siempre la misma: aquella en la que sus manecillas se detuvieron, aquella en la que la eternidad se deslizó entre el último tic y el último tac.
La pérdida del ritmo anunciaba la inminencia del fin. Su ausencia era un sinónimo de muerte.
Se puede vivir mudo o cojo. Con un solo riñón. Con algunos metros menos de intestino. Pero el corazón no puede siquiera descansar.
En el centro del pecho, ligeramente orientado hacia la izquierda, es el maestro de ceremonias que dirige el baile con el insistente pum pum de su bastón en el suelo.
Comencé a vigilar mis pulsaciones. Al movimiento de sístole debía suceder el de diástole con isocronismo perfecto. Nada de precipitaciones ni tardanzas.
Me tomaba el pulso a menudo. Si había gente, lo hacía a escondidas, pues esta práctica se había convertido en un hábito y varios conocidos me habían preguntado si me pasaba algo.
Sólo en presencia de Alberto me comportaba libremente e incluso lo hacía partícipe de mi temor. Cuando no me encontraba el pulso, me aconsejaba que lo buscase en el cuello o en la sien. Incluso me lo tomaba él mismo y, una vez contados los latidos, exclamaba: “¡Pero si lo tienes normal!”.
Adquirí la costumbre de golpearme el pecho con la palma de la mano, no en un acto de contrición sino de aliento. De esta forma pretendía estimular la buena marcha de un órgano tan valioso.
Un día, en el autobús, un recuerdo irrumpió en mi memoria. Mi mano dejó de percutir el esternón. Mis dedos se crisparon. Ante mí veía un cerdo abierto en canal y unas enormes tijeras hurgando en su interior.
Volví a escuchar el hurra que lanzó el ayudante del matarife cuando encontró la ansiada víscera. Rebosante de satisfacción, tras cortar venas y arterias, ensartó su trofeo en uno de los extremos de las tijeras y lo mostró a la concurrencia: un corazón caliente y sangrante.

 

 

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El cerco se iba estrechando. Estaba en el ojo del huracán, en ese lugar donde reina una calma chicha mientras un poco más allá el viento destecha las casas y abate los árboles.
A mis oídos apenas llegaban los chasquidos, los silbidos y los crujidos de ese concierto.
Si no fuera por el lejano susurro amenazador, habría podido olvidarme por completo de mi peligroso enclave.
“Debes estar alerta” me decía, “mantente en guardia”.
Mas por mucho que me alentaba, a renglón seguido me sorprendía pensando en cualquier cosa o sonriendo sin motivo.
“No tienes arreglo” me recriminaba.
En mis reproches evitaba emplear un tono demasiado severo que habría desencadenado un ataque de risa.
Mi círculo de paz, en el que permanecía indemne, menguaba, se desplazaba a capricho de aquí para allá. En uno de esos vaivenes podía ocurrir que yo fuera arrojado al exterior.
Pero antes el torbellino me pondría a girar como un planeta loco hasta vomitarme finalmente sobre los campos devastados.
A la velocidad que les imprimía el viento, veía dibujarse y borrarse la cara de Jorge o la de algún colega observándome, la de mi madre intentándome decir algo, la del profesor de música absorto en sus pensamientos, la de Alberto, la de mi padre…

 

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In illo tempore (LXXVI)


“Al contrario que el común de los mortales, a quienes sólo interesa aprobar o comprarse unos pantalones, Alberto es un hombre de convicciones. A este caos que llamamos vida, él opone sus propias ideas. ¿He dicho ideas? Sus propios ideales. Ciertamente nos engaña con su aspecto inocuo. Pero tras esa fachada se esconde un ser inquisitivo que desprecia nuestra sociedad consumista. Su timidez es un escudo protector. Por ella resguardado, puede dedicarse a elucubrar sin que nadie interfiera en esa tarea. Tal actitud, aparte de sustentarse en el egoísmo, implica un juicio poco halagüeño del prójimo. Mientras él escala las alturas, los demás nos arrastramos por el fango. Mis palabras no son gratuitas. Todos habéis observado que nuestro amigo no se presta al diálogo. Cuando se ve en esa disyuntiva, su amabilidad nos desarma. No me cabe duda de que, si nos dejase indagar en su interior, sacaríamos a la luz las riquezas que atesora”.
Alberto seguía de pie, con el libro en la mano. Cuando se sentía el centro de atención, se apresuraba a colocarse en un segundo plano. Puesto que se había apoderado de mí una compulsiva necesidad de saber cuánto aguantaría, me las arreglé para frustrar su escaqueo. Mi intención era hacerlo explotar.
Los otros me miraban intrigados. Su interés era un acicate.
“Y bien, hablemos del Primer Motor Inmóvil, de la Causa Incausada, del Ser Necesario, de la Perfección Absoluta, del Fin Supremo. ¿Dios existe o es un subproducto de la ansiedad humana?”.
Alberto, en quien advertía síntomas de azoramiento, se encogió de hombros.
“No es el momento de”…”No te vayas por la tangente” lo corté.
Pedirle que expusiera sus pensamientos equivalía a pedirle que se desnudara en público. Su sentido del decoro le impedía realizar ese striptease. Por otro lado, su gentileza le dificultaba la retirada. Estaba atrapado en una ratonera.
Su turbación iba en aumento. Inmóviles como estatuas, los demás estaban a la expectativa.
Primero se ruborizó, luego palideció. ¿Por qué callaba? Cualquier paparrucha habría distendido el ambiente.
Un rumor cada vez más intenso nos sobresaltó. Alguien dijo: “Ya han abierto la cancela” y salió corriendo de la clase.
El rumor se convirtió en barullo de gente gritando y subiendo la escalera. Incluso se escucharon ayes de dolor de víctimas atropelladas en la carrera.
En el aula de sexto A, Alberto y yo nos quedamos solos. Mi amigo se fue cuando entró el primer alumno. Yo, sentado de nuevo en la tapa del pupitre, permanecí allí hasta que llegó su dueño y me echó.
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Me dejé llevar por un impulso que no hice nada por atajar. Un impulso que creció como una planta monstruosa.
El decorado estaba listo: una clase desangelada con veinte pupitres repartidos en tres filas paralelas, la pizarra coronada por una cruz, la mesa del profesor con su correspondiente sillón, una hilera de perchas en la pared del fondo, y ese olor propio de los centros escolares a lápiz y goma de borrar, a libros y cuadernos.
La escena estaba iluminada por la luz mate de una tarde lloviznosa. Sólo había que actuar.
“¿Qué es lo que no entiendes o te resistes a aceptar?” declamé “¿Que el mundo es contingente y precario? ¿Te disgusta esa idea? Desafortunadamente no se trata de una hipótesis o de una creencia sino de un hecho. Mira a éstos” y señalé con la palma de la mano vuelta hacia arriba a nuestros risueños compañeros, “míralos y dime si sus rostros no traslucen la felicidad. Su única preocupación ya la tienen resuelta gracias a su arrojo. Observa la lisura de sus frentes y atrévete a preguntarles si la existencia es anterior a la esencia o viceversa”.
Después de una pausa durante la cual Alberto permaneció callado, poniéndome en pie, retomé la palabra.
“Yo mismo me informaré”. Acercándome a uno de los espectadores de la farsa le pregunté: “¿La existencia es un atributo de la esencia? Recapacita antes de contestar porque la validez del argumento ontológico está en juego”.
“Yo qué sé, tío” “Supongo que tú no das ni golpe” “De vez en cuando estudio un poco” “Y cuando dedicas tu tiempo y tu esfuerzo a las distintas teorías sobre la existencia de Dios, ¿las aprendes de memoria o tratas de comprenderlas?”.
“Cuando te dije que estudiaba un poco, no me refería a la filosofía. Con lo fácil que es copiarle a don Justino, ¡enseguida voy a meterme en la cabeza ese rollo!” “Desde luego calentarse los sesos inútilmente es de tontos”.
Volviéndome hacia Alberto, concluí: “No vale la pena que sigamos indagando. Si interrogásemos a ése, la respuesta no sería diferente”.
El aludido se apresuró a replicar: “A mí déjame tranquilo” “Si faltaba algo por decir, ya está dicho y de forma admirable. Espero haber aventado todas tus dudas”.
Todos parecían disfrutar con la astracanada salvo Alberto.
“Nuestro amigo tiene un defecto que debería erradicar cuanto antes mejor. Alberto se toma las cosas terriblemente en serio. Así no se puede ir por la vida porque, entre otros engorros, se incurre en el de estudiar la metafísica como si en ello nos fuera algo más que el aprobado, el cual se puede conseguir por otros medios”.
Siguieron algunos comentarios en apoyo de este razonamiento. Alberto hizo amago de retirarse.
“No te vayas” le pedí forzando la nota histriónica, “todavía no hemos acabado”.

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Faltaba media hora para que empezaran las clases de la tarde. Estábamos en el aula de sexto A, sentados sobre los pupitres. Además de los alumnos que nos quedábamos a comer, había otros que habían saltado la valla que rodeaba al instituto.
Si el conserje los hubiese pillado, habría tomado nota de sus nombres y el jefe de estudios les habría impuesto una sanción. Para entrar había que esperar a que abriesen la cancela cinco minutos antes de que sonara el timbre.
Teníamos un examen de filosofía a las cuatro. Con don Justino no era difícil sacar una chuleta e incluso copiar directamente del libro. Para estos menesteres, los puestos más apetecibles eran los de la fila situada enfrente de la mesa del profesor, que permanecía sentado la mayor parte del tiempo.
Para librarse de las carreras y empujones por un buen sitio, algunos compañeros habían preferido correr el riesgo de ser atrapados por el conserje. Cuando los otros llegasen sin aliento, habría protestas y amenazas de denuncia.
En esa media hora que quedaba nos pusimos a comparar la personalidad de los diferentes profesores, así como también sus respectivos sistemas de calificación.
El de latín era tonto y miope. Era a quien se le copiaba mejor. El problema estribaba en convencer a uno de los empollones de que pasase la traducción. Una vez resuelta esta dificultad, la versión española del texto latino circulaba libremente en todas las direcciones.
La más antipática era la de literatura. Era también la que suspendía más a pesar de permitirnos manejar el libro y los escasos apuntes que nos dictaba cuando lo tenía a bien. Pero sus exámenes consistían en el desarrollo de un tema con un título estrambótico que nos dejaba anonadados.
Se pasaba la hora preguntando la lección y haciéndonos leer en voz alta nuestros comentarios de texto que, a juzgar por su sonrisita, le resultaban divertidos. Tras nuestra lectura, con la cabeza inclinada sobre su cuaderno de notas, bisbiseaba una crítica ininteligible en la que se apreciaban notas burlonas.
Rondaría los cuarenta años. Era guapa y elegante, esto último subrayado por su hieratismo y su gusto por los grises y los marrones.
No podíamos por menos de preguntarnos qué hacía una madrileña tan fina en un instituto de un barrio sevillano, bregando con chavales sin nada en común con ella, aunque la verdad es que bregaba poco.
Era una tarde desapacible de marzo. Conversábamos en lugar de repasar. En esto se abrió la puerta y entró Alberto con el libro de filosofía en la mano. Estaba estudiando en otra clase. Por su cara deduje que había tropezado con una dificultad.
“El amigo Alberto” grité “se digna hacernos una visita”.
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Desde el día en que el delegado lo invitó a almorzar en su casa, razón por la que anduvimos buscando a Alberto por todo el instituto sin encontrarlo, uno y otro nos fuimos distanciando.
Cuando se acercaba a una reunión en la que yo sentaba cátedra, experimentaba un placer maligno en recibirlo a voces por honrarnos con su presencia.
Incapaz de mandarme a hacer gárgaras, aguantaba estoicamente mi andanada de sandeces.
Yo interrumpía el tema sobre el que estaba pontificando para agasajarlo como es debido. Cuando retomaba mi discurso, hacía todo lo posible para involucrarlo.
Sabía que no le gustaba hablar en público. Se ponía nervioso, se aturrullaba. Si, al pedirle su opinión, lo instaba a no contestar con un monosílabo o una lacónica frase, a veces nos sorprendía con una ocurrencia que suscitaba la hilaridad de los presentes.
“Ya veo que vas aprendiendo” le decía coreando las risotadas.
Me aficioné a buscarle las cosquillas delante de la gente.
Mis intentos de ganármelo de nuevo chocaron lógicamente con su reticencia. Incluso cuando eran sinceros, dudaba de mi buena fe. Por lo demás, yo no desaprovechaba la ocasión de acrecentar mi fama de bocazas.
Quizás por afecto, quizás por bondad, Alberto empezó a mostrarse menos receloso.
Habría recuperado su confianza de no haber intervenido el delegado que convirtió en un deber la obstaculización de mis planes.
Invitaba a comer a Alberto e incluso lo convenció de que pasara un fin de semana en Sevilla, de forma que acabó creándole la obligación de corresponder.
Un viernes, cuando vi al delegado en el autobús con una bolsa, me entraron ganas de darle un puñetazo en la cara para borrarle su estúpida sonrisa.

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El delegado y Alberto se hicieron inseparables. Se les veía juntos dentro y fuera de clase, al primero hablando y gesticulando, al segundo atendiendo y asintiendo.
Cuando don Justino acometió la explicación de los fundamentos del ser, sus interminables conversaciones metafísicas adquirieron una dimensión religiosa. El Dios bíblico emergía aquí y allá de entre una maraña de causas intrínsecas y extrínsecas. Nuestro profesor se habría sorprendido si, como yo, hubiese tenido la oportunidad de escucharlos.
El delegado tenía una mente especulativa. Conceptos que exigían un gran esfuerzo de abstracción eran aprehendidos por él a la primera.
Además de captar con rapidez las sutilezas filosóficas, el delegado las hacía suyas. Lo que le permitía jugar con ellas y sacar conclusiones pintorescas.
Alberto necesitaba rumiar todo largo tiempo. Cuando una definición enrevesada que nadie se preocupaba de comprender sino sólo de memorizar para echarla en el olvido tan pronto como acabara el examen, se le revelaba en su complejidad y precisión, un temor reverencial se apoderaba de él.
El delegado no se privaba del ejercicio de la paradoja que provocaba la perplejidad de nuestro amigo, y que aquel solía rubricar con su risita de conejo.
Como un prestidigitador que escamotea limpiamente una moneda o un reloj, seguro de no ser descubierto, tiene a bien repetir el número, así, el delegado, antes de que Alberto se repusiese de su asombro, le daba unas palmaditas en la espalda al tiempo que silabeaba el calambur.
A veces Alberto vislumbraba el truco, por lo que era felicitado. Normalmente, el delegado, en tono profesoral, descomponía el argumento en sus partes para mostrar dónde estaba la trampa.
Esas pirotecnias verbales me irritaban. Si me permitía participar, mi razonamiento era mirado con lupa y, por lo general, rechazado.
Siempre era él quien llevaba la voz cantante, quien se erigía en juez, quien determinaba las reglas del juego.
Mi objetivo era ridiculizarlo, pero la socarronería no era un arma cuyo uso me estuviese reservado en exclusiva. Que yo me considerase un maestro, no demostraba mi destreza sino mi vanidad.
Había encontrado la horma de mi zapato. El representante de sexto C sabía también ponerse mordaz. Incluso me pareció que le estaba tomando gusto a esa lucha sorda que manteníamos.
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El autobús ya estaba en marcha y completo. Subí por la segunda puerta y paseé la mirada por las cabezas apoyadas en los altos espaldares cuyas fundas de escay blanco tenían visos de mugre.
Había faltado a la última clase y me había ido a unos grandes almacenes. Allí estuve hojeando libros y leyendo las contraportadas de los discos. En realidad iba con la intención de robar una novela de Pío Baroja de la que la profesora había hablado elogiosamente, recomendándonos su lectura.
Cogí el libro y le despegué la etiqueta interior con el precio, título y autor de la obra, de la que me deshice a continuación. Pero había mucha gente y, en lugar de llevarme el ejemplar, lo coloqué de nuevo en el estante.
Tenía la impresión de que alguien me estaba observando. Di unos pasos y me detuve, pero no me volví porque ese gesto me hubiese delatado.
Rodeé el exhibidor y me situé en el lado opuesto para comprobar si estaba siendo espiado. Cogí otro libro, lo abrí y alcé la vista. Frente a mí había un hombre con chaqueta gris y corbata.
Me fui a la sección de discos. Cuando miré el reloj, me sobresalté. Debía realizar la operación en cinco minutos si no quería perder el autobús.
Estaba decido a sustraer el libro a pesar del intenso cosquilleo en el estómago y de mis manos sudorosas.
Conforme me acercaba al estante, el corazón me latía más de prisa. Tuve que pararme y respirar profundamente. Nunca me había pasado esto.
El hecho de robar entrañaba una voluptuosidad tanto o más apreciada que el botín.
A Alberto, al que no logré convencer de que se convirtiera en un ladronzuelo, en tono pedantesco, le hablaba del placer de la transgresión que era necesario experimentar para rendirse a su hechizo.
Para despertar su curiosidad, me extendía en la descripción del miedo que humedecía la piel. De la ansiedad que había que contrarrestar mediante el dominio de uno mismo. De la bocanada de aire que, una vez fuera de peligro, expandía los pulmones. Todo lo cual calificaba de sensaciones electrizantes.
Esa tarde, sin embargo, estaba perdiendo el control. Culpaba de ello al señor trajeado que había frustrado mi primer intento.
Cuando estuve delante de la hilera de libros, alargué la mano y cogí el que me interesaba. En ese mismo instante, por el rabillo del ojo, vi una chaqueta gris.
Abrí la novela al azar y me puse a leer, pero las letras me bailaban. Luego, sin cobrar la pieza, me dirigí a la salida.
Cuando me hube alejado unos metros, me volví. El empleado me miraba de hito en hito.
Como no había asientos libres, hice el trayecto de pie, apoyado en el que ocupaba Alberto, a quien me hubiese gustado contarle lo sucedido, pero la inquina y el abatimiento acumulados durante aquel día me lo impidieron.
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A la lógica siguió la filosofía natural con sus nociones de espacio y tiempo. Y a ésta la psicología que culminaba en una lección titulada “Origen y destino del alma humana”.
Alberto había decidido cambiar de sitio y sentarse con el delegado de curso, que era uno de los alumnos más serios y quisquillosos del instituto.
Fingí que me daba igual. Pero también yo me mudé al último pupitre, justo detrás de ellos. El delegado me miró con cara de pocos amigos. Sin inmutarme, me limité a esbozar una sonrisa.
Comprendió que su mirada admonitoria, amplificada por los gruesos cristales verdosos de sus gafas, me traía al fresco.
Alberto y yo, al igual que otros muchachos, veníamos de un pueblo cercano a estudiar en Sevilla. Como en el instituto no había comedor, nuestro almuerzo consistía en un bocadillo que comprábamos en una tienda de ultramarinos, y del que dábamos cuenta paseándonos por el patio o, si hacía mal tiempo, en una de las clases, para lo cual teníamos permiso.
Éramos unos quince pueblerinos repartidos entre primero y sexto de bachillerato. En preuniversitario no había nadie.
Un día encapotado y frío, cuando tocó el timbre, Alberto se demoró ordenando sus papeles hasta que yo salí. Luego, en el recreo, lo vi en animada charla con el delegado. O más bien en atenta escucha, como era su costumbre.
Al finalizar la última clase, se acercó a la profesora de latín para preguntarle algo, de forma que tuve tiempo sobrado de levantarme y trasponer la puerta.
Estaba lloviznando. Me reuní con los otros compañeros que iban a comprar el bocadillo en la tienda, y les dije que Alberto nos alcanzaría por el camino.
Fuimos y regresamos sin que diera señales de vida. Pensé que a lo mejor se había traído el condumio de casa.
En el aula de sexto A, sentados encima de los pupitres, despachamos nuestros bollos rellenos de salami o de cualquier otro embutido en un santiamén.
Cuando acabamos, convencí a los demás para ir a buscar a Alberto, aun pareciéndome improbable que se hubiese escondido o estuviese con los alumnos de cursos inferiores.
Nuestras pesquisas fueron vanas. Descubrimos a los más pequeños enfrentados en una guerra a tizazos. Por el placer de amedrentarlos, los amenazamos con informar al conserje si no recogían de inmediato los trozos esparcidos por el suelo, lo cual hicieron sin rechistar.
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