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Posts Tagged ‘sexto C’

El delegado y Alberto se hicieron inseparables. Se les veía juntos dentro y fuera de clase, al primero hablando y gesticulando, al segundo atendiendo y asintiendo.
Cuando don Justino acometió la explicación de los fundamentos del ser, sus interminables conversaciones metafísicas adquirieron una dimensión religiosa. El Dios bíblico emergía aquí y allá de entre una maraña de causas intrínsecas y extrínsecas. Nuestro profesor se habría sorprendido si, como yo, hubiese tenido la oportunidad de escucharlos.
El delegado tenía una mente especulativa. Conceptos que exigían un gran esfuerzo de abstracción eran aprehendidos por él a la primera.
Además de captar con rapidez las sutilezas filosóficas, el delegado las hacía suyas. Lo que le permitía jugar con ellas y sacar conclusiones pintorescas.
Alberto necesitaba rumiar todo largo tiempo. Cuando una definición enrevesada que nadie se preocupaba de comprender sino sólo de memorizar para echarla en el olvido tan pronto como acabara el examen, se le revelaba en su complejidad y precisión, un temor reverencial se apoderaba de él.
El delegado no se privaba del ejercicio de la paradoja que provocaba la perplejidad de nuestro amigo, y que aquel solía rubricar con su risita de conejo.
Como un prestidigitador que escamotea limpiamente una moneda o un reloj, seguro de no ser descubierto, tiene a bien repetir el número, así, el delegado, antes de que Alberto se repusiese de su asombro, le daba unas palmaditas en la espalda al tiempo que silabeaba el calambur.
A veces Alberto vislumbraba el truco, por lo que era felicitado. Normalmente, el delegado, en tono profesoral, descomponía el argumento en sus partes para mostrar dónde estaba la trampa.
Esas pirotecnias verbales me irritaban. Si me permitía participar, mi razonamiento era mirado con lupa y, por lo general, rechazado.
Siempre era él quien llevaba la voz cantante, quien se erigía en juez, quien determinaba las reglas del juego.
Mi objetivo era ridiculizarlo, pero la socarronería no era un arma cuyo uso me estuviese reservado en exclusiva. Que yo me considerase un maestro, no demostraba mi destreza sino mi vanidad.
Había encontrado la horma de mi zapato. El representante de sexto C sabía también ponerse mordaz. Incluso me pareció que le estaba tomando gusto a esa lucha sorda que manteníamos.
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