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Posts Tagged ‘cerdos’

Un corazón caliente y sangrante que enarboló y arrojó en un barreño. Hecho esto, chasqueó las tijeras que mantenía en ristre, y se inclinó sobre el animal despatarrado encima de la mesa.
El ayudante se disponía a proseguir su inspección, pero el carnicero lo llamó y le encomendó la ingrata tarea de vaciar de excrementos, lavar y trocear los intestinos.
El mocetón suspiró y se fue a un rincón con dos cubos rebosantes de tripas.
Junto con otros niños de mi edad, me había colado en el destartalado corral con un estrecho cobertizo a la izquierda donde se hacía la matanza en los días de lluvia. El conjunto recibía el pomposo nombre de Matadero Municipal.
Nadie nos prohibió la entrada. Nadie nos importunó. Pudimos disfrutar del espectáculo a nuestras anchas.
Vimos cómo arrastraban a los cerdos que gruñían sin parar, hasta unas mesas bajas de madera adonde eran izados e inmovilizados boca abajo con la ayuda de varios hombres.
La cabeza les colgaba fuera de las mugrientas tablas. Debajo ponían un cubo de hojalata para recoger la sangre. A continuación el matarife blandía el afilado cuchillo y hacía una señal para que se preparasen a resistir las violentas sacudidas del animal. Comprobaba que el cubo estaba en la vertical del cuello de la víctima. Al fin, de un golpe preciso, hundía la hoja de acero en la garganta.
Con otro movimiento rápido ensanchaba el tajo. La sangre, de la que se desprendían oleadas de vapor, manaba en abundancia.
El matarife, que había soltado el cuchillo, sujetaba con ambas manos la cabeza del cerdo procurando mantenerla levantada para que se desangrara más aprisa.
Los esfuerzos del animal para zafarse contribuían al éxito de la operación. Conforme se debilitaba, la briega disminuía hasta que llegaba un momento en que no era necesario ejercer ninguna presión sobre su cuerpo.
Luego hicieron una hoguera en mitad del corral, a la que acercaban aulagas secas que se inflamaban al punto. Con estas teas quemaron los pelos de la piel, la cual cepillaron y baldearon hasta dejarla de una blancura suave y lustrosa.
Una vez limpio el cerdo, le dieron media vuelta y lo abrieron en canal.
A mi lado estaba Alberto, tan embobado como los demás. Le di un toque con el codo y le propuse que nos fuéramos. Se encogió de hombros y dijo: “Bueno”.

 

 

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