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In illo tempore (LXXVI)


“Al contrario que el común de los mortales, a quienes sólo interesa aprobar o comprarse unos pantalones, Alberto es un hombre de convicciones. A este caos que llamamos vida, él opone sus propias ideas. ¿He dicho ideas? Sus propios ideales. Ciertamente nos engaña con su aspecto inocuo. Pero tras esa fachada se esconde un ser inquisitivo que desprecia nuestra sociedad consumista. Su timidez es un escudo protector. Por ella resguardado, puede dedicarse a elucubrar sin que nadie interfiera en esa tarea. Tal actitud, aparte de sustentarse en el egoísmo, implica un juicio poco halagüeño del prójimo. Mientras él escala las alturas, los demás nos arrastramos por el fango. Mis palabras no son gratuitas. Todos habéis observado que nuestro amigo no se presta al diálogo. Cuando se ve en esa disyuntiva, su amabilidad nos desarma. No me cabe duda de que, si nos dejase indagar en su interior, sacaríamos a la luz las riquezas que atesora”.
Alberto seguía de pie, con el libro en la mano. Cuando se sentía el centro de atención, se apresuraba a colocarse en un segundo plano. Puesto que se había apoderado de mí una compulsiva necesidad de saber cuánto aguantaría, me las arreglé para frustrar su escaqueo. Mi intención era hacerlo explotar.
Los otros me miraban intrigados. Su interés era un acicate.
“Y bien, hablemos del Primer Motor Inmóvil, de la Causa Incausada, del Ser Necesario, de la Perfección Absoluta, del Fin Supremo. ¿Dios existe o es un subproducto de la ansiedad humana?”.
Alberto, en quien advertía síntomas de azoramiento, se encogió de hombros.
“No es el momento de”…”No te vayas por la tangente” lo corté.
Pedirle que expusiera sus pensamientos equivalía a pedirle que se desnudara en público. Su sentido del decoro le impedía realizar ese striptease. Por otro lado, su gentileza le dificultaba la retirada. Estaba atrapado en una ratonera.
Su turbación iba en aumento. Inmóviles como estatuas, los demás estaban a la expectativa.
Primero se ruborizó, luego palideció. ¿Por qué callaba? Cualquier paparrucha habría distendido el ambiente.
Un rumor cada vez más intenso nos sobresaltó. Alguien dijo: “Ya han abierto la cancela” y salió corriendo de la clase.
El rumor se convirtió en barullo de gente gritando y subiendo la escalera. Incluso se escucharon ayes de dolor de víctimas atropelladas en la carrera.
En el aula de sexto A, Alberto y yo nos quedamos solos. Mi amigo se fue cuando entró el primer alumno. Yo, sentado de nuevo en la tapa del pupitre, permanecí allí hasta que llegó su dueño y me echó.
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