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Posts Tagged ‘el profesor de música’

El cerco se iba estrechando. Estaba en el ojo del huracán, en ese lugar donde reina una calma chicha mientras un poco más allá el viento destecha las casas y abate los árboles.
A mis oídos apenas llegaban los chasquidos, los silbidos y los crujidos de ese concierto.
Si no fuera por el lejano susurro amenazador, habría podido olvidarme por completo de mi peligroso enclave.
“Debes estar alerta” me decía, “mantente en guardia”.
Mas por mucho que me alentaba, a renglón seguido me sorprendía pensando en cualquier cosa o sonriendo sin motivo.
“No tienes arreglo” me recriminaba.
En mis reproches evitaba emplear un tono demasiado severo que habría desencadenado un ataque de risa.
Mi círculo de paz, en el que permanecía indemne, menguaba, se desplazaba a capricho de aquí para allá. En uno de esos vaivenes podía ocurrir que yo fuera arrojado al exterior.
Pero antes el torbellino me pondría a girar como un planeta loco hasta vomitarme finalmente sobre los campos devastados.
A la velocidad que les imprimía el viento, veía dibujarse y borrarse la cara de Jorge o la de algún colega observándome, la de mi madre intentándome decir algo, la del profesor de música absorto en sus pensamientos, la de Alberto, la de mi padre…

 

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El plato del tocadiscos empezó a girar. La expresión del profesor se reconcentró. Guardábamos un religioso silencio. A nuestros oídos llegó un sonido de fritura producido por la aguja al deslizarse por las primeras circunvalaciones del disco.
Tras un breve acorde mantenido, surgió el primer tema que visualicé como un chorro de agua sobre el que una pelota se mantenía en equilibrio.
Desde los primeros compases, la dramática voz de los violoncelos me ganó. El tema expuesto había pulsado un resorte en mi interior.
Me dejé llevar por los vaivenes de la música, bajando y subiendo como la pelota a la que el surtidor imprimía su ritmo, haciéndola bailar sin voluntad.
La marcha que ocupaba la parte central finalizaba en un acorde parecido al que iniciaba la obra.
Cuando el profesor, que había levantado el brazo del aparato para hacer un comentario, lo dejó caer de nuevo y resonaron las notas del adagio, me sentí indefenso ante la música.
Su explicación no era más que unas cuantas frases deshilvanadas sin apenas relación con el nostálgico motivo sobre el que los violines realizaban invisibles dibujos acústicos.
A este remanso de paz, inesperada y traicioneramente, sucedió una melodía sobrecogedora. El compositor se complacía en arrebatarnos la felicidad y sumergirnos en la inquietud.
Me embargó la tristeza de esta segunda parte del adagio. No me atrevía a moverme, como si temiera interferir en ese armonioso edificio a cuya construcción se aplicaban los cinco instrumentos de cuerda.
Hubo un momento en que pensé que la calma iba a resurgir. Unos enérgicos compases así lo prometían. Pero el clima volvió a tornarse melancólico.
En la pausa que se produjo entre el segundo y el tercer movimiento, sin escuchar al profesor que hablaba de nuevo, me preguntaba atribulado si se podía expresar con palabras los sentimientos transmitidos por la música con tal precisión y belleza.
Me repelía la idea de que esa riqueza sólo fuese susceptible de una descripción técnica.
Las primeras notas del tercer movimiento contrastaban con los últimos compases del segundo movimiento.
La melodía triunfal con que se iniciaba el scherzo era una invitación a gozar de la vida. Me inundó una marea de confianza.
Como una boya hundida por la fuerza en el fondo del mar que de pronto recobra la libertad, emprendí el camino del cielo, ansioso por saludar al sol.
Al igual que antes con la tristeza, también ahora tenía la impresión de que ese alborozo era el estado natural del universo.
La viola y el segundo violoncelo inauguraron un tema de signo distinto. Con sólo oír las primeras notas me percaté de que la esperanza, que había volado tan alto, se precipitaría en la sima que se abría bajo sus pies.
Me iba curvando como la cuerda de una ballesta que se tensa antes del disparo. Me faltó el aire. Agaché la cabeza para ocultarme a la mirada de los demás.
Como si de una broma se tratase, el scherzo reapareció y el clima opresivo del trío fue sustituido por el júbilo inicial.
Pero el abismo que Schubert nos había mostrado, evidenciaba la inconsistencia de nuestros sueños de felicidad.

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El profesor de música tenía un viejo tocadiscos. Nos dijo que le daba pena tener que oír música en ese trasto.
Una noche, en vísperas de Navidad, en lugar de dar la clase de solfeo, nos propuso escuchar una composición de Schubert.
Con entusiasmo real o fingido, aceptamos el cambio. El solfeo puede convertirse en un ejercicio fastidioso.
El tocadiscos estaba en una mesita situada al lado del único enchufe que había en la habitación.
Por supuesto, aclaró, nos iría comentando la obra, aunque también le interesaba la impresión que la música suscitase en nosotros. El goce estético, puntualizó. Todos asentimos.
Hablaba con calma, interrumpiéndose de vez en cuando para dar una calada al cigarrillo. Era un experimento que realizaba con alumnos principiantes.
Lo que íbamos a escuchar era un quinteto. El quinteto en do mayor de Franz Schubert.
A continuación nos hizo un sucinto relato de las penalidades sufridas por este músico austriaco que murió de tifus bastante joven.
Nos comunicó, con su tono de voz despacioso e inalterable, que este compositor y esta pieza en concreto se contaban entre sus favoritos.
Después nos proporcionó algunas nociones técnicas para facilitarnos la comprensión de la obra.
Finalmente se levantó de la silla, sacó el disco de su funda, lo limpió por ambas caras con una bayeta y lo colocó en el aparato, al lado del cual se sentó para detener la audición cuando lo considerase oportuno.
Mientras llevaba a cabo estas operaciones, me vinieron a la cabeza los rumores que corrían por el pueblo acerca del profesor de música. Nunca los había tenido en cuenta. Estaba hecho a la vida en el pueblo y no me sorprendían.
No era porque viviese solo y no se relacionase con nadie por lo que me resultaba peculiar, sino por ese esmero con que manipulaba el disco de Schubert.

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