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Me jactaba de ser un descreído que se complacía en no dejar títere con cabeza y en sembrar el desconcierto a su alrededor.
Me había vuelto tan cáustico que mis compañeros no me tomaban en serio. Con frecuencia eran ellos quienes planteaban un tema polémico para oírme despotricar.
Me estaba convirtiendo en un bufón al que, por serlo, se le permitían las salidas de tono. Gracias a la inmunidad que ese estatus me otorgaba, arremetía contra lo humano y lo divino sin preocuparme de que mis palabras sólo movieran a risa.
Estaba hecho un personajillo. A quienes opinaban que mi actitud sólo era una pose, les replicaba que así era en efecto. ¿Acaso la suya no era otra? La única diferencia radicaba en que yo era consciente de ese hecho.
Una pose es un tipo o estilo de vida. Todos nos vemos obligados a escoger uno: el que nos conviene o nos apetece, el que nos impone el entorno o el que nosotros le imponemos.
Una compañera repipi que me seguía la corriente, redondeó mi perorata definiendo la pose como una forma de estar en el mundo. E incluso dejó boquiabierto al auditorio al afirmar que, en definitiva, no era más que un combate contra la nada. Seguramente nadie la entendió, pero eso no importaba gran cosa, como tampoco que ella misma no supiera lo que estaba diciendo, limitándose a repetir algo que había leído en alguna parte.
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Vacas

 
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El autobús ya estaba en marcha y completo. Subí por la segunda puerta y paseé la mirada por las cabezas apoyadas en los altos espaldares cuyas fundas de escay blanco tenían visos de mugre.
Había faltado a la última clase y me había ido a unos grandes almacenes. Allí estuve hojeando libros y leyendo las contraportadas de los discos. En realidad iba con la intención de robar una novela de Pío Baroja de la que la profesora había hablado elogiosamente, recomendándonos su lectura.
Cogí el libro y le despegué la etiqueta interior con el precio, título y autor de la obra, de la que me deshice a continuación. Pero había mucha gente y, en lugar de llevarme el ejemplar, lo coloqué de nuevo en el estante.
Tenía la impresión de que alguien me estaba observando. Di unos pasos y me detuve, pero no me volví porque ese gesto me hubiese delatado.
Rodeé el exhibidor y me situé en el lado opuesto para comprobar si estaba siendo espiado. Cogí otro libro, lo abrí y alcé la vista. Frente a mí había un hombre con chaqueta gris y corbata.
Me fui a la sección de discos. Cuando miré el reloj, me sobresalté. Debía realizar la operación en cinco minutos si no quería perder el autobús.
Estaba decido a sustraer el libro a pesar del intenso cosquilleo en el estómago y de mis manos sudorosas.
Conforme me acercaba al estante, el corazón me latía más de prisa. Tuve que pararme y respirar profundamente. Nunca me había pasado esto.
El hecho de robar entrañaba una voluptuosidad tanto o más apreciada que el botín.
A Alberto, al que no logré convencer de que se convirtiera en un ladronzuelo, en tono pedantesco, le hablaba del placer de la transgresión que era necesario experimentar para rendirse a su hechizo.
Para despertar su curiosidad, me extendía en la descripción del miedo que humedecía la piel. De la ansiedad que había que contrarrestar mediante el dominio de uno mismo. De la bocanada de aire que, una vez fuera de peligro, expandía los pulmones. Todo lo cual calificaba de sensaciones electrizantes.
Esa tarde, sin embargo, estaba perdiendo el control. Culpaba de ello al señor trajeado que había frustrado mi primer intento.
Cuando estuve delante de la hilera de libros, alargué la mano y cogí el que me interesaba. En ese mismo instante, por el rabillo del ojo, vi una chaqueta gris.
Abrí la novela al azar y me puse a leer, pero las letras me bailaban. Luego, sin cobrar la pieza, me dirigí a la salida.
Cuando me hube alejado unos metros, me volví. El empleado me miraba de hito en hito.
Como no había asientos libres, hice el trayecto de pie, apoyado en el que ocupaba Alberto, a quien me hubiese gustado contarle lo sucedido, pero la inquina y el abatimiento acumulados durante aquel día me lo impidieron.
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Panchito

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Arcángeles de infatuada sonrisa,
cuyos ojos llamean cual candelas,
cual rubíes de siniestras estelas
en un mar que no refresca la brisa.

Arcángeles que sólo se dan prisa
para anunciar, a la luz de las velas,
esclavitudes, yugos y gabelas.
Onerosa carga que al alma agrisa.

Mensajeros de requemada piel,
guardianes de los antros infernales,
no responden al nombre de Gabriel.

En la noche, sus rojizos fanales
iluminan el tenso andarivel
que cruzan paso a paso los mortales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Kira

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A la lógica siguió la filosofía natural con sus nociones de espacio y tiempo. Y a ésta la psicología que culminaba en una lección titulada “Origen y destino del alma humana”.
Alberto había decidido cambiar de sitio y sentarse con el delegado de curso, que era uno de los alumnos más serios y quisquillosos del instituto.
Fingí que me daba igual. Pero también yo me mudé al último pupitre, justo detrás de ellos. El delegado me miró con cara de pocos amigos. Sin inmutarme, me limité a esbozar una sonrisa.
Comprendió que su mirada admonitoria, amplificada por los gruesos cristales verdosos de sus gafas, me traía al fresco.
Alberto y yo, al igual que otros muchachos, veníamos de un pueblo cercano a estudiar en Sevilla. Como en el instituto no había comedor, nuestro almuerzo consistía en un bocadillo que comprábamos en una tienda de ultramarinos, y del que dábamos cuenta paseándonos por el patio o, si hacía mal tiempo, en una de las clases, para lo cual teníamos permiso.
Éramos unos quince pueblerinos repartidos entre primero y sexto de bachillerato. En preuniversitario no había nadie.
Un día encapotado y frío, cuando tocó el timbre, Alberto se demoró ordenando sus papeles hasta que yo salí. Luego, en el recreo, lo vi en animada charla con el delegado. O más bien en atenta escucha, como era su costumbre.
Al finalizar la última clase, se acercó a la profesora de latín para preguntarle algo, de forma que tuve tiempo sobrado de levantarme y trasponer la puerta.
Estaba lloviznando. Me reuní con los otros compañeros que iban a comprar el bocadillo en la tienda, y les dije que Alberto nos alcanzaría por el camino.
Fuimos y regresamos sin que diera señales de vida. Pensé que a lo mejor se había traído el condumio de casa.
En el aula de sexto A, sentados encima de los pupitres, despachamos nuestros bollos rellenos de salami o de cualquier otro embutido en un santiamén.
Cuando acabamos, convencí a los demás para ir a buscar a Alberto, aun pareciéndome improbable que se hubiese escondido o estuviese con los alumnos de cursos inferiores.
Nuestras pesquisas fueron vanas. Descubrimos a los más pequeños enfrentados en una guerra a tizazos. Por el placer de amedrentarlos, los amenazamos con informar al conserje si no recogían de inmediato los trozos esparcidos por el suelo, lo cual hicieron sin rechistar.
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Bruto (II)

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