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Verano (III)

In dedication

Todos los santos la vilipendian, y todos los hombres graves
Que se rigen por el justo medio del dios Apolo –
Despreciando a los cuales navegué en su busca
A lejanas regiones donde era más probable encontrar
A la que deseaba conocer más que todas las cosas,
La hermana del espejismo y del eco.

Era una virtud no detenerse,
Seguir mi obstinado y heroico camino
Buscando en el cráter del volcán,
Entre los témpanos de hielo, o donde se borraba la huella
Más allá de la caverna de los siete durmientes:
A aquella cuya frente ancha y alta era blanca como la del leproso,
Y sus ojos azules, y sus labios como bayas de fresno,
Y su cabello rizado del color de la miel hasta las blancas caderas.

La verde savia de la primavera que en el árbol joven se agita
Celebrará a la Madre de la Montaña,
Y todos los pájaros canoros la aclamarán un día,
Pero yo estoy dotado, inclusive en noviembre,
La más desapacible de las estaciones, con una sensación tan grande
De su claramente raída magnificencia
Que olvido la crueldad y la traición,
Indiferente a dónde puede caer el próximo rayo.

Robert Graves

Traducción de Luis Echávarri

Verano (II)

Las desdichas poéticas sobrevinieron cuando se quebraron las líneas matrilineales, a finales del periodo minoico. Por si fuera poca desgracia, llegaron luego los filósofos griegos con su implacable lógica y su intransigencia racional.
En el prólogo de La Diosa Blanca, Sócrates es objeto de un buen vapuleo, dado que fue él quien sometía todo al pensamiento científico. Además, desconfiaba profundamente de los poetas y rara vez ponía los pies en el campo. Sócrates era un urbanita convencido.
Pero el hijo de la comadrona Fenareta se llevó su merecido en vida al casarse con la malhumorada Jantipa, que tuvo fama de ser “la mujer más insoportable de Grecia”.
Poesía y naturaleza marchan a una. En nuestra época, en la que el divorcio entre ambas parece haberse consumado, se realizan intentos desesperados para volver a la primigenia armonía.
La verdad que, por boca del poeta inspirado, ilumina esta ciénaga en la que nos hundimos sin remedio, es el último baluarte que se mantiene en pie.
La verdad es el gran compromiso del poeta. Del poeta auténtico. Del de antes de la invasión de los bárbaros de Asia central, hace muchos siglos. Del poeta cuya entrega a su tarea es total y no de media jornada, o todavía menos, de fines de semana y periodos vacacionales.
Robert Graves, ejemplo de poeta consecuente, cita en las primeras páginas de su libro algunas de las preguntas enigmáticas a las que él encontró respuesta. Preguntas tales como: “¿Qué canción cantaban las sirenas?” o “¿Qué secreto estaba oculto en el Nudo Gordiano?”.
He aquí la cuestión que nosotros planteamos: ¿Le habrían gustado estos tiempos al eximio vate inglés?

Verano (I)


Molestaba sobre todo que no hablase. O que hablase poco. Pero yo sabía que hablábamos lenguas diferentes.
No valía la pena dar explicaciones. Por otro lado, me repugnaba la idea de tener que justificar mi comportamiento ante los demás.
Recuerdo, sin embargo, haberlo intentado con Jorge. Tras mis efusiones verbales, me acometía tal pesadumbre que me juraba no volver a caer en la tentación.
Porque se trataba de una debilidad por mi parte.
Me dejaba engatusar por sus palabras. No pongo en duda que quisieran ayudarme.
Un día que mi padre estuvo conversando con Jorge y luego se fue dando un portazo, me pasé un buen rato cavilando.
Sus deseos por acelerar mi curación, la retrasaban.
No quiero ser injusto con ellos. Pero su impaciencia obstaculizaba mi restablecimiento. Lo volvía más arduo.
Cuando se crispaban, aunque no descargasen su irritación sobre mí, me ensombrecía tanto como si se hubiesen puesto a gritarme.
Querían encontrar a toda costa una solución a mi problema. Con este objeto, se encerraban en el despacho de mi padre para intercambiar impresiones y analizar la situación creada por mí poco menos que para fastidiar a la familia.
Esta vez eran ellos los injustos conmigo.
Durante las primeras semanas, como si estuvieran conspirando contra mí, los conciliábulos se sucedieron a mis espaldas.

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En los cortos días de invierno, sentado en mi sillón, con una manta sobre las piernas, observaba cómo las sombras invadían paulatinamente mi habitación.
Claridad vespertina. Penumbra. Oscuridad.
La luz de una farola diluía la oscuridad.
Después de almorzar me iba a mi dormitorio. Cogía un libro y me sentaba en el sillón. Luego encendía un cigarrillo y me ponía a leer junto al balcón. Novelas. Libros de viaje.
Claridad vespertina.
Un cigarrillo tras otro, me embebía en la lectura del libro. Poco a poco, las sombras se iban adueñando de la habitación. Finalmente, tenía que dejar de leer.
Penumbra.
Los muebles destacaban como masas lóbregas. Entonces encendía otro cigarrillo y trataba de no pensar en nada.
Oscuridad.
Así transcurrían unos minutos. El hechizo de esa hora era roto por la luz de la farola que se reflejaba en la cómoda barnizada.
Si me animaba, me levantaba del sillón, cogía el método y me ponía a solfear un rato.

Paisaje (IV)

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