



Fuente de toda luz
Inefable presencia
Aparición del ser
Silenciosa cadencia
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Cuando recitaba a unos amigos fragmentos de Altazor, uno de ellos se moría de risa con versos tales como: “Aquí yace Carlota ojos marítimos / Se le rompió un satélite”. Pero apreciaban el ritmo y la fuerza de este poema metafísico, compuesto por un prefacio y siete cantos, que acaba en balbuceos e incoherencias.
Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?
¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa
Con la espada en la mano?
¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios?
¿Por qué un día sentiste el terror de ser?
(Del Canto I)
Sabemos (…)
Iluminar cipreses como faroles
Anidar faroles como alondras
Exhalar alondras como suspiros
Bordar suspiros como sedas
Derramar sedas como ríos
Tremolar un río como una bandera
Desplumar una bandera como un gallo
Apagar un gallo como un incendio
(Del Canto III)
Aquí yace Matías en su corazón dos escualos se batían
Aquí yace Marcelo mar y cielo en el mismo violoncelo
Aquí yace Susana cansada de pelear contra el olvido
Aquí yace Teresa ésa es la tierra que araron sus ojos hoy ocupada por su cuerpo
Aquí yace Angélica anclada en el puerto de sus brazos
Aquí yace Rosario río de rosas hasta el infinito
(Del Canto IV)
Ai aia aia
ia ia aia ui
Tralalí
Lali lalá
Aruaru
urulario
Lalilá
Rimbibolam lam lam
Uiaya zollonario
(Del Canto VII)
Vicente Huidobro, Altazor
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“En la marcha hacia la Tierra Prometida, hay un frente interior y un frente exterior de zapadores que minan el camino, dificultando o impidiendo el avance. Aun así, pese a las detenciones y los retrocesos, pese a la aridez de los páramos, pese a nuestra debilidad e impotencia, renqueando, llenos de magulladuras, a trompicones, ¿qué otra alternativa se ofrece a la de formar parte de esta caravana con un destino?”
El hombre de mirada errática y edad imprecisa añadió:
“Yo, el último piojo de la tierra, consciente de mi indignidad, sé al menos en qué dirección debo orientar mis pasos. Yo voy con ellos –y señaló a la tropa rezagada de tullidos y lisiados que avanzaba a duras penas tras la caravana−. Con ésos que apenas se tienen en pie, que ven mal y oyen peor, que sueltan tacos y risotadas extemporáneas, comidos por la tiña, de humor avinagrado. Con ésos hasta que las fuerzas me abandonen”.

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En la casa materna había un limonero punteado de hermosos frutos amarillos, donde bullía una legión de gorriones en las largas tardes de verano.
El árbol ocupaba un puesto de honor en el primer patio, el de los fragantes arriates de hierbabuena, el de las macetas de colios y cintas pulcramente alineadas, el del jazmín y las arreboleras, el de la vinca de pétalos blancos o rosas, llamada por estos pagos la flor del príncipe.
Un día descubrí atónito que los gorriones habían anidado en el alcorque del limonero. Entre los largos y flexibles tallos del corre-que-te-pillo, había varios nidos con polluelos de picos amarillos, que tenían abiertos de par en par, como si estuviesen esperando el maná del cielo.
Sus desmedrados cuerpecillos, con la cabeza apuntando hacia arriba, estaban propulsados por un rítmico movimiento de sube y baja que recordaba la sístole y la diástole del corazón.
Me quedé clavado en el suelo, contemplando a esas criaturas cubiertas a medias por una pelusa grisácea.
Mostraban una actitud exigente que no era de mi agrado. ¿Cómo unos seres tan pequeños y torpes, que agitaban patéticamente los muñones de sus alas, incapaces de revolotear o desplazarse, se atrevían a reclamar nada?
Un impulso cobró forma dentro de mí. Sería tan fácil cerrarles el pico, me dije mirando la manguera.
Su proceder inadecuado merecía un escarmiento. La idea de aplicarles un correctivo se impuso por sí sola.
Mientras más miraba a esos gurriatos bajo cuya piel se señalaban los huesecillos, menos me gustaban. Quizá la sencilla solución sería dejar de mirarlos.
Pero no puedo. Me tienen fascinado.
Un pensamiento surge en mi cabeza como la explicación definitiva a tanta desfachatez: se creen con derecho a la vida.
Y yo sigo allí, convertido en estatua de sal, sintiendo cómo se intensifica el impulso.
¿Qué pasaría si enchufase la manguera? Nadie se enteraría.
Esa tentación me produce embriaguez. No obstante, algo me impide perpetrar la escabechina. Quizá la resistencia a tener que recoger los pequeños cadáveres y tirarlos en un rincón apartado.
¿Qué hacer entonces?
Ya lo tengo: meterlos en cajas de cartón con las tapaderas agujereadas para que puedan respirar.
Serán mis prisioneros. Por mucho que se desgañiten piando, les daré de comer y beber una vez al día. Eso es suficiente, según he oído decir a las personas mayores.
Y que se den por contentos porque les estoy perdonando la vida.

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