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Posts Tagged ‘autoindulgencia’

III

“En relación con este tema se encuentra esa cuestión tan contradictoria del autoperdón, puesto que el perdón es, por definición, una gracia que te concede otra persona. De lo que se trata, hablando con propiedad, es de autoindulgencia. Todas mis debilidades y faltas son merecedoras de comprensión. Y si los demás no las aceptan, las critican o les importan un comino, yo mismo me encargaré de valorizarlas.

¿Qué otra cosa es el autoperdón sino el afianzamiento en el inmovilismo? El autoperdón es la negación de cualquier posibilidad de cambio. La metanoia queda descartada. Yo peco y yo me perdono cuantas veces sean necesarias.

“Para volver a las andadas una y otra vez, para mantenerse en sus trece, se tiene que ser comprensivo consigo mismo. Se admitirán algunos fallos pero minimizándolos o justificándolos. Esa actitud permisiva sólo conduce a la soberbia pero no al conocimiento derivado del aprendizaje de los propios errores.

“Si el objetivo es ser más ecuánime, más honesto, ese no es el camino. El autoperdón no es más que una treta para hacer su santa voluntad. Y así “ad aeternum”.

“Hay gente a la que se le llena la boca con la palabra “perdón” porque queda bonito, pero su comportamiento desmiente de tal forma su discurso que no puedo dejar de recordar que somos lo que hacemos.

“Perdón es una palabra de origen religioso que es utilizada profusamente en otros ámbitos porque concede a quien la pronuncia una prestigiosa impronta moral. Y esa aura es un bien codiciado en esta correcta sociedad en la que la impostura es moneda corriente.

“Pero el perdón no es una serie de fonemas que cualquiera puede emitir a voluntad, atendiendo a sus intereses, sino un don divino o una conquista tras una ardua lucha, tras recorrer una larga senda. El perdón está reservado a los benditos.

“En el día a día bastante tenemos con no caer en las garras del mal, con no dejarnos arrastrar por los demonios y engrosar sus filas. Bastante tenemos con no devolver ojo por ojo y diente por diente, porque esa tentación es grande, con no convertirnos en un eslabón de esa cadena infernal. Bastante tenemos con distanciarnos y olvidar”.

Aunque ignore cómo, insisto en que uno puede perdonar no de boquilla sino de corazón, no haciendo el paripé o forzándose a ello para tener buen cartel sino por auténtica compasión.

Y añado: “Estoy de acuerdo contigo en que perdonar no consiste en decir “te perdono” como quien dice “pelillos a la mar”. O sea, como quien se aviene a una componenda más o menos sincera, normalmente para salir de paso o para evitar que la convivencia se resienta demasiado. El perdón, sin duda, es algo más profundo, algo que hunde sus raíces en la divinidad, que participa de un poder ultramundano”.

 

 

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