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Posts Tagged ‘bichos’

                                          V
A Javier le pareció que la claridad diurna se apagaba más aprisa. Salió fuera y contempló cómo la oscuridad se tragaba los árboles y el cauce por donde corría el Tremedal. Las densas sombras fueron invadiendo los bancales de hortalizas y cercando la casa, que destacaba como único núcleo luminoso.
Pensó absurdamente que la noche manifestaba un acuciante deseo de apoderarse del mundo.
El tiempo había empeorado. Empezó a lloviznar, pero esas pocas gotas no lo decidieron a entrar en la casa.
Permaneció bajo la parra recién podada, sintiendo el agua en el rostro, hasta que arreció y tuvo que refugiarse para no acabar empapado.
Cerró la puerta y echó el cerrojo. Se quedó mirando la habitación en la que pasaría la mayor parte del tiempo, donde trabajaría, comería, leería, escribiría…
Se quedó allí un rato, oyendo el repiqueteo de la lluvia cada vez más sonoro, en un estado de ánimo difícil de precisar.
La naturaleza muerta estaba en el testero de en frente, a la izquierda de la chimenea. Era lo primero que se descubría al entrar. Álvarez, cuando la vio un día que vino a hablar con Javier de la explotación y cuidado de la huerta, se paró en seco e hizo un gesto con la cara que evidenciaba su rechazo. “¿No te gusta?” le preguntó Javier. “Me gustan las pinturas más alegres” respondió.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Javier. La palmatoria del cuadro, que reposaba sobre dos viejos infolios, se había encendido. Una llamita parpadeante coronaba el cabo de vela casi consumido, cuyos chorreones solidificados bajaban hasta el platillo.
A Javier se le puso la carne de gallina cuando observó cómo la calavera, colocada de medio perfil sobre el paño de terciopelo escarlata, cambiaba de posición. Giró lentamente hasta enfilar con sus cuencas vacías, con esos profundos cuévanos que los arcos superciliares aureolaban de malignidad, al aterrado espectador.
La mirada de esos dos agujeros descarnados que por momentos parecían agrandarse, anonadó a Javier.
La nariz corroída por el tiempo, las apretadas mandíbulas en las que no faltaba un diente, el abovedado hueso frontal quedaron anulados. Sólo existían esos dos pozos o túneles que se perdían en la negrura de una sima insondable.
Haciendo un esfuerzo, Javier se sustrajo a la atracción de ese abismo. Comprobó que el reloj de arena, situado a la izquierda del cráneo, que ocupaba el centro de la composición, funcionaba.
Un silencioso chorrito caía de la ampolla superior a la inferior, donde empezó a formarse un montículo que fue ganando altura.
Tragando saliva, Javier advirtió que algo bullía en el interior de la calavera. A través de las órbitas percibió movimientos, remolinos, cambios de densidad de las tinieblas.
Por las cuencas, una tras otra, empezaron a salir libélulas de alas largas y estrechas, cuya cabeza era una reproducción de la calavera. Revoloteaban sin posarse en ningún sitio, dejando tras ellas un rastro fosforescente amarillento, anaranjado, rojizo.
A estos insectos sucedieron enjambres de rechonchas y marrones polillas, tras los que salieron bandadas de escarabajos negros y verdes de brillo metálico, con pinzas y cuernos. Luego aparecieron unos caracoles con antenas provistas de ojos incoloros e inquisidores. Estos moluscos, reptando por los pómulos y las mandíbulas de la calavera, bajaron primero al tapete de terciopelo y luego, en fila india por las patas de la mesa, al suelo, donde se desparramaron husmeando por todos los rincones.
Javier se dijo que estaba sufriendo una alucinación. Esos bichos no eran reales. Ninguno lo había rozado. Aunque él no estaba dispuesto a alargar la mano para tocarlos y comprobar su autenticidad, concluyó que ese ajetreo infernal era un espejismo. Algo que había comido le había sentado mal. Un desarreglo orgánico era, sin duda, la causa de esas delirantes percepciones.
Los caracoles se habían ido congregando a su alrededor, con sus acuosos ojos fijos en él. Las libélulas le dirigían muecas malévolas. Unas y otros parecían burlarse de su intento de encontrar una explicación coherente.
De las cuencas de la calavera seguían saliendo sabandijas peludas, aladas, de colores biliosos, con trompas, crestas, coseletes, cascos, enhiestos aguijones. Volando, arrastrándose, saltando, invadían el suelo, el techo, las paredes, el aire, entremezclándose, multiplicándose exponencialmente, convirtiendo la habitación en una ciudad superpoblada en la que pronto no cabría un alfiler.
Enterrado en ese maremágnum, Javier sintió que se asfixiaba. Esa proliferación de bichos cada vez más densa no sólo le estaba robando el oxígeno, sino que lo estaba hundiendo en esa oscuridad ultraterrena, en esa inconcebible nada de la que habían surgido.
Para repeler a ese ejército maligno se necesitaba una fe de la que él carecía. Pero si no podía derrotarlo, al menos moriría luchando. Su tambaleante cordura le estaba dictando una acción desesperada.
Cerró los ojos y, atravesando ese muro bullente, ese hervidero espeso, esa zoología demoniaca, se dirigió al cuadro. Lo descolgó. Volvió sobre sus pasos y descorrió el cerrojo. Abrió la puerta y tiró el bodegón lo más lejos que pudo.

 

 

 

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                                     6
Todos los bichos despertaban mi curiosidad. Esta afición fue una fuente de problemas para mí, pues a mi madre la horrorizaba cualquier animalejo con menos de veinte centímetros de largo, que es la longitud aproximada de una lagartija común.
Para su desesperación, uno de mis pasatiempos favoritos consistía en desenterrar lombrices, que mi madre me obligaba a despachurrar con el cuento de que eran dañinas para sus flores.
En el huertecillo, me dedicaba a levantar piedras para ver lo que había debajo. Normalmente encontraba cochinillas que, en cuanto las tocaba, se convertían en bolas de color gris, con las cuales me llenaba los bolsillos.
Lo malo era que, una vez en casa, se desenrollaban y trataban de recuperar su libertad.
Prefiero pasar por alto la reacción de mi madre cuando descubría estos intentos de evasión.
También cazaba saltamontes, escarabajos cornudos, negros como el azabache, y hermosas mariquitas de color naranja. E incluso escorpiones, que encerraba en un bote de cristal con la tapa agujereada.

                                                             7
A Agustina le dio un soponcio. Se puso blanca como la pared y, a pesar de agarrarse a los barrotes de la cancela, cayó redonda.
La reanimaron con agua fresca. Poco a poco volvió en sí y, más muerta que viva, la llevaron a su casa.
En vista de que le seguían temblando las piernas y la voz, alguien propuso llamar a un médico. Agustina se opuso y sólo permitió que le preparasen una tila.
También se negó a que avisaran a su marido. Hijos no tenía.
A las vecinas no les pareció bien dejarla sola en ese estado de choque, por lo que una de ellas se ofreció a hacerle compañía.
Agustina, que era muy suya, se resistió alegando que se encontraba mejor. Pero como nadie gana en tozudez a un grupo de comadres decididas a realizar una buena acción, tuvo que transigir.

                                                              8
Francisco, el marido de Agustina, estuvo a punto de soltar una carcajada cuando le contaron lo ocurrido. Las severas miradas que le dirigieron su mujer y la vecina, lo disuadieron de tomar a broma ese lance.
Fue el único que intercedió por nosotros, aunque sus buenos oficios no impidieron que nos librásemos del castigo. Ni siquiera consiguieron atenuarlo.
La amistad entre Rafaelito y yo se fue al traste. Según sus padres, yo no era una compañía recomendable. Los míos opinaban lo contrario.
Nuestras correrías en común pasaron a la historia.
Cuando nos cruzábamos por la calle, nos mirábamos de reojo e incluso esbozábamos una sonrisa, pero no nos hablábamos.
Por separado, nuestros padres nos obligaron a ir a casa de Agustina a pedirle perdón y a prometerle que nunca más cometeríamos una fechoría semejante ni con ella ni con nadie.
Agustina, que había recobrado el color y la firmeza en las piernas, se mostró seria y dolida durante toda la entrevista.
De mí, tras aceptar mis disculpas, se despidió dándome un pescozón al tiempo que decía:
−Anda que Dios te lo manda.

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