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EPÍLOGO

Una tarde en que estaba en el cobertizo de las perdices, se le ocurrió la idea. Fue en busca de Juan Riego y le comunicó su proyecto. El hombre se limitó a preguntar: “¿Para cuándo eso?” “Para mañana”.

-o-   -o-   -o-

El pájaro, excitado, no cantaba sino que vociferaba denigrando al otro que tampoco se mordía la lengua.

De una encina cercana, en rápido vuelo, vino a posarse delante de la jaula un macho que, enarcando las alas y sacando los espolones, miraba torvamente al reclamo en absoluto intimidado.

En el puesto doña Rafaela contenía el aliento, hipnotizada por la escena que se desarrollaba ante sus ojos.

Ambos pájaros seguían injuriándose y haciendo alardes de fuerza para amilanar al contrario.

Faltaba poco para que los contendientes pasasen de las fanfarronadas a los picotazos al objeto de dilucidar una cuestión que no admitía demora.

El pájaro libre, exhibiéndose a una distancia prudencial, arrastraba las alas por el suelo.

Uno y otro, nerviosos, se aprestaban para el combate definitivo. La última baza iba a ser jugada.

Doña Rafaela, que seguía con el punto de mira las evoluciones guerreras de la perdiz, disparó y un estampido puso fin a la pantomima.

La Diana de esa espesura respiró aliviada. Sus músculos se distendieron. Una gran satisfacción la invadió.

Antes de que el retumbo se apagase del todo, el reclamo asomó la cabeza por entre los alambres y rezó un responso a su rival agujereado.

Al poco rato fue la hembra la que se enfrentó al intruso que había hollado sus dominios.

Y otra vez se repitió el mismo ritual coronado por mortífera perdigonada.

La infeliz pareja yacía en la tierra para regocijo del reclamo que, aun sin saber cómo lo había conseguido, se consideraba el vencedor del torneo.

El madrugón, el cansancio, la humedad hicieron mella en el ánimo de la cazadora que abrió la escopeta sin descargarla y salió del puesto con las piernas engarrotadas. Ensartó las piezas cobradas en los ganchos, enfundó la jaula y, ajustándosela en la espalda, emprendió el camino de vuelta.

A la altura del brezal que se extendía por la ladera del cerro desarbolado, empezó a gotear. Aligeró el paso doña Rafaela pero no le dio tiempo siquiera de alcanzar la vereda cuando las nubes se deshicieron en agua, invalidando el apresuramiento.

Como pudo, protegió de la lluvia la escopeta y se resignó a coger la mayor mojada de su vida.

El chaparrón que tan furiosamente se había desatado, cesó de buenas a primeras. Pero se veía a las claras, dado lo oscuro del cielo, que ese aguacero sólo era la avanzadilla de la borrasca.

Iba doña Rafaela sorteando los charcos cuando su desarrollado instinto venatorio la alertó. Algo se había movido entre los arbustos. Cerró la escopeta. Avistó un conejo.

El plúmbeo silencio que antecede a la tormenta, quedó hecho trizas por un certero disparo que volteó al roedor en plena carrera.

Doña Rafaela fue a buscar al animal cuyo corazón palpitaba todavía. Con el cuerpo caliente en las manos, la asaltó la duda de si debía hundir su cuchillo en la garganta de la víctima para acortar su agonía, o si debía dejar que expirase ella sola.

De la bóveda encapotada empezaron a caer nuevos goterones que zanjaron esa cuestión. Doña Rafaela degolló al montaraz mamífero, esperando lo justo para que se desangrara.

Arreciaba la lluvia. Anduvo un trecho por el camino, luego se internó en la espesura y escaló la empinada vertiente de un cerro cubierto de apretada vegetación.

Sólo las encinas de disperso follaje ofrecían un dudoso cobijo, sin contar el peligro, no por improbable menos real, de un rayo atraído por el árbol.

Desde la cima del cerro vio la casita tras una cerca de piedras medio derruida.

Esa casita era un refugio de cazadores que conocía doña Rafaela por haber estado en ella con su tío. Ignoraba si la puerta estaba cerrada con llave o no, pero, habida cuenta de la lejanía del cortijo, más le convenía probar suerte.

Bajó hasta la vaguada y remontó la elevación contigua. Iba con la ropa empapada, los pelos pegados a la frente, la escopeta al hombro, las dos perdices y el conejo colgados de la cintura.

Al llegar a la casita se llevó la sorpresa de que no sólo la puerta estaba abierta, sino de que había dos hombres dentro.

Le parecieron dos presidiarios escapados de un penal. Pronto comprendió que se trataba de dos carboneros de tiznadas caras.

Lo inesperado e insólito del encuentro dejó con la lengua trabada a la mujer, de pie en el umbral, y a los hombres, sentados en banquillos junto a la mesa.

Fue doña Rafaela la primera en reaccionar. Dando los buenos días entró. Los carboneros se levantaron ceremoniosamente, como si fueran a hacerle los honores.

Doña Rafaela, por cortesía y por entablar diálogo, se identificó. Gozaba ya de notoriedad en Las Hilandarias. Aparte de eso, los dos hombres trabajaban en su propiedad.

Uno de ellos encendió un fuego en la chimenea con la leña apilada en un rincón. El otro se ofreció a ir al cortijo para comunicar el paradero de la señora.

Antes de que doña Rafaela rechazara esa propuesta, el carbonero se puso el capote y partió. En el vano de la puerta se detuvo un momento, arrebujándose en la prenda. Luego se aventuró decididamente en el aguacero que creaba veloces torrentes.

La mujer se acercó a las llamas y extendió las manos. Al poco rato su ropa empezó a desprender vapor. Manteniéndose cerca del fuego, se dio la vuelta para secarse por detrás.

El otro carbonero estaba recostado en el quicio de la puerta. Se había alejado de la chimenea cuando doña Rafaela se acercó. Parecía abstraído en la contemplación de la lluvia.

Sobre la tosca mesa de madera, la escopeta abierta, la canana, el reclamo enfundado, las dos perdices y el conejo componían una engañosa naturaleza muerta.

 

 

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                                          V
A Javier le pareció que la claridad diurna se apagaba más aprisa. Salió fuera y contempló cómo la oscuridad se tragaba los árboles y el cauce por donde corría el Tremedal. Las densas sombras fueron invadiendo los bancales de hortalizas y cercando la casa, que destacaba como único núcleo luminoso.
Pensó absurdamente que la noche manifestaba un acuciante deseo de apoderarse del mundo.
El tiempo había empeorado. Empezó a lloviznar, pero esas pocas gotas no lo decidieron a entrar en la casa.
Permaneció bajo la parra recién podada, sintiendo el agua en el rostro, hasta que arreció y tuvo que refugiarse para no acabar empapado.
Cerró la puerta y echó el cerrojo. Se quedó mirando la habitación en la que pasaría la mayor parte del tiempo, donde trabajaría, comería, leería, escribiría…
Se quedó allí un rato, oyendo el repiqueteo de la lluvia cada vez más sonoro, en un estado de ánimo difícil de precisar.
La naturaleza muerta estaba en el testero de en frente, a la izquierda de la chimenea. Era lo primero que se descubría al entrar. Álvarez, cuando la vio un día que vino a hablar con Javier de la explotación y cuidado de la huerta, se paró en seco e hizo un gesto con la cara que evidenciaba su rechazo. “¿No te gusta?” le preguntó Javier. “Me gustan las pinturas más alegres” respondió.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Javier. La palmatoria del cuadro, que reposaba sobre dos viejos infolios, se había encendido. Una llamita parpadeante coronaba el cabo de vela casi consumido, cuyos chorreones solidificados bajaban hasta el platillo.
A Javier se le puso la carne de gallina cuando observó cómo la calavera, colocada de medio perfil sobre el paño de terciopelo escarlata, cambiaba de posición. Giró lentamente hasta enfilar con sus cuencas vacías, con esos profundos cuévanos que los arcos superciliares aureolaban de malignidad, al aterrado espectador.
La mirada de esos dos agujeros descarnados que por momentos parecían agrandarse, anonadó a Javier.
La nariz corroída por el tiempo, las apretadas mandíbulas en las que no faltaba un diente, el abovedado hueso frontal quedaron anulados. Sólo existían esos dos pozos o túneles que se perdían en la negrura de una sima insondable.
Haciendo un esfuerzo, Javier se sustrajo a la atracción de ese abismo. Comprobó que el reloj de arena, situado a la izquierda del cráneo, que ocupaba el centro de la composición, funcionaba.
Un silencioso chorrito caía de la ampolla superior a la inferior, donde empezó a formarse un montículo que fue ganando altura.
Tragando saliva, Javier advirtió que algo bullía en el interior de la calavera. A través de las órbitas percibió movimientos, remolinos, cambios de densidad de las tinieblas.
Por las cuencas, una tras otra, empezaron a salir libélulas de alas largas y estrechas, cuya cabeza era una reproducción de la calavera. Revoloteaban sin posarse en ningún sitio, dejando tras ellas un rastro fosforescente amarillento, anaranjado, rojizo.
A estos insectos sucedieron enjambres de rechonchas y marrones polillas, tras los que salieron bandadas de escarabajos negros y verdes de brillo metálico, con pinzas y cuernos. Luego aparecieron unos caracoles con antenas provistas de ojos incoloros e inquisidores. Estos moluscos, reptando por los pómulos y las mandíbulas de la calavera, bajaron primero al tapete de terciopelo y luego, en fila india por las patas de la mesa, al suelo, donde se desparramaron husmeando por todos los rincones.
Javier se dijo que estaba sufriendo una alucinación. Esos bichos no eran reales. Ninguno lo había rozado. Aunque él no estaba dispuesto a alargar la mano para tocarlos y comprobar su autenticidad, concluyó que ese ajetreo infernal era un espejismo. Algo que había comido le había sentado mal. Un desarreglo orgánico era, sin duda, la causa de esas delirantes percepciones.
Los caracoles se habían ido congregando a su alrededor, con sus acuosos ojos fijos en él. Las libélulas le dirigían muecas malévolas. Unas y otros parecían burlarse de su intento de encontrar una explicación coherente.
De las cuencas de la calavera seguían saliendo sabandijas peludas, aladas, de colores biliosos, con trompas, crestas, coseletes, cascos, enhiestos aguijones. Volando, arrastrándose, saltando, invadían el suelo, el techo, las paredes, el aire, entremezclándose, multiplicándose exponencialmente, convirtiendo la habitación en una ciudad superpoblada en la que pronto no cabría un alfiler.
Enterrado en ese maremágnum, Javier sintió que se asfixiaba. Esa proliferación de bichos cada vez más densa no sólo le estaba robando el oxígeno, sino que lo estaba hundiendo en esa oscuridad ultraterrena, en esa inconcebible nada de la que habían surgido.
Para repeler a ese ejército maligno se necesitaba una fe de la que él carecía. Pero si no podía derrotarlo, al menos moriría luchando. Su tambaleante cordura le estaba dictando una acción desesperada.
Cerró los ojos y, atravesando ese muro bullente, ese hervidero espeso, esa zoología demoniaca, se dirigió al cuadro. Lo descolgó. Volvió sobre sus pasos y descorrió el cerrojo. Abrió la puerta y tiró el bodegón lo más lejos que pudo.

 

 

 

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                                            I
El cansancio acumulado tocó techo. El vaso rebosó. “Hasta aquí hemos llegado” se dijo.
Miró el lema que había colocado en un lugar bien visible, y pensó que había llegado la hora de coger la cartulina, donde había escrito la máxima con tinta china de color negro, y tirarla.
La máxima que había presidido sus días y que había regido sus actos, había ido a buscarla en un maestro estoico, en Epicteto.
“Sustine et abstine”. Pertrechado con este pensamiento había decidido hacer frente a los avatares de la vida, a las peripecias del destino, a las tribulaciones, a los contratiempos, al inevitable desgaste cotidiano.
Descubrió, no de pronto, sino paulatinamente, sin proponérselo, que esa filosofía no era la suya, que no le interesaba ni le servía. Decidió dar un paso más, aunque no tenía claro si con la intención de sobrepasar esa doctrina y profundizar más en la tierra incógnita que es el ser humano, o si con la de regresar a la inconsciencia de un hedonismo existencial que él sabía reñido con su carácter.
Ciertamente no había en él un espíritu de voluptuosidad. Sin sentirse un asceta, la soledad le atraía. O, para ser exacto, le atraía vivir apartado de sus semejantes, cuyo trato se le hacía cada vez más penoso, provocándole a menudo un disgusto que, como carecía de aptitudes escénicas, no podía disimular.
No veía ningún motivo para perder su tiempo en conversaciones banales o en otros intercambios sociales igualmente lesivos. Cuando se preguntaba por qué se seguía prestando a ese juego, no había respuesta sino rebelión.
Si se trataba de ocupar el tiempo, prefería hacerlo a su manera, en función de sus propios intereses, invirtiéndolo en actividades que le reportasen satisfacción o tranquilidad. O en nada, en el caso de que fuera capaz de dedicarse a la mera contemplación.
El objetivo era liberarse de la insustancialidad y de la ofuscación de la vida en sociedad. Éstos eran los rasgos que, según él, la caracterizaban. No más reuniones ni encuentros de los que volvía irritado o jaquecoso. Se había hartado de soportar y, puesto que ya se abstenía cada vez menos y reaccionaba de una u otra manera, también de intervenir impulsado por un prurito de hacer valer su opinión.
Cuando dejó el piso para irse a vivir a la huerta que había comprado en Las Hilandarias, se llevó con él, aparte de sus dos ordenadores, sus libros, sus ropas y sus pertenencias personales, un solo objeto: el cuadro que colgaba en una de las paredes de su despacho. Una naturaleza muerta cuyo principal elemento era una calavera que imantaba la mirada, como si su descarnada forma fuese la materialización de un misterioso ideal de belleza, como si ella sola ocupase la mesa cubierta por un paño de terciopelo granate.
Este recordatorio de la vanidad humana, obra de un maestro flamenco anónimo, lo ayudaba a centrarse, a recuperar el equilibrio, a serenarse.

Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo.

II
Llegó a pensar que tal vez no fuese una buena idea llevarse una pintura tan lúgubre a un lugar tan solitario, donde además suponía no le sería necesaria. Allí estaría en contacto con la naturaleza viva, de efectos benéficos similares o superiores.
Hubo momentos en que dudó, en que consideró un error decorar la casita de la huerta, tan luminosa, enclavada a orillas del río Tremedal, con ese lienzo que ni siquiera era original.
Pero desechó sus reparos argumentando que, por contraste con el entorno, el cuadro podía adquirir nuevos significados. Incluso le pareció una travesura. Una broma que se gastaba a sí mismo.
Él iba al encuentro de su propia naturaleza, la que había aflorado en su infancia, y que más tarde había arrinconado, ignorado o ajustado a las expectativas sociales.
Aparte de su trabajo de programador informático que seguiría realizando desde la huerta, la lectura sería su principal actividad.
De hecho, los libros tenían para él más peso que la propia realidad, eran un mundo en que se sentía a gusto, pues le permitían la suficiente distanciación para sopesar y comprender los pros y los contras de las acciones humanas, de suyo tan impredecibles y contradictorias.
Un buen libro, qué duda cabía, era preferible a una conversación anodina. El primero dejaba tras sí una estela de satisfacción, un regusto placentero, la certidumbre de un aporte de sabiduría, mientras que la segunda, si no caía inmediatamente en el olvido, quedaba flotando como una nube de humo acre.
Los diálogos imaginarios con los autores habían ido desplazando a los diálogos de sordos que normalmente se entablan con los demás, sobre todo, como tenía comprobado, con los supuestos amigos y con la familia.
La autenticidad de la lectura era superior a la de las otras parcelas del mundo real.
A esta ocupación había que sumar los sueños. La lectura era la tierra de la que brotaban por encanto, era su caldo de cultivo. Leer y soñar eran actividades inextricablemente unidas, superpuestas, imbricadas como las tejas de un tejado. Leer y soñar eran vasos comunicantes que se alimentaban recíprocamente.
Un libro era una ocasión de soñar de la misma forma que un sueño abocaba a un bosquejo mental, el cual podía ser el embrión de otro libro o de cualquier otro proyecto.
Ésta fue otra de las razones de su retiro. En su interior, espontáneamente, había ido cobrando forma el deseo de escribir, de pergeñar su propio universo. Como les había ocurrido a tantos antes y les seguiría ocurriendo después que a él, quiso dejar constancia por escrito de lo que bullía en su cabeza y en su corazón. Quiso modelar sus sueños, trazar los planos de las ciudades que se perfilaban en su horizonte mental.

III
Antes de que se produjera el asalto a la casa de la huerta, Javier había entrevisto en el piso de Sevilla una figura incorpórea al anochecer.
Se había explicado ese fenómeno como el resultado de la conjunción de la hora crepuscular, del cansancio y de las sombras que proyectaban los muebles. O sea, como un producto de su imaginación.
Cuando se acercaba a ese fantasma, éste se esfumaba. Cuando encendía la luz, no descubría nada.
No obstante, al regresar del trabajo, inspeccionaba el piso para comprobar que esa invención suya no lo estaba aguardando como una fiel esposa.
En los meses que precedieron a su instalación en la casa del río, durante los cuales estuvo ocupado reformándola y viajando a menudo al pueblo, esa silueta nebulosa desapareció por completo.
No era la primera vez que a Javier le ocurría esto. Recordaba episodios similares, en otros momentos y lugares, en los que había atisbado esa forma evanescente y blanquecina. Su racionalismo se apresuraba a etiquetarla de imagen intrusa procedente del mundo de las supersticiones.
Ese fantasma de sábana ondulante y contorno impreciso, cuyo perfil en la oscuridad recordaba las líneas helicoidales de un chorreón de leche en una taza de café, se ocultaba pero regresaba siempre, como si estuviese empeñado en que le otorgasen carta de ciudadanía.
Pacientemente agazapado, ese espectro parecía a la espera de hacer valer sus derechos o de cobrar Dios sabe qué atrasos.

IV
Había tres huertas consecutivas. Fue la tercera, la que estaba más alejada, la que se adentraba más en el monte, la que tenía la casa más cerca de la orilla del río, cuyo murmullo se escuchaba como una apaciguadora música de fondo, fue ésa la que más le gustó y fue ésa precisamente la que estaba disponible.
La propiedad se adecuaba tanto a sus expectativas que cambió de idea y, tras sumar sus ahorros y el dinero que obtendría por la venta del piso, pensó en comprar en vez de alquilar.
No actuó con astucia, mostró excesivo interés. Álvarez, el dueño, percatándose de ello, jugó esa baza.
Javier creyó que el trato se cerraría pronto, pero recibió una llamada de teléfono de Álvarez, el cual le contó una historia en relación con el cariño que su mujer le tenía a la huerta, y la pena que le daba desprenderse de ella. Ladinamente afirmó que tal vez no vendería, que necesitaba reflexionar.
El resultado fue que el precio subió. Javier regateó alegando que la casa no se encontraba en buen estado, que para vivir en ella había que hacer arreglos y mejoras. Pero la pesadumbre de la mujer de Álvarez sólo se mitigaba, que no desaparecía porque eso era imposible, con un buen fajo de billetes.
Javier hizo nuevos cálculos y acabó pasando por el aro. En lugar de contratar a un albañil para que hiciera las reformas necesarias, él mismo las haría los fines de semana. Esta idea no le disgustaba, pero la habilitación de la casa llevaría más tiempo del previsto. Y aun así, para determinadas tareas, tendría que llamar a un obrero cualificado.
La casita, compuesta por una habitación central con chimenea, un dormitorio, una cocina alargada y estrecha con una puerta a la parte trasera, y un pequeño cuarto de baño, quedó tan acogedora que Javier dio por bien empleados el dinero y el trabajo invertidos en ella.
Se acercaba la hora del traslado y la noche de la inauguración, la primera noche formal que pasaría en la casa de la huerta. No era, por supuesto, la primera. Anteriormente, obligado por las circunstancias, se había quedado a dormir en medio de las herramientas, los sacos de cemento y la suciedad que conllevan las obras. Pero esas noches no contaban. Esas noches eran prolongaciones de su jornada laboral y acababa tan cansado que cerraba los ojos en cuanto se echaba en la cama.
El cuatro de noviembre, aspirando el olor a tierra mojada tras las recientes lluvias, Javier recorrió el camino que discurría entre olivos, y del que partía otro en declive hasta la huerta.
Bajó la cuesta, se detuvo ante la cancela y la abrió. Una vez dentro, volvió a cerrarla corriendo el cerrojo y echando el candado.
Aparcó el coche en el rellano que había al lado de la casa, junto a las pitas de las que emergía un alto bohordo, un estilizado candelabro vegetal de numerosos brazos.
Las tardes otoñales eran cortas y ésta lo sería más, pues el cielo estaba nublado. De vez en cuando caían cuatro gotas. La noche, que tan profunda era en el monte, prometía ser lluviosa y negra como la tinta.
Para la cena había traído una botella de rioja que descorcharía para celebrar el estreno de la casa. Un tinto de color cereza y destellos de rubí con el que brindaría por su nueva vida.

V
A Javier le pareció que la claridad diurna se apagaba más aprisa. Salió fuera y contempló cómo la oscuridad se tragaba los árboles y el cauce por donde corría el Tremedal. Las densas sombras fueron invadiendo los bancales de hortalizas y cercando la casa, que destacaba como único núcleo luminoso.
Pensó absurdamente que la noche manifestaba un acuciante deseo de apoderarse del mundo.
El tiempo había empeorado. Empezó a lloviznar, pero esas pocas gotas no lo decidieron a entrar en la casa.
Permaneció bajo la parra recién podada, sintiendo el agua en el rostro, hasta que arreció y tuvo que refugiarse para no acabar empapado.
Cerró la puerta y echó el cerrojo. Se quedó mirando la habitación en la que pasaría la mayor parte del tiempo, donde trabajaría, comería, leería, escribiría…
Se quedó allí un rato, oyendo el repiqueteo de la lluvia cada vez más sonoro, en un estado de ánimo difícil de precisar.
La naturaleza muerta estaba en el testero de en frente, a la izquierda de la chimenea. Era lo primero que se descubría al entrar. Álvarez, cuando la vio un día que vino a hablar con Javier de la explotación y cuidado de la huerta, se paró en seco e hizo un gesto con la cara que evidenciaba su rechazo. “¿No te gusta?” le preguntó Javier. “Me gustan las pinturas más alegres” respondió.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Javier. La palmatoria del cuadro, que reposaba sobre dos viejos infolios, se había encendido. Una llamita parpadeante coronaba el cabo de vela casi consumido, cuyos chorreones solidificados bajaban hasta el platillo.
A Javier se le puso la carne de gallina cuando observó cómo la calavera, colocada de medio perfil sobre el paño de terciopelo escarlata, cambiaba de posición. Giró lentamente hasta enfilar con sus cuencas vacías, con esos profundos cuévanos que los arcos superciliares aureolaban de malignidad, al aterrado espectador.
La mirada de esos dos agujeros descarnados que por momentos parecían agrandarse, anonadó a Javier.
La nariz corroída por el tiempo, las apretadas mandíbulas en las que no faltaba un diente, el abovedado hueso frontal quedaron anulados. Sólo existían esos dos pozos o túneles que se perdían en la negrura de una sima insondable.
Haciendo un esfuerzo, Javier se sustrajo a la atracción de ese abismo. Comprobó que el reloj de arena, situado a la izquierda del cráneo, que ocupaba el centro de la composición, funcionaba.
Un silencioso chorrito caía de la ampolla superior a la inferior, donde empezó a formarse un montículo que fue ganando altura.
Tragando saliva, Javier advirtió que algo bullía en el interior de la calavera. A través de las órbitas percibió movimientos, remolinos, cambios de densidad de las tinieblas.
Por las cuencas, una tras otra, empezaron a salir libélulas de alas largas y estrechas, cuya cabeza era una reproducción de la calavera. Revoloteaban sin posarse en ningún sitio, dejando tras ellas un rastro fosforescente amarillento, anaranjado, rojizo.
A estos insectos sucedieron enjambres de rechonchas y marrones polillas, tras los que salieron bandadas de escarabajos negros y verdes de brillo metálico, con pinzas y cuernos. Luego aparecieron unos caracoles con antenas provistas de ojos incoloros e inquisidores. Estos moluscos, reptando por los pómulos y las mandíbulas de la calavera, bajaron primero al tapete de terciopelo y luego, en fila india por las patas de la mesa, al suelo, donde se desparramaron husmeando por todos los rincones.
Javier se dijo que estaba sufriendo una alucinación. Esos bichos no eran reales. Ninguno lo había rozado. Aunque él no estaba dispuesto a alargar la mano para tocarlos y comprobar su autenticidad, concluyó que ese ajetreo infernal era un espejismo. Algo que había comido le había sentado mal. Un desarreglo orgánico era, sin duda, la causa de esas delirantes percepciones.
Los caracoles se habían ido congregando a su alrededor, con sus acuosos ojos fijos en él. Las libélulas le dirigían muecas malévolas. Unas y otros parecían burlarse de su intento de encontrar una explicación coherente.
De las cuencas de la calavera seguían saliendo sabandijas peludas, aladas, de colores biliosos, con trompas, crestas, coseletes, cascos, enhiestos aguijones. Volando, arrastrándose, saltando, invadían el suelo, el techo, las paredes, el aire, entremezclándose, multiplicándose exponencialmente, convirtiendo la habitación en una ciudad superpoblada en la que pronto no cabría un alfiler.
Enterrado en ese maremágnum, Javier sintió que se asfixiaba. Esa proliferación de bichos cada vez más densa no sólo le estaba robando el oxígeno, sino que lo estaba hundiendo en esa oscuridad ultraterrena, en esa inconcebible nada de la que habían surgido.
Para repeler a ese ejército maligno se necesitaba una fe de la que él carecía. Pero si no podía derrotarlo, al menos moriría luchando. Su tambaleante cordura le estaba dictando una acción desesperada.
Cerró los ojos y, atravesando ese muro bullente, ese hervidero espeso, esa zoología demoniaca, se dirigió al cuadro. Lo descolgó. Volvió sobre sus pasos y descorrió el cerrojo. Abrió la puerta y tiró el bodegón lo más lejos que pudo.

VI
Todo había sido un espejismo, una broma macabra de su imaginación. Se había dejado asustar por ridículas visiones propiciadas por la fatiga mental o por una alteración orgánica.
Recordó que en el pueblo, donde él no había puesto los pies, había andancia. Álvarez le había comentado que el virus afectaba a las vías respiratorias o al aparato digestivo, provocando en ambos casos fiebres altas.
Y después estaba el desencadenante de ese lamentable episodio, ese dichoso cuadro que no tenía que haber traído, que tenía que haberse quedado en Sevilla, que tenía que haber vendido o regalado.
Vida nueva, decorado nuevo. Había sido una equivocación no deshacerse de ese elemento de su pasado que, en una reacción natural, hizo arrugar la nariz al ex propietario de la huerta.
Fue a beber agua a la cocina. Se le habían quitado las ganas de descorchar la botella de rioja. Pensó en preparase algo de comer. Algo ligero. No tenía hambre.
Abrió el frigorífico. Estaba dudando entre coger dos huevos para hacer una tortilla o el tetrabrik de caldo, cuando oyó arañazos en la puerta que daba a la parte trasera.
La madera crujía como si alguien la estuviese presionado, como si alguien quisiera entrar.
Se acercó a la ventana que había encima del fregadero. Se oyeron golpes en la puerta principal.
Apartó la cortina a cuadros azules y miró a través del cristal surcado de innumerables regueros de agua.
No vio nada. Acercó más la cara y, del otro lado, una enorme cabeza de perro hizo otro tanto, quedando ambas frente a frente. El animal aulló y, alzando una mano humana, señaló la puerta.
El gesto negativo de Javier, igual que su súbito retroceso, fue automático. El cinocéfalo enseñó los dientes en un largo gruñido. Luego empezó a ladrar cada vez más fuerte, como si le estuviese soltando una reprimenda al hombre.
Javier echó la cortina y regresó a la habitación de la chimenea, que tenía dos ventanas, una al emparrado y otra al camino.
Seguían aporreando la puerta. Agarrados a los barrotes de la reja vio a unos seres monstruosos que le hacían señas.
En la ventana de la izquierda había hombres con un solo ojo en la frente. En la otra, criaturas sin cabeza se peleaban con otras que tenían varios brazos para hacerse sitio.
Esas abominaciones cercaban la casa. Esos monstruos querían entrar. Sus golpes y gritos se superpusieron al ruido de la lluvia.
Javier no cedió. Al cabo de un buen rato se oyó de nuevo el sonsonete del agua.
Encendió la luz exterior y miró a través de la ventana. Junto a la puerta sólo quedaba un grupo de hombres con ojos en los hombros y la nariz y la boca en el pecho.
Tenían metidos los pies en un lodazal en el que poco a poco fueron disolviéndose.
Javier se dejó caer en el sillón, frente a la chimenea apagada. Ésta era su primera noche oficial en la casa de la huerta. Su primera noche de vida retirada y centrada en el trabajo, los libros y los paseos por el monte. De vida en la que las relaciones con los demás se reducirían al mínimo indispensable.
Prudentemente había acordado con Álvarez que siguiese explotando la huerta, a cambio de tenerla cuidada y de suministrar a Javier las frutas y verduras que le fueran necesarias. Su concepto de vida de ermitaño no incluía coger el azadón y el rastrillo.
Su primera noche había sido una caída en picado que socavaba los cimientos de sus facultades mentales. Esos sueños aterradores, esas alucinaciones, lo llevaron a preguntarse si podría resistir.
Pasó el resto de la noche en vela, sentado en el sillón, con el temor de sufrir un nuevo ataque.
Cuando las grises luces de un cielo encapotado anunciaron un nuevo día, Javier se levantó y abrió la puerta. El suelo de ladrillos estaba limpio, baldeado a conciencia por la intensa lluvia.
La noche se diluía en un amanecer brumoso, perfilándose un mundo de colores apagados, un mundo confuso, carente de nitidez y límites.
Fue al cuarto de baño. Antes de enjuagarse la cara, se miró en el espejo que le reflejó sus ojos enrojecidos, su palidez, su cansancio.

 

 

 

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