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Posts Tagged ‘caminatas’

II

El desencanto no vino de golpe. Un día fue una cosa y otro día otra. Mis expectativas se trocaron en desprecio. Mis ilusiones en rencorosos proyectos. Pero tú seguías siendo un imán.

Al principio no me percaté del cambio que se estaba operando. Del sobresalto en que vivía pasé a una frialdad que a mí mismo me asombraba. De recorrer calles y plazas como un poseso pasé a refugiarme en un bar alejado del centro. De rondarte cuando ibas a la tienda, a la farmacia o a casa de tu tía pasé a eclipsarme completamente.

Por arte de magia mis nervios se apaciguaron, mis músculos se distendieron, mi mente se aclaró. Algo, cuyo nombre ignoraba aún, había venido de extranjis a sustituir el afecto y la admiración que me inspirabas. Quizá la voz de una conciencia aherrojada, sin poder durante mucho tiempo, había empezado a afianzarse.

Y esa voz me repetía: “Estás equivocado”.

Entré en crisis. Toda una escala de valores se derrumbó, se reveló inservible, se convirtió en un caparazón que me impedía el movimiento.

Una incontrolable agresividad se desató dentro de mí. Me alejé del trato con los demás. Me encerré en el mayor de los mutismos. Me fui a una casita en el campo, propiedad de mi padre, que utilizaban los cazadores cuando iban de montería.

Largas caminatas fue la medicina que me administré a grandes dosis, cayendo rendido por la noche en el camastro que me había preparado.

Me levantaba con los primeros rayos de sol. Una nueva jornada, que vencía por medio del cansancio, se extendía ante mí.

A pesar de las apariencias no soy una persona calculadora ni metódica.

No me fui al campo para madurar ningún plan sino para desfogar.

La intuición juega en mí un papel más importante que los propósitos y los razonamientos. Si no subyaciera una predisposición para realizar una tarea, mi fuerza de voluntad sólo sería una marioneta sin hilos.

Podrás motejarme de lo que quieras, pero harías mal acusándome de cometer mis delitos con alevosía y premeditación. Puedo ser un criminal, pero de la categoría de los descerebrados, de los que empuñan un cuchillo de cocina porque es lo primero que encuentran, y apuñalan ciegamente a su víctima.

 

 

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