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Rafael de Sayago

Se nos acerca un antiguo conocido, mayor que nosotros. “Mucho mayor” precisaría Emma más tarde. Se acoda a nuestro lado y pide un vermut de la casa con un chorrito de sifón. Pregunta al camarero si no tiene una rodaja de naranja para la bebida. Como recibe una respuesta negativa, pide una de limón. Y por último unas aceitunas aliñadas. Luego se nos queda mirando con su melena leonina y su boca entreabierta en una sonrisita socarrona. “De superioridad” según Emma.

Porque él está de vuelta de todo. Ha corrido mundo y ha vivido el doble o el triple que cualquiera de nosotros dos. “Juntos” añade mi amiga. Tras escupir un hueso de aceituna en el orificio superior del puño que se acerca a la boca, y dejarlo escapar por el inferior justamente encima del platillo ad hoc con donosura de galán, declara: “Se os ve aburridos”.

Callados tendría que haber dicho. En efecto, lo estábamos desde antes que él traspusiera el umbral del establecimiento. Cuando no tenemos nada de qué hablar, permanecemos silenciosos sin sentirnos incómodos. De todas formas, pocas veces nos hallamos en esa tesitura. Emma tiene casi siempre tema de conversación. Y cuando no, ahí está el inagotable filón que es su cuñada, al que recurre gustosamente cuando deserta la inspiración.

Rafael de Sayago, que por supuesto no es su verdadero nombre sino el de guerra o, como él prefiere decir, el artístico, es un cómico en decadencia. Tuvo su momento, pero hace tantos años que ya nadie se acuerda. Ahora se dedica a la televisión, ya sean series cutres, programas arrabaleros o tertulias sesgadas y cañeras.

Él se presenta como actor y showman. En el barrio tiene sus admiradores. Pero hay también quien huye de él como de la peste porque, dada su dilatada experiencia en las tablas y en los platós, sabe dar la vara.

Dispuesto a animarnos la vida, nos hace una pregunta un tanto retórica: “¿Sabéis cómo eliminaba a mis adversarios?”.

Se vuelve al camarero, le pide otro vermut y añade: “A ellos ponles lo que estén bebiendo”.

“Con un camión”. Como le entra la risa floja, a punto está de engolliparse. Poniéndose bastante coloradote, logra expulsar el hueso a tiempo.

Respira hondo y prosigue: “Cuando iba por la carretera y alguien quería adelantarme, dejaba que se colocara a mi altura. Entonces aceleraba. El otro se picaba y hacía otro tanto. Con la única diferencia de que él iba por el carril de la izquierda y yo por el de la derecha.

“Si era lo suficientemente listo, acababa aminorando la velocidad y colocándose detrás de mí. Si era un gallito o un descerebrado y persistía en querer sobrepasarme, sólo era cuestión de esperar a que apareciese un coche de frente. La estupidez o la soberbia hizo que algunos colisionaran, y que otros se salieran de la carretera, quedando allí arrumbados hasta que la grúa los rescataba”.

Rafael de Sayago, histrión y bocazas, ríe y me da una palmadita en el hombro. Con Emma no se atreve. Cuando se va, mi amiga comenta: “Bonito método de eliminar a quien estorba” “Es una simple boutade” “Aunque lo fuera, la diafanidad de su intención no admite dudas” “Creo que exageras” “Y yo que te has caído de un guindo”.

 

 

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