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                              La ciudad

La temperatura ha bajado. El sol invernizo calienta poco. El picor del frío en la cara y en las manos tiene la virtud de incrementar la sensación de estar vivo. No hay rastro de nubes en el cielo. Jornada luminosa. Siempre hay escapatoria. La realidad tiene repliegues. Ofrece refugio. No es lisa y dura como un muro de cemento. Tiene recovecos. La ciudad es vertical y geométrica. Ciclámenes rojos y blancos. Naranjos. La realidad no es una superficie impenetrable con la que uno choca como una mosca contra un cristal.

El dependiente

Era dependiente en una tienda de ropa. Ése era el trabajo que había encontrado. Al principio no le gustaba, pero con el tiempo fue acostumbrándose. No era lo que había soñado. Él aspiraba a un empleo en una oficina, a ser posible en el centro de la ciudad, pero las circunstancias mandan y, mientras se presentaba la oportunidad de cambiar, más le valía mostrarse diligente.
Estaba en la sección de hogar. Se convirtió en un experto en mantas, edredones, sábanas y cortinas. Podía presumir de ser apreciado por la clientela, mujeres en su mayoría, para quienes la juventud y la buena presencia del joven eran un reclamo.
Había un obstáculo que se interponía en la consecución de su objetivo. Ante él se abría una hondonada que debía salvar para alcanzar ese centro urbano donde se realizaría como flamante oficinista, tal vez en la plaza de la Magdalena o en la del Duque. O mejor aún, en la plaza Nueva, en un despacho desde el que se viese el Ayuntamiento.
No cabían trampas ni atajos. Esa zanja inmensa y profunda, ese socavón lleno de extraños zumbidos, como si estuviese habitado por gigantescos insectos que no parasen de aletear, no podía franquearse directamente. Había que tener la paciencia de sortearlo con precaución.
Cuando iba a tomar un café, se paraba junto a uno de los naranjos y, cerrando los ojos, visualizaba un barranco y luego, sin solución de continuidad, una comarca plagada de cárcavas que se entrecruzaban y sucedían creando un paisaje onírico, lunar.
Daba entonces una última calada al cigarrillo, tiraba la colilla aplastándola con la punta del zapato y volvía a la tienda, donde ya lo esperaban dos clientas que querían ser atendidas por él.

 

 

 

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