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Querido Daniel

Sé que lo estás pasando mal después de tu divorcio y de la separación de tus hijos. Esta carta no tiene por objeto consolarte. Ahora mismo, en tus circunstancias, eso es difícil.
Quiero hablar de otro asunto. Porque algunos han escalado el Mont Blanc o cruzado a nado el canal de la Mancha, según se jactan, piensan que otros pueden hacer otro tanto entrenándose y poniendo empeño. Pero eso dista de ser verdad.
Si ellos han realizado esas proezas, felicitémoslos. Y a continuación olvidémonos de esos Indiana Jones y pongamos los pies en la tierra.
La mayoría de los seres humanos no es capaz de realizar esas heroicidades. Precisamente por su condición de “humanos”.
La necesidad que tenemos de los demás es otra consecuencia de esa condición.
Lo anterior implica la aceptación de fronteras cuyo trazado preciso es siempre problemático.
Hay límites que deben respetarse. Y tú, habiéndolos sobrepasado ampliamente, vagas por una tierra donde no te hallas a ti mismo. Estás sufriendo los mortíferos efectos de una sobreadaptación.
Hay precios que no deben pagarse. No voy a afirmar que por todo se paga en esta vida, pero pocas cosas salen gratis. La cuestión radica en saber si el importe es abusivo. En tu caso lo ha sido. Has gastado demasiado tiempo y demasiada energía inútilmente. El principio de realidad exige esa inversión. Otro capítulo es la cuantía. De insensatos es quedarse a ruche.
Sólo los santos lo dan todo, pero nosotros somos seres comunes sin aspiraciones celestiales ni montañeras.
Es necesario, pues, tomar precauciones, máxime cuando, por un exceso de sensibilidad, se está más expuesto a dilapidar su fortuna.
En este caso perder significa perderse. No saber quién es uno ni hacia dónde va. Si se ha caído en este vacío, la ayuda exterior es imperativa. Habrá quien rechace esta conclusión, sobre todo los alpinistas. Pero la naturaleza humana se caracteriza por su debilidad esencial aunque algunos se crean superhombres.
Cuando se ha ido demasiado lejos, se necesita una ayuda exterior para volver. Se necesita un guía, un acompañante, un experto.
Los amigos no sirven porque están situados a un nivel de igualdad. Hace falta alguien ajeno. Alguien que, situado a cierta altura, pueda tenderte una mano para ayudarte a salir del hoyo. Alguien que disponga de perspectiva.
Tal vez la imagen del hoyo no sea afortunada y habría que sustituirla por la de una trampa, por la de un cepo que aprisiona manos y pies.
No te dejes influir por los que piensan que es humillante ponerse en manos de otro, pedir ayuda, porque no lo es en absoluto.
Espero que la encuentres en forma de psiquiatra, psicólogo, psicoanalista, sacerdote, consejero o filósofo y logres reencauzar tu vida. Un abrazo.

 

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