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Posts Tagged ‘el tío Pedro’


Era una calle sin aceras, que acababa en una cuesta. De tarde en tarde la recorría una mujer con la cesta de la compra o un vecino apresurado.
Estos esporádicos transeúntes aparecían por un extremo y desaparecían por el otro o en el interior de una vivienda silenciosamente. Como si anduviesen por una mullida alfombra.
La calzada estaba dividida en dos franjas desiguales por la sombra que proyectaba la hilera de casas orientadas hacia el oeste. Una línea quebrada trazaba en el suelo el contorno de los tejados.
En la calle de paredes blanqueadas con esmero destacaba la casona de fachada sucia y llena de desconchados. En su base, se amontonaban la tierra y los caliches que el viento esparcía.
Entre las tejas, que desaguaban en un canalón enmohecido, crecía la hierba.
Quien pasaba por delante de esta casa solariega se quedaba mirando. Algunas mujeres suspiraban.
Tres ventanas de rejas salientes, una a cada lado de la puerta y otra más pequeña encima, todas de barrotes cuadrangulares sin adornos, se abrían en el muro de considerable espesor.
Las ventanas estaban provistas de celosías cuya madera conservaba restos de pintura. Los listones filtraban la claridad exterior, potenciada por los efectos reflectores del enjalbegado de la pared frontera, en la que incidían los rayos solares.
La habitación, con su mobiliario anticuado y su profundo silencio, era un remanso de paz.
El aspecto de la cama parecía indicar que su ocupante, al despertarse, había recordado un asunto importante y, tras comprobar la hora, se había levantado a toda prisa.
La sábana y la colcha colgaban a un lado. La almohada, con la funda arrugada, permanecía en su lugar.
Junto a una mesita cuya lámpara estaba encendida, había una butaca de amplio respaldo. En el suelo había papeles amarillentos escritos con tinta negra.
En la mesita había también legajos enrollados y un cuaderno con números y anotaciones.
Mejillas hundidas, ojos vidriosos, el tío Pedro reclinaba la cabeza sobre su hombro derecho. Los dedos de una mano rozaban las baldosas, donde descansaban sus pies desnudos y azules. Entre las zapatillas de felpa había una caja de cartón vacía.

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Los últimos años del tío Pedro nos eran más desconocidos que los correspondientes a su juventud y madurez.
Al decir de la abuela Julia, que desde la partición de bienes acumuló contra él un rencor inagotable, su cuñado había sido un centón de vicios.
Ella no acostumbraba a extenderse sobre este particular. Temerosa de sofocarse, prefería eludir el tema. Un individuo de su calaña no merecía que se perdiese el tiempo hablando de él. Un gesto de desprecio era su reacción si en su presencia alguien, por imprudencia o malicia, mencionaba un desatino del tío Pedro.
Con su hosquedad no pretendía desinteresar a los miembros más jóvenes de la familia. Pero una actitud tan visceral había creado en mí una expectativa apenas recompensada con sus frases lapidarias y sus fruncimientos de cejas.
La figura del tío Pedro fluctuaba entre dos extremos. Para unos había sido un gozador de la vida, que no había tolerado el mangoneo, haciendo siempre lo que le pedía el cuerpo.
Para otros, entre los que se contaban casi todos sus parientes cercanos, no había sido más que un tarambana. Un egoísta incapaz de asumir responsabilidades. Un derrochador.
Con el paso del tiempo ambas imágenes se convirtieron en estereotipos. De fervientes partidarios o detractores, el tío Pedro pasó a tener sosegados contertulios.
A esta transformación contribuyó sobre todo el paulatino fallecimiento de sus coetáneos, a los que sucedió una generación que sólo lo conocía de oídas.
La abuela Julia murió antes que su cuñado. Fue entonces cuando éste reanudó las relaciones con sus sobrinas.
A esa muerte se sumó también la de su tercera mujer. En estas circunstancias intentó un acercamiento sin recurrir a sus dotes persuasorias de probada eficacia ni a ninguna treta.
Sus amoríos, sus francachelas y sus partidas de cartas hasta el amanecer pertenecían al pasado. A nadie iba a seducir con su sonrisa. A nadie iba a castigar con la mirada. Su presencia inspiraba otros sentimientos.
Mi madre no le tenía simpatía. Cuando su tío hizo los primeros tanteos, ella fue de la opinión de que no había que dejarse engañar por sus tardías muestras de afecto. Un solo motivo lo impulsaba a actuar así: su penuria económica.
La imagen que tengo grabada del tío Pedro no concuerda con las anteriores.
Era un anciano que pasaba el rato contando historias y haciendo promesas. En cuanto aparecía mi padre, se ponía de pie y lo acompañaba al despacho, de donde salía guardándose la cartera en el bolsillo interior de la chaqueta.

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Una vecina vino a avisar a mis padres. La tenía extrañada el silencio en que estaba sumida la casona. No oía el crujido de las tablas del sobrado, por donde el tío Pedro había adquirido la costumbre de pasear de noche.
Había advertido también que los gatos se colaban tranquilamente en la vivienda. Ella sabía que el tío Pedro detestaba a esos felinos, a los que echaba sin contemplaciones, arrojándoles lo primero que encontraba a mano. De hecho, había desgraciado a unos cuantos.
Antes de decidirse a informar a mis progenitores, había golpeado repetidas veces la puerta con el aldabón en forma de mano ensortijada que agarra una bola, sin obtener respuesta.
Mi padre tuvo que saltar la tapia que separaba el patio del tío Pedro del de la vecina.
Desde hacía mucho tiempo nadie de la familia había puesto los pies en esta casa antigua, en la que, persuadido por su hermano mayor, se quedó a vivir mi abuelo Vicente cuando se casó, y en la que nacieron mis dos tías y mi madre.
Además, el tío Pedro había enviudado por primera vez y estaba muy afectado por esta desgracia.
Su desconsuelo no impidió que la gente lo señalara como el causante de la enfermedad mortal de su joven esposa. Tal era su reputación de perdulario.
Hizo propósito de enmienda. A pesar de su poca chicha adelgazó y lo invadió la melancolía.
Esta imagen doliente fue combatida por los allegados de la difunta, para quienes no era más que una pose. Un intento de revestir su supuesta contrición de credibilidad. Ellos no podían olvidar, entre otras faenas, la última.
Dos días antes del fatal desenlace, se pasó toda la noche jugando a las cartas en un garito infame.
Cuando le reprocharon su conducta, respondió que se sentía tan impotente que o se distraía o se volvía loco. Esta explicación, habida cuenta de su debilidad por el julepe, fue considerada como una prueba más de su cinismo.
A quien se ganó con el cambio experimentado fue al abuelo Vicente, que había dejado de tenerlo endiosado pero que seguía profesándole un cariño y una admiración de hermano menor.
La prematura muerte de su mujer fue un duro golpe para él. Sus expresiones de dolor eran sinceras.
Este revés cambió su carácter, volviéndolo menos comunicativo y más responsable. No se trataba de un paripé. Él vivía todos los momentos, incluidos los aciagos, con intensidad.

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