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Posts Tagged ‘Luciano de Castro’

“Tuvo a bien concederme que yo era una auténtica buscadora, aunque anduviese errada. La religión, según él, es la respuesta exhaustiva a la necesidad racional de significado que define al ser humano. E insistió: racional, no racionalista” “Se nota que ha estudiado teología”.
“Con ese sonsonete que le es propio cuando se pone mordaz, añadió que el hombre y, por supuesto, la mujer no son una pasión inútil, un accidente fortuito o una anécdota tragicómica como más o menos propone la posmodernidad y sus ramificaciones ideológicas, filosóficas o políticas”.
“En los tiempos actuales la realidad está bajo sospecha. Haciendo un retruécano se podría afirmar que la realidad no es real. Y desde luego, sea como sea, no es merecedora que nadie se fíe de ella. Ésta es una de la claves para entender la irresistible atracción que ejercen sobre las mentes occidentales, tan afectadas por la gangrena del recelo, las propuestas espirituales del Lejano Oriente, tan respetables como las nuestras, admitió”.
“Pero nuestro amigo Luciano señaló y subrayó una diferencia radical entre ambas tradiciones. Consiste ésta en su posicionamiento ante la realidad, de la que Oriente no tiene, al igual que la posmodernidad, un concepto favorable, por lo que recomienda liberarse de ella. El método para alcanzar esta meta se sintetiza en la supresión total del deseo, que es la madre de todas las calamidades. Pero el deseo, según nuestro teólogo, es lo más específicamente humano, el motor de nuestros actos. El deseo no es algo negativo en sí, un enemigo al que hay que aniquilar. El cristianismo es, por el contrario, la intolerable pretensión de dar cumplimiento total a ese deseo constitutivo”.
“¿Se refería a la exigencia de verdad, belleza y bondad que alberga el alma humana, y a cuya realización aspira?” pregunté. “Él fue más lejos y aludió también al triunfo sobre la muerte y el mal” “Suena fuerte” “Yo le repliqué que eso no eran más que palabras. Fue entonces cuando, lanzándome una mirada en absoluto caritativa, soltó lo que ya sabes. A renglón seguido quiso quitar hierro a ese ultraje y aseguró que lo había dicho con todo cariño. Habrase visto”.
“¿Y así acabó el diálogo interreligioso?” “Antes de irse me prometió que rezaría por mí” “¡Qué detalle! No le guardes rencor. Quien te conoce sabe que no tienes un corazón pequeño” declaro y bebo el último sorbo de vino. Emma aparta los ojos de las patas rusas y de los cangrejos, los fija en la copa vacía y me pregunta: “¿Te apetece otro Barbadillo?”.

 

 

 

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Nuestro común amigo Luciano de Castro, para zanjar una diferencia entre Emma y él, tuvo la ocurrencia de llamarla “vaca posmoderna con el corazón pequeño”. Y esa definición le ha calado muy hondo. No obstante, mientras ella trasiega una cerveza y yo una copa de blanco, matiza: “Todavía lo de vaca posmoderna, aunque ofensivo, puedo pasarlo por alto. Pero que tengo un corazón pequeño, eso no se lo perdono a ese renacuajo”.
“Quieres decir” comento sin ánimo de echar leña al fuego, “que esa frase lapidaria encierra una parte de verdad”. Emma aparta la vista de las bandejas de gambas, langostinos y camarones, y la posa en mí, haciendo que me arrepienta de inmediato de mi observación. “Muy chistoso” masculla, “después te contaré algo que también te va a hacer gracia”.
Primero me explica cómo se desarrolló el encuentro entre ella y Luciano, del que salió escaldada porque, como ella misma reconoce, nuestro pequeño colega tiene una lengua temible. “Un don del cielo” corroboro. “Cortante como un yatagán” precisa ella. “¿Cortante en el sentido de que no deja títere con cabeza?” “Claro. La tuya rodó también”.
Emma estaba tan ricamente en el bar de nuestro centro de trabajo tomando un café y leyendo. Luciano entró y, tras enterarse del título y escuchar un inocente comentario sobre el taoísmo, que era el tema del libro, diagnosticó con retintín que Emma era otro caso de espiritualidad a la oriental. “¿Y no te lo comiste?” “A punto estuve”.
“Bueno, tú eres en efecto una admiradora de Lao Tsé”. Esta apostilla me valió otra mirada acerba.
“Luego” prosigue contando Emma “se fue diciendo: Ahí te dejo con el yin y el yang. Se acercó a la barra e hizo su pedido. Pero como tenía ganas de liarla, regresó adonde yo estaba y se sentó”.
“Cerré el libro y lo puse en la mesa. Fue entonces cuando tú saliste a relucir. A ti te definió como un versificador que no comía mucho ni bebía poco” “A algunos si les dieran un euro por cada tontería que dicen, estarían millonarios” “No me cabe duda. Pues no contento con esa maligna tasación empezó a hablar de Manolo Villegas, ya sabes, ése que ha escrito cuarenta libros que son cuarenta premios, y de los que varios se han convertido en best sellers. Luciano citó expresamente “Cómo adelgazar bebiendo cerveza”, que confieso que fui una de sus compradoras, “Nacido para cabrón”, “¿Qué hago con estos pelos?”, “Guía de progres y otras especies cojoneras” y el manual de autoayuda “Las cigüeñas no tienen vértigo”.
“Que también compraste” “No, ése no. El otro lo leí atentamente y ya ves. Así que logré contenerme y no hacerle el negocio”
“Y tras ese repaso…” “Tras ese varapalo” “Vale” “Por favor ¿qué ibas a decir?” “¿Qué ocurrió?” “Volvió a la carga con la espiritualidad”.

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