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Posts Tagged ‘ministros’

Aunque Swift los da pensando en los primeros ministros, son extensibles a toda la clase política, particularmente a sus representantes más trápalas.
Helos aquí: con la frecuencia que sea necesaria, darles un torniscón en las narices, una patada en la barriga, un pisotón en los callos, tres buenos tirones de las dos orejas, un alfilerazo en el trasero o un pellizco en el brazo hasta dejárselo morado.
En cuanto a los partidos, ésta es su prudente recomendación: tomar a cien dirigentes de cada partido, mezclarlos en parejas que tengan las cabezas de igual tamaño. A continuación serrarles los occipucios para que los dos cerebros queden unidos y la materia gris pueda pasar libremente de uno a otro, siendo el objetivo que cada cráneo albergue medio cerebro de su compadre. Dejarlos cohabitar hasta que se produzca un buen entendimiento.
Nada tiene de extraño que los diputados de su tiempo salgan tan mal parados en la comparación que Swift establece con los senadores romanos, a los que ve como héroes y semidioses. De los políticos de su época afirma lisa y llanamente que son “un hatajo de buhoneros, carteristas, salteadores de camino y matones”.
Y en otro lugar redondea su opinión con estas palabras: “Pajes, lacayos y conserjes (…) llegan a ministros de gobierno, cada uno en su región, y aprenden a despuntar en los tres elementos más importantes: la insolencia, la mentira y el soborno. (…) mantienen una corte secundaria (…), y a veces a fuerza de destreza e insolencia” llegan muy lejos.
El autor de “Los viajes de Gulliver” no tenía un concepto muy elevado del hombre. O del “yahoo”, que así es como él lo llama en su libro. Ésta es la definición que da: “Animal con ciertos visos de astucia y la más acérrima propensión a la maldad, sin duda la más cerril de todas las criaturas”. Y se despacha a su gusto contra las manadas de “yahoos” del vecindario.
Otra categoría de animales completamente distintos, que merecen todo su respeto y admiración, son los caballos, en cuya lengua no existe la palabra mentira, pues la falsedad no tiene cabida en su mundo. Como mucho pueden equivocarse o “decir lo que no es”, pero la miseria moral les es completamente ajena.

 

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