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Mirador

 

 

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Durante años esa lejana vivencia había estado actuando en su interior como una levadura. Ahora, mientras subía al barrio alto, tomó conciencia de ese soterrado proceso.
A pesar de la gente que en aquella ocasión había a su alrededor, pues era verano, el hecho transcurrió en un profundo silencio.
Se acodó en el antepecho del mirador, frente al océano. No hubo visiones ni mensajes ni resplandores cegadores. Convertido en árbol, sus raíces se hundieron vertiginosamente en la tierra y sus ramas se extendieron hacia el cielo a pareja velocidad.
La línea del horizonte giró y, dirigiéndose a él, lo ensartó como el trofeo de un cazador. No hubo dentro ni fuera. Sólo una intimidad insondable con lo creado que lo anonadó.
¿Era esa plenitud lo que venía buscando? ¿El deseo de revivir ese esplendor que nunca compartió con nadie no porque fuera su secreto, sino porque sobre su realidad dejó crecer los parásitos de la duda y la herrumbre del olvido?
Aunque se resistiera a confesárselo, esa manifestación revestía un carácter sagrado. Los paseos que, cuando niño, daba al campo con su abuelo, eran la única experiencia que guardaba alguna semejanza con ésta.
Y allí estaba de nuevo, apoyado en el antepecho del mirador, contemplando el cielo de ese atardecer otoñal, ese cielo sin una sola nube.
No había nada que describir en esa cúpula perfecta. No había nada que contar.
Había hecho este viaje para rememorar esa epifanía.
Quería comprobar si había sido un espejismo o una revelación cuya onda expansiva se había propagado hasta el día de hoy.
Quería saber si ese vacío azul y luminoso contenía el sentido último de la vida. Si esa visión inefable era el bálsamo que cicatrizaba todas las heridas. La réplica irrefutable a todas las incertidumbres.

 

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Le gustaba viajar a contrapunto. Cuando la gente venía, él iba. O viceversa. De hecho, no era viajero. Tendía a permanecer en su centro.
Pero quién no siente de vez en cuando el deseo de descubrir otros paisajes, de pasear por otras calles, de comprobar que en todas partes es más o menos lo mismo. O, como se preguntaba una famosa escritora en un tono más bien lúgubre, quién no siente el deseo de conocer los límites de su prisión.
Eligió para este viaje, tal vez el último, el otoño, que es una de las estaciones más tranquilas y agradables.
Quería volver a una ciudad donde había estado en su juventud, cuando la vida se abría prometedora ante él, cuando sus cartas estaban todavía por jugar.
En Lisboa, que era su destino, al menos eso creía, hizo lo que solía hacer siempre: integrarse en el entorno. Le aterrorizaba que lo confundiesen con un turista. Con el objeto de pasar por un aborigen, se amoldaba a las costumbres y se comportaba en todo como los demás.
Por desgracia la lengua lo traicionaba. Cuando hablaba en portugués, su acento lo delataba de inmediato. Era un pequeño precio que debía pagar. Ni que decir tiene que él estaba dispuesto a mejorar su pronunciación y a expresarse correctamente.
Permanecía bastante tiempo en el hotel leyendo, escribiendo, escuchando música o tendido en la cama. También salía a pasear sin rumbo fijo. Se podría afirmar que estaba realizando su sueño de pasar desapercibido. Salvo el recepcionista que lo saludaba siempre amablemente, nadie se fijaba en él.
Pasaba cada vez más tiempo en la cama, despierto, mirando al techo, como si estuviera preparándose para algo. Llegó a la conclusión de que Lisboa no era la meta de su viaje.
Como no sabía cuál era, decidió alquilar un coche y visitar otras ciudades. Pero lo pensó mejor y decidió utilizar los transportes públicos.
Fue a la estación, se informó de los horarios y los estuvo estudiando un par de días. No tenía prisa ni tampoco tenía las ideas claras. Al atardecer seguía saliendo a pasear por la ciudad, como cualquier lisboeta que se relaja y despeja tras la jornada de trabajo.

Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo.

II
Una mañana se levantó, pagó la cuenta del hotel y se fue con su bolsa parecida a la de un deportista. Viajaba con poco equipaje, el imprescindible, para no llamar la atención y para moverse con libertad.
Se dirigió a la estación no como un turista que va de excursión, sino como alguien que regresa a su pueblo.
Descartada Lisboa, que era, según pensaba, el motivo de este viaje, buscó una explicación a su deseo de volver a Portugal pero no encontró ninguna.
En el autobús, mirando el paisaje otoñal, recordó que Norinaga, su amigo japonés, cifraba la belleza en la contemplación de los cerezos en flor durante el equinoccio de primavera. Empezaba a intuir que ese espectáculo natural del que Norinaga se hacía lenguas, tenía además una dimensión trascendente.
Ésta y otras ideas semejantes, como pájaros que se divierten entrando y saliendo de la copa de un árbol, ocupaban su mente mientras el vehículo avanzaba por la carretera.
Sintió un regocijo íntimo cuando vio las casas blancas de la población costera. El autobús entró por una avenida a cuya izquierda se extendía la playa de arena fina.
Se alojó en un hotel de la rúa do Salitre. Tras dejar la bolsa en la habitación, salió y atravesó el barrio de los pescadores, regresando a la avenida abierta al mar, al final de la cual se hallaba la parte alta de la ciudad.
Allí estaba, se dijo, otra vez. En el punto de partida. Listo para hacer el mismo trayecto. Hasta aquí lo había traído su ignorada querencia.
Sus amigos se habían ido de compras o se habían sentado en la terraza de un bar. Él había preferido dar un paseo solo.
Estaba entonces en los inicios de su carrera, pletórico de ilusiones. No le había ido mal en la vida. Profesional y socialmente hablando había conseguido lo que se había propuesto. Incluyendo los reveses, no tenía motivos de queja.
Haciendo este sucinto balance llegó al funicular.

III
Durante años esa lejana vivencia había estado actuando en su interior como una levadura. Ahora, mientras subía al barrio alto, tomó conciencia de ese soterrado proceso.
A pesar de la gente que en aquella ocasión había a su alrededor, pues era verano, el hecho transcurrió en un profundo silencio.
Se acodó en el antepecho del mirador, frente al océano. No hubo visiones ni mensajes ni resplandores cegadores. Convertido en árbol, sus raíces se hundieron vertiginosamente en la tierra y sus ramas se extendieron hacia el cielo a pareja velocidad.
La línea del horizonte giró y, dirigiéndose a él, lo ensartó como el trofeo de un cazador. No hubo dentro ni fuera. Sólo una intimidad insondable con lo creado que lo anonadó.
¿Era esa plenitud lo que venía buscando? ¿El deseo de revivir ese esplendor que nunca compartió con nadie no porque fuera su secreto, sino porque sobre su realidad dejó crecer los parásitos de la duda y la herrumbre del olvido?
Aunque se resistiera a confesárselo, esa manifestación revestía un carácter sagrado. Los paseos que, cuando niño, daba al campo con su abuelo, eran la única experiencia que guardaba alguna semejanza con ésta.
Y allí estaba de nuevo, apoyado en el antepecho del mirador, contemplando el cielo de ese atardecer otoñal, ese cielo sin una sola nube.
No había nada que describir en esa cúpula perfecta. No había nada que contar.
Había hecho este viaje para rememorar esa epifanía.
Quería comprobar si había sido un espejismo o una revelación cuya onda expansiva se había propagado hasta el día de hoy.
Quería saber si ese vacío azul y luminoso contenía el sentido último de la vida. Si esa visión inefable era el bálsamo que cicatrizaba todas las heridas. La réplica irrefutable a todas las incertidumbres.

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