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Posted in Árboles y plantas, Fotos, tagged amarillo, árboles, otoño, rojo, verde on diciembre 3, 2013| 7 Comments »
Posted in Cuentos, Textos cortos, tagged “ars vivendi”, dedicación, otoño, partida, servicios on abril 24, 2013| 2 Comments »
Te estoy sumamente agradecido por los servicios que me has prestado durante la estación invernal. Sé que las palabras sobran. No obstante, no quiero guardármelas.
Desarrollando tu actividad, imprimes sentido a tu vida. No te hacen falta justificaciones, ni siquiera salario.
Estos meses de silenciosa dedicación, en los que siempre estabas a mano cuando te necesitaba, me han hecho pensar y plantearme algunas cuestiones.
En ti está la clave de la existencia, en ti que careces de aspiraciones. En ti y no en los que se creen en posesión de un “ars vivendi”, del que suelen alardear.
Durante este tiempo te he visto realizar tu trabajo sin rezongar ni remolonear. Las protestas y las insolencias te son ajenas.
Por circunstancias que no requieren explicación, te tienes que marchar y no nos volveremos a ver hasta bien avanzado el próximo otoño.
No quiero que partas sin antes decirte que eres un referente ético. Y todavía más: una lección de saber estar, de saber hacer, de saber aceptar los acontecimientos.
Ahora tienes que irte. Así son las cosas. Pero estoy seguro de que podré contar contigo cuando llegue el momento.
Tu humilde presencia, tu disponibilidad, la certeza de que regresarás con las lluvias otoñales, contribuyen a cimentar mi confianza en el mundo y a profundizar mi felicidad.

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Posted in Antología, Fotos, tagged Ariwara No Narihira, caprela, crisantemos, Cuentos de Ise, flores del cerezo, otoño, poemas, rocío, siglo X, vejez on marzo 13, 2013| 2 Comments »
Escritos en el siglo X por el príncipe Ariwara No Narihira, estos ciento veinticinco cuentos incluyen siempre un poema y a veces varios.
El tema central es el amor, aunque también se abordan otros tan caros a la literatura oriental como la naturaleza y las estaciones.
En este libro donde abundan las metáforas, hay que destacar la del rocío que empapa las mangas del protagonista, y que es en realidad las lágrimas derramadas por el desafortunado amante.
Y la de la caprela, un crustáceo que cambia de caparazón rompiendo el viejo. El enamorado es otra caprela que rompe su corazón y se destruye a sí mismo.
Hay en este libro de contenido lírico poemas tan apasionados como el que figura en el cuento XXII:
Si de mil largas noches otoñales
Pudiera yo hacer
Una sola noche
Y durmiera junto a ti mil noches como ésta
No llegaría a saciarme
Cruzan sus páginas luciérnagas y ocas silvestres. El cuclillo canta. Los lirios y los crisantemos lo engalanan. Y las flores del cerezo, invocadas en este poema en el que se alude al paso del tiempo (cuento XCVII):
¡Oh flores del cerezo!
Volad cual nubes
Para que se borre
El camino de la vejez
Que llegar parece
Otra variante o interpretación de este poema puede ser ésta:
¡Oh flores del cerezo!
Volad cual nubes
Para que la vejez
Que llegar parece
No encuentre el camino
Los dos últimos poemas de este libro, por su intemporalidad, podrían haber sido escritos en cualquier época. Concisos, despojados de adornos, desvelan la condición humana, presidida por el misterio y la transitoriedad de la existencia.
El penúltimo poema (cuento CXXIV), precedido de una línea en la que se expone sucintamente que un hombre lo compuso, dice así:
Lo que pienso
Lo guardaré para mí
Simplemente
No existen hombres
Que sientan como yo
Y el último (cuento CXXV) muestra el asombro de un hombre enfermo que ve cercana la hora de la muerte:
Que hay un camino
Que es necesario recorrer
Había oído decir
Pero no pensaba que eso fuera
De hoy para mañana

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Posted in Cuentos, tagged atardecer, mirador, otoño, rúa do Salitre on noviembre 23, 2012| 2 Comments »
Durante años esa lejana vivencia había estado actuando en su interior como una levadura. Ahora, mientras subía al barrio alto, tomó conciencia de ese soterrado proceso.
A pesar de la gente que en aquella ocasión había a su alrededor, pues era verano, el hecho transcurrió en un profundo silencio.
Se acodó en el antepecho del mirador, frente al océano. No hubo visiones ni mensajes ni resplandores cegadores. Convertido en árbol, sus raíces se hundieron vertiginosamente en la tierra y sus ramas se extendieron hacia el cielo a pareja velocidad.
La línea del horizonte giró y, dirigiéndose a él, lo ensartó como el trofeo de un cazador. No hubo dentro ni fuera. Sólo una intimidad insondable con lo creado que lo anonadó.
¿Era esa plenitud lo que venía buscando? ¿El deseo de revivir ese esplendor que nunca compartió con nadie no porque fuera su secreto, sino porque sobre su realidad dejó crecer los parásitos de la duda y la herrumbre del olvido?
Aunque se resistiera a confesárselo, esa manifestación revestía un carácter sagrado. Los paseos que, cuando niño, daba al campo con su abuelo, eran la única experiencia que guardaba alguna semejanza con ésta.
Y allí estaba de nuevo, apoyado en el antepecho del mirador, contemplando el cielo de ese atardecer otoñal, ese cielo sin una sola nube.
No había nada que describir en esa cúpula perfecta. No había nada que contar.
Había hecho este viaje para rememorar esa epifanía.
Quería comprobar si había sido un espejismo o una revelación cuya onda expansiva se había propagado hasta el día de hoy.
Quería saber si ese vacío azul y luminoso contenía el sentido último de la vida. Si esa visión inefable era el bálsamo que cicatrizaba todas las heridas. La réplica irrefutable a todas las incertidumbres.

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Posted in Cuentos, tagged atardecer, Lisboa, mirador, Norinaga, otoño, Portugal, rúa do Salitre on noviembre 21, 2012| 16 Comments »
Le gustaba viajar a contrapunto. Cuando la gente venía, él iba. O viceversa. De hecho, no era viajero. Tendía a permanecer en su centro.
Pero quién no siente de vez en cuando el deseo de descubrir otros paisajes, de pasear por otras calles, de comprobar que en todas partes es más o menos lo mismo. O, como se preguntaba una famosa escritora en un tono más bien lúgubre, quién no siente el deseo de conocer los límites de su prisión.
Eligió para este viaje, tal vez el último, el otoño, que es una de las estaciones más tranquilas y agradables.
Quería volver a una ciudad donde había estado en su juventud, cuando la vida se abría prometedora ante él, cuando sus cartas estaban todavía por jugar.
En Lisboa, que era su destino, al menos eso creía, hizo lo que solía hacer siempre: integrarse en el entorno. Le aterrorizaba que lo confundiesen con un turista. Con el objeto de pasar por un aborigen, se amoldaba a las costumbres y se comportaba en todo como los demás.
Por desgracia la lengua lo traicionaba. Cuando hablaba en portugués, su acento lo delataba de inmediato. Era un pequeño precio que debía pagar. Ni que decir tiene que él estaba dispuesto a mejorar su pronunciación y a expresarse correctamente.
Permanecía bastante tiempo en el hotel leyendo, escribiendo, escuchando música o tendido en la cama. También salía a pasear sin rumbo fijo. Se podría afirmar que estaba realizando su sueño de pasar desapercibido. Salvo el recepcionista que lo saludaba siempre amablemente, nadie se fijaba en él.
Pasaba cada vez más tiempo en la cama, despierto, mirando al techo, como si estuviera preparándose para algo. Llegó a la conclusión de que Lisboa no era la meta de su viaje.
Como no sabía cuál era, decidió alquilar un coche y visitar otras ciudades. Pero lo pensó mejor y decidió utilizar los transportes públicos.
Fue a la estación, se informó de los horarios y los estuvo estudiando un par de días. No tenía prisa ni tampoco tenía las ideas claras. Al atardecer seguía saliendo a pasear por la ciudad, como cualquier lisboeta que se relaja y despeja tras la jornada de trabajo.
Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo.
II
Una mañana se levantó, pagó la cuenta del hotel y se fue con su bolsa parecida a la de un deportista. Viajaba con poco equipaje, el imprescindible, para no llamar la atención y para moverse con libertad.
Se dirigió a la estación no como un turista que va de excursión, sino como alguien que regresa a su pueblo.
Descartada Lisboa, que era, según pensaba, el motivo de este viaje, buscó una explicación a su deseo de volver a Portugal pero no encontró ninguna.
En el autobús, mirando el paisaje otoñal, recordó que Norinaga, su amigo japonés, cifraba la belleza en la contemplación de los cerezos en flor durante el equinoccio de primavera. Empezaba a intuir que ese espectáculo natural del que Norinaga se hacía lenguas, tenía además una dimensión trascendente.
Ésta y otras ideas semejantes, como pájaros que se divierten entrando y saliendo de la copa de un árbol, ocupaban su mente mientras el vehículo avanzaba por la carretera.
Sintió un regocijo íntimo cuando vio las casas blancas de la población costera. El autobús entró por una avenida a cuya izquierda se extendía la playa de arena fina.
Se alojó en un hotel de la rúa do Salitre. Tras dejar la bolsa en la habitación, salió y atravesó el barrio de los pescadores, regresando a la avenida abierta al mar, al final de la cual se hallaba la parte alta de la ciudad.
Allí estaba, se dijo, otra vez. En el punto de partida. Listo para hacer el mismo trayecto. Hasta aquí lo había traído su ignorada querencia.
Sus amigos se habían ido de compras o se habían sentado en la terraza de un bar. Él había preferido dar un paseo solo.
Estaba entonces en los inicios de su carrera, pletórico de ilusiones. No le había ido mal en la vida. Profesional y socialmente hablando había conseguido lo que se había propuesto. Incluyendo los reveses, no tenía motivos de queja.
Haciendo este sucinto balance llegó al funicular.
III
Durante años esa lejana vivencia había estado actuando en su interior como una levadura. Ahora, mientras subía al barrio alto, tomó conciencia de ese soterrado proceso.
A pesar de la gente que en aquella ocasión había a su alrededor, pues era verano, el hecho transcurrió en un profundo silencio.
Se acodó en el antepecho del mirador, frente al océano. No hubo visiones ni mensajes ni resplandores cegadores. Convertido en árbol, sus raíces se hundieron vertiginosamente en la tierra y sus ramas se extendieron hacia el cielo a pareja velocidad.
La línea del horizonte giró y, dirigiéndose a él, lo ensartó como el trofeo de un cazador. No hubo dentro ni fuera. Sólo una intimidad insondable con lo creado que lo anonadó.
¿Era esa plenitud lo que venía buscando? ¿El deseo de revivir ese esplendor que nunca compartió con nadie no porque fuera su secreto, sino porque sobre su realidad dejó crecer los parásitos de la duda y la herrumbre del olvido?
Aunque se resistiera a confesárselo, esa manifestación revestía un carácter sagrado. Los paseos que, cuando niño, daba al campo con su abuelo, eran la única experiencia que guardaba alguna semejanza con ésta.
Y allí estaba de nuevo, apoyado en el antepecho del mirador, contemplando el cielo de ese atardecer otoñal, ese cielo sin una sola nube.
No había nada que describir en esa cúpula perfecta. No había nada que contar.
Había hecho este viaje para rememorar esa epifanía.
Quería comprobar si había sido un espejismo o una revelación cuya onda expansiva se había propagado hasta el día de hoy.
Quería saber si ese vacío azul y luminoso contenía el sentido último de la vida. Si esa visión inefable era el bálsamo que cicatrizaba todas las heridas. La réplica irrefutable a todas las incertidumbres.

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Posted in Antología, tagged Guerra y Paz, Nikólai Rostov, otoño, Tolstoi on agosto 9, 2011| 2 Comments »
Este episodio, que se extiende a lo largo de los capítulos III, IV y V de la cuarta parte de Guerra y Paz, se inicia con una descripción otoñal en eficaces trazos, la cual incluye las notas de color necesarias para realzar el cuadro.
“Empezaban los primeros fríos. Las heladas matinales endurecían la tierra húmeda por las lluvias de otoño y los primeros brotes de las sementeras de invierno apuntaban ya con su verde intenso, destacándose entre los rastrojos amarillos de las siembras veraniegas, pisoteados por los animales, y las franjas rojizas del alforfón. Las copas de los árboles y los bosques, que a fines de agosto eran todavía islotes verdes en medio de los negros campos de cultivo, estaban ahora dorados y rojizos entre el verde de las sementeras de otoño. La liebre gris cambiaba el pelo; las crías de los zorros comenzaban a dispersarse por el campo y los lobos jóvenes eran ya más corpulentos que los perros”.
Tolstoi sigue profundizando en la descripción del día elegido para la partida de caza, el 15 de septiembre.
“El cielo parecía fundirse y descender a tierra; no soplaba viento. El único movimiento en el aire era el de la lenta caída de las microscópicas gotas de vapor o de niebla. De las ramas desnudas del jardín pendían unas gotas de agua transparentes que iban a caer sobre las hojas recién desprendidas. En la huerta, la tierra mojada y negra brillaba como la semilla de las amapolas y a cierta distancia se confundía con el velo deslucido y húmedo de la niebla. Nikólai salió al porche húmedo y con pisadas de barro. El aire olía a bosque marchito y a perros”.
Nota.- En esta entrada, encontrarás el artículo completo.
II
Una vez que ha sido sumergido en ese mundo sensorial, el lector asiste a los preparativos de la partida.
Danilo, el montero mayor, informa a Nikólai Rostov de la localización de la manada de lobos.
Traen la jauría de perros. Un grupo de ojeadores se adelanta para explorar el terreno.
Los cazadores montan a caballo y parten en dirección al coto de Otrádnoie.
“Iban cincuenta y cuatro perros de rastreo, conducidos por seis monteros; detrás, con los amos, otros ocho monteros y cuarenta galgos, de manera que, contando las jaurías de los amos, salían para cazar unos ciento treinta perros y veinte jinetes”.
Y otra descripción que permite al lector participar del ambiente del día señalado.
“Los caballos iban por los campos como sobre una blanda alfombra, chapoteando a veces en los charcos al atravesar un camino. El cielo, encapotado, seguía descendiendo insensiblemente hacia la tierra. El aire tibio era apacible y silencioso. De vez en cuando se oía el silbido de un cazador, el relincho de algún caballo, un trallazo o el gañido de un perro que no iba en su sitio”.
III
Poco más tarde, Rostov da las indicaciones para la caza. Él se dirige al coto rodeándolo por el barranco.
Todos ocupan sus puestos y deben atenerse a “las leyes de la cacería”.
Los perros son presentados desde su individualidad bien definida y tratados como otros personajes cualesquiera.
Son los ladridos de estos animales, seguidos del grito de los cazadores, los que anuncian el avistamiento de la presa. Luego se oye el ronco cuerno de caza del montero mayor y un prolongado aullido, que confirman la presencia del lobo.
La jauría se divide en dos grupos para acorralarlo. Se produce la primera escaramuza de la que el lobo sale airoso.
“La fiera detuvo un instante su carrera. Volvió pesadamente, como si padeciese angina de pecho, su alargada cabeza hacia los perros y después, con el mismo balanceo, dio un salto, seguido de otro, y, moviendo la cola, desapareció en el bosque. Simultáneamente, con un aullido quejumbroso, surgieron uno, dos, tres perros, y toda la jauría corriendo a través del campo detrás de la bestia”.
El lobo ha burlado al conde y a sus acompañantes que se ganan de esta forma el desprecio de Danilo.
Esta victoria de la bestia enardece los ánimos.
En estas circunstancias, se produce el encuentro del lobo y Rostov.
“¿Los suelto o no los suelto?”, se preguntó Nikolái, mientras el lobo, ya fuera del bosque, avanzaba hacia él. De pronto la expresión de la bestia cambió del todo; dio un salto, como si por primera vez en su vida viera unos ojos humanos fijos en ella, y, volviendo ligeramente la cabeza hacia el cazador, se detuvo. “¿Atrás o adelante? ¡Bah! ¡Es lo mismo! ¡Adelante!”…pareció decirse, y, sin mirar, siguió avanzando a saltos tranquilos, seguros y decididos.
− ¡Hululu, hululu! –se desgañitó Nikolái; y su caballo por sí mismo se lanzó cuesta abajo y saltó unos charcos, tratando de cortar el camino del lobo”.
IV
Se inicia el acoso de la fiera por parte de los perros que se lanzan veloces en su captura. Pero el viejo lobo infunde terror a sus perseguidores. La perra, que casi lo alcanza, detuvo en seco su carrera cuando la bestia la miró de reojo.
El segundo perro saltó sobre el lobo e incluso le clavó los dientes, pero también se asustó y se echó a un lado.
De esta forma, el lobo logró que la jauría fuera detrás de él pero perdiendo distancia.
Rostov se percata de que la fiera va a escapar. Le azuza entonces a Karai, que trata de cortarle el paso antes de que logre internarse en el bosque, en cuyo caso desaparecería. El perro, finalmente, le da alcance.
“El lobo rechinó desesperado los dientes (Karai ya no lo sujetaba del cuello); sacó las patas traseras y, con el rabo entre las piernas, se apartó nuevamente de los perros y siguió adelante. Karai, con la piel erizada, tal vez herido o maltratado, salió con trabajo de la charca”.
Un montonero y sus perros cortan la retirada al lobo, que se dirigía al bosque salvador, y lo cercan.
En esto, aparece Danilo que se aproxima siguiendo la línea del bosque para impedir la huida del lobo.
“Danilo galopaba en silencio con el puñal en la mano izquierda, fustigando sin duelo a su caballo.
Nikólai no lo vio ni oyó hasta que el caballo del montero pasó resoplando delante de él; entonces reparó en el ruido de un cuerpo que caía y vio a Danilo en medio de los perros, echado sobre el lobo, al que trataba de agarrar por las orejas. Tanto para los perros como para los cazadores y el lobo, era evidente que ahora todo estaba terminado. La bestia, asustada, con las orejas gachas, trataba de levantarse, pero los perros la tenían bien sujeta. Danilo se levantó, dio un paso y, como si se tumbase a descansar, se echó con todo su peso sobre el lobo y lo agarró por las orejas”.
V
La intención de Danilo no es matar al animal sino cogerlo vivo. Y eso es lo que hace metiéndole un palo en la boca, atándole las patas y volteándolo en el suelo.
Sobre un caballo asustado por esa carga, se llevaron al lobo viejo.
La fiera se convirtió en la gran atracción que todos querían ver e incluso tocar.
“El gran lobo viejo, con la cabeza caída de ancha testuz, el palo mordido en la boca, miraba a aquella muchedumbre de hombres y perros que lo rodeaba con grandes ojos vidriosos. Cuando alguien lo tocaba, sus patas atadas se estremecían: su mirada salvaje, y al mismo tiempo ingenua, seguía los movimientos de todos”.
Tolstoi resuelve la partida de caza en una serie de espléndidos cuadros que el lector visualiza como si, en lugar de estar leyendo, estuviera paseando por la sala de una pinacoteca consagrada a este lance cinegético.
Traducción del ruso por Lydia Kúper