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Estaba tan afligido que me había olvidado de García Silva. Se había acercado y noté su presencia a mis espaldas. Lo que menos deseaba en esos momentos era tener detrás esa sombra funesta.

Me volví para comunicarle que el paseo en coche se había ido al garete. Pero lo vi tan contrariado que sólo dije: “Ya lo has oído”.

Me alejé porque quería reflexionar y con él a mi lado me resultaba imposible.

Me siguió arrastrando los pies por la tierra. Haciendo de tripas corazón y en un tono lo más persuasivo posible, hablé de nuevo.

“Nos han fastidiado a los dos. A mí más que a ti, pero en fin…Quiero pensar y descansar un rato. Desde que salí de Sevilla, no he parado. Espero que lo comprendas. De todas formas, si tengo que quedarme dos días en Aracena, vamos a tener tiempo de conversar. Ahora necesito estar solo”.

Eché a andar sin aguardar respuesta. Por mi parte, este asunto estaba zanjado y así se lo daba a entender.

Apenas me había apartado unos metros cuando García Silva me cogió por el brazo. Traté de soltarme de un tirón pero me tenía bien agarrado.

“¡Déjame en paz!”.

En vista de que mis intentos por liberarme eran inútiles, pedí ayuda a los mecánicos.

Estos levantaron la cabeza y la movieron de un lado a otro, como si lo que estaban presenciando sólo fuera un juego de niños.

Repetí mi llamada de auxilio varias veces.

“¿No ve usted que es un pobre idiota?” dijo el mecánico más joven. “Lo que tiene que hacer es no prestarle atención. Así acabará aburriéndose y se irá”.

A todo esto, García Silva había conseguido inmovilizarme. Su fuerza era extraordinaria.

Me condujo a una colina cubierta de pinos, en cuya cima había un calvero ocupado por un edificio de planta circular y con cúpula que me recordó un observatorio astronómico.

Esa rotonda tenía un aire siniestro, al que encontré una explicación cuando nos acercamos lo suficiente para comprobar que la construcción carecía de aberturas.

Una vez dentro, García Silva me soltó. Me puse a buscar una salida pero adondequiera que iba el alto muro se alzaba ante mí. Ni siquiera en la cúpula había una claraboya.

La sala estaba iluminada por una serie de potentes lámparas dispuestas en un tablero que colgaba del techo. Debajo había una camilla con sábanas verdes.

García Silva parecía tranquilo. Me había dejado en libertad para que me convenciese de que no tenía escapatoria.

En la sala el silencio era tan profundo que escuchaba el sonido de mi respiración. Después resonaron unos pasos. Era García Silva que se dirigía a la camilla.

En cuanto se tendió, el armazón de aluminio empezó a elevarse hasta alcanzar una altura de dos o tres metros. Luego apareció un tubito transparente. Deduje que iba a ser testigo de una autotransfusión de sangre.

Antes de que tuviese tiempo de reconsiderar esa disparatada conclusión, ya estaba acostado y atado con correas a otra camilla.

 

 

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