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Posts Tagged ‘rotonda’

25

Estaba tan afligido que me había olvidado de García Silva. Se había acercado y noté su presencia a mis espaldas. Lo que menos deseaba en esos momentos era tener detrás esa sombra funesta.

Me volví para comunicarle que el paseo en coche se había ido al garete. Pero lo vi tan contrariado que sólo dije: “Ya lo has oído”.

Me alejé porque quería reflexionar y con él a mi lado me resultaba imposible.

Me siguió arrastrando los pies por la tierra. Haciendo de tripas corazón y en un tono lo más persuasivo posible, hablé de nuevo.

“Nos han fastidiado a los dos. A mí más que a ti, pero en fin…Quiero pensar y descansar un rato. Desde que salí de Sevilla, no he parado. Espero que lo comprendas. De todas formas, si tengo que quedarme dos días en Aracena, vamos a tener tiempo de conversar. Ahora necesito estar solo”.

Eché a andar sin aguardar respuesta. Por mi parte, este asunto estaba zanjado y así se lo daba a entender.

Apenas me había apartado unos metros cuando García Silva me cogió por el brazo. Traté de soltarme de un tirón pero me tenía bien agarrado.

“¡Déjame en paz!”.

En vista de que mis intentos por liberarme eran inútiles, pedí ayuda a los mecánicos.

Estos levantaron la cabeza y la movieron de un lado a otro, como si lo que estaban presenciando sólo fuera un juego de niños.

Repetí mi llamada de auxilio varias veces.

“¿No ve usted que es un pobre idiota?” dijo el mecánico más joven. “Lo que tiene que hacer es no prestarle atención. Así acabará aburriéndose y se irá”.

A todo esto, García Silva había conseguido inmovilizarme. Su fuerza era extraordinaria.

Me condujo a una colina cubierta de pinos, en cuya cima había un calvero ocupado por un edificio de planta circular y con cúpula que me recordó un observatorio astronómico.

Esa rotonda tenía un aire siniestro, al que encontré una explicación cuando nos acercamos lo suficiente para comprobar que la construcción carecía de aberturas.

Una vez dentro, García Silva me soltó. Me puse a buscar una salida pero adondequiera que iba el alto muro se alzaba ante mí. Ni siquiera en la cúpula había una claraboya.

La sala estaba iluminada por una serie de potentes lámparas dispuestas en un tablero que colgaba del techo. Debajo había una camilla con sábanas verdes.

García Silva parecía tranquilo. Me había dejado en libertad para que me convenciese de que no tenía escapatoria.

En la sala el silencio era tan profundo que escuchaba el sonido de mi respiración. Después resonaron unos pasos. Era García Silva que se dirigía a la camilla.

En cuanto se tendió, el armazón de aluminio empezó a elevarse hasta alcanzar una altura de dos o tres metros. Luego apareció un tubito transparente. Deduje que iba a ser testigo de una autotransfusión de sangre.

Antes de que tuviese tiempo de reconsiderar esa disparatada conclusión, ya estaba acostado y atado con correas a otra camilla.

 

 

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26

Fue un gesto incomprensible. Mejor dicho, fueron dos gestos incomprensibles, pero no comparables. El suicidio de Jacinto y mi decisión de ir al lugar del suceso.

No se me ocurrió hacerle una visita en el hospital. No habría ido ni aunque se hubiese tratado de una fractura múltiple o una insuficiencia renal. Yo era un hombre ocupado y no podía permitirme perder un par de horas.

Ahora bien, una vez consumados los hechos, cogí mi zarandeado Dyane 6 y me dirigí al hospital de San Lázaro.

Jacinto había bajado a la capilla, según la costumbre que había adquirido. Gracias a la medicación había mejorado. Seguía reconcentrado pero se comportaba con normalidad. Y cierta indiferencia achacable a los antidepresivos y los tranquilizantes.

Nadie se extrañó cuando vio a Jacinto por la escalera.

La capilla estaba situada cerca de la puerta principal, donde había un vigilante. Jacinto aprovechó la salida de un grupo familiar para fugarse.

Encontré un hueco y aparqué el coche. Eché un vistazo a la gran rotonda. Al otro lado se alzaba el hospital. La luz anaranjada de las farolas se reflejaba en el asfalto mojado. En ese espacio circular, circundado de insulsos bloques de pisos, en medio de esa mediocridad arquitectónica, destacaba la bella fachada de San Lázaro, iluminada por focos que resaltaban sus detalles.

Bordeando la rotonda llegué a la portada. Me detuve un momento a abotonarme el chaquetón y levantar el cuello antes de seguir en dirección a la calle Medina y Galnarés.

Empezó a chispear. Como tenía el paraguas en el coche, deseché a idea de ir a cogerlo. Me daba igual que se pusiera a llover de verdad.

Con las manos en los bolsillos, por la acera, sin prisa, eché a andar.

¿Qué sintió Jacinto cuando hizo este mismo recorrido? ¿Había sido tan irreal, tan carente de sentido, como lo estaba siendo para mí?

La luz de las farolas ponía una nota fantasmagórica en ese escenario de película mala, en ese gigantesco decorado de cartón piedra. Sólo la llovizna contrarrestaba en parte esa impresión de estar interviniendo en una absurda función de teatro.

¿Lo dominaba la ofuscación, el desvarío o una implacable lucidez?

A mi derecha se extendía la larga tapia del cementerio de San Fernando. En la acera habían plantado adelfas. Ese monótono tramo se me hizo eterno.

Llegué al barrio de San Jerónimo. La circulación era fluida en ambas direcciones. Allí, en el suelo, estaba la mancha oscura, de contorno irregular. No podía pensar en nada.

No se habló de suicidio sino de accidente. Al cruzar la calle, un camión cuya presencia Jacinto no advirtió, seguramente por efecto de la medicación, lo atropelló. Esta era la versión oficial. El testimonio del conductor se silenció. Ni su nombre ni las conclusiones del atestado se hicieron públicos.

 

 

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