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Archive for the ‘Una apariencia de normalidad’ Category

1
Estaba tirado en el suelo, en mitad de la calle, mascullando palabras ininteligibles. No podía levantarse. Se lamentaba mirando a su alrededor en busca de ayuda. Ni siquiera tenía fuerzas para arrastrarse y ponerse a un lado.
Era bastante tarde. En otras ocasiones lo había visto dando tumbos, pero no en un estado tan lastimoso como el de ahora.
Sus ojos suplicantes me produjeron un rechazo brutal. Extendió un brazo hacia mí. Haciendo un gran esfuerzo intentó hablar, pero de su garganta sólo salió un ronquido. Como el estertor de un moribundo.
Entendí una palabra. Dijo: “Muchacho”, que repitió mientras yo me alejaba.
2
Este hombre se llama Boris y vive solo, no lejos del lugar donde lo encontré.
Como el buen samaritano, podía haberlo ayudado a levantarse y haberlo llevado a su casa. Incluso haberlo echado en la cama para que durmiera la mona.
Pero pasé de largo. Boris es un desecho social. Por nada del mundo le hubiese tocado.
Hostigado por los gimoteos de ese solterón alcoholizado con una perenne colilla entre los labios, seguí mi camino más de prisa.
3
Este incidente sepultado en el olvido resurgió de forma imprevista.
Estábamos bebiendo ginebra y hablando de la claridad existencial. Tengo poco aguante y, además, no había comido. El espirituoso se me subió rápido a la cabeza. Me puse pesado. Me sentía infeliz. Nunca alcanzaría la meta que me había propuesto en la vida. Nunca mis sueños se harían realidad.
Mi amigo Carlos escuchaba pacientemente. Cuando metía baza, era para tratar de rebatir mis argumentos.
Sin proponérmelo, pillé una buena cogorza. Al andar me iba de un lado para otro. En uno de esos bandazos no di con mis huesos en tierra porque Carlos, cogiéndome por un brazo, lo impidió.
Mi reacción fue instantánea: me solté de un tirón y lo miré de hito en hito.
4
Apoyado en la pared, logro mantener el equilibrio.
Cuando extendió de nuevo sus brazos para ayudarme, mi cólera se convirtió en agresividad.
Que no se atreviese a tocarme. Que no se acercase a mí.
No había dado más de tres o cuatro zancadas cuando tropecé con el bordillo de la acera y pegué un batacazo.
Me incorporé lo más rápidamente que pude, pero ponerme en pie estaba por encima de mis posibilidades.
Arrastrándome llegué hasta la pared cercana, en donde me recosté.
No sé cuánto tiempo permanecí allí. Era bastante tarde. Lo último que recuerdo es una arcada y la vomitona.

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Rufo Fernández llegó a Argentina hace muchos años. De mediana edad, amable y servicial, este asturiano soporta las bromas sobre su soltería con buen humor, consciente de su improbable cambio de estado civil.
El panorama es magnífico. El mar encrespado y gris se extiende ante Rufo. Por encima de su cabeza, los nubarrones parecen otro mar igualmente gris. El restallar de las olas se mezcla con los gritos de las aves marinas.
En la playa, las gramíneas se doblan y se enderezan sin descanso. Detrás de las dunas están las casas de madera.
Cuando los Leyva lo invitaron a pasar unos días en el sur, no lo dudó un momento. Era un viaje largo, pero valía la pena. Sentía una atracción inexplicable por esa región meridional. “Un sur que para mí es un norte” se decía.
Había hecho el trayecto en avión desde Buenos Aires con unos amigos de los Leyva, que tenían también una casa de madera en esa remota región, adonde iban en cuanto podían permitírselo.
A Rufo le resulta difícil comprender que una pareja tan habladora y extrovertida como los Falcón se refugie en este lugar, al que le cuadran muchos adjetivos, pero no el de turístico.
Se vuelve y contempla a los dos matrimonios. A su lado, sobre unas trébedes, hay un caldero en el que se hace un guiso de pescado. Las llamas del fuego y los largos tallos de las gramíneas bailan al unísono.
Mónica Leyva mira cómo burbujea la bullabesa, aspira su aroma y hace un comentario.
Rufo se acerca al grupo y dice: “Sólo pensáis en comer”. Él aprecia la buena mesa, pero hoy no para de dar vueltas a un asunto.
Tiene noticia de una playa donde vive una colonia de pájaros bobos.
Los Leyva y los Falcón lo escuchan y, aunque no comparten su interés, acceden a hacer la excursión.
Hay pájaros bobos por todos sitios. Con sus largos y afilados picos. Moviendo la cabeza a un lado y a otro.
Rufo es el único que se adentra en esa aglomeración de aves. Va de aquí para allá hasta que se pierde detrás de un montón de rocas.
Y ahí está, al socaire. Con sus ojos redondos en su cara redonda. Con su nariz pequeña y ganchuda. Con el firme trazo de sus labios apretados. Erguido e inmóvil. Sin parpadear. Con un cuervo de brillante plumaje en las manos.

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En lugar de venir a recogernos a la puerta del hotel, somos nosotros quienes tenemos que desplazarnos con las maletas y las bolsas hasta el autocar, aparcado en un extremo de la explanada.
Nadie protesta ni pide una explicación. La buena actitud de nuestro grupo es ejemplar.
Rita, desentendiéndose del equipaje, habla con unos y con otros. Creo que ya conoce a todos los viajeros. Si se lo pidiera, me suministraría abundantes datos sobre cada uno de ellos.
Miro con ojo crítico la gran maleta roja que ella ha hecho a toda prisa. Remeto el pico de una prenda que sobresale, y aprieto las correas que están flojas.
Los turistas se dirigen al autocar. Aunque no la veo, supongo que Rita va con ellos. El caso es que me ha dejado con la maleta, la bolsa y el neceser. No me muevo. ¿Acaso piensa que soy su mozo de cuerda?
Observo cómo los viajeros entran y se acomodan en el vehículo, que ya está en marcha. Cuando sube el último, cierra sus puertas y se aleja primero lentamente, luego a una velocidad cada vez mayor hasta perderse de vista.
¿Qué hago aquí, en este lugar del que no recuerdo ni el nombre? Sólo sé que está cerca de la frontera boliviana. Eso y que me he quedado en tierra.
Mi padre tenía también una habilidad especial para perderse. Hace años que no tengo noticias suyas. Su última carta fue enviada desde este confín del mundo.
Tras esperar un rato, llamo a un taxi que me lleva a la estación donde cojo un autobús.
Mientras contemplo el páramo desolado, empiezo a entrever la razón de este disparatado viaje, que no es el ansia de pintoresquismo de Rita por quien suponía me había dejado arrastrar.
Estoy seguro de que mi padre no tiene oficio ni domicilio fijos. Lo más probable es que viva dando tumbos. No me extrañaría que sus actividades rozasen lo delictivo, que a veces tuviese que huir o esconderse, en el caso de que los años le permitan ese ajetreo.
Decido iniciar mis pesquisas recorriendo tabernas y garitos. Allí donde disponga de una oreja condescendiente, puedo encontrarlo desgranando sus infinitas historias.
Me bajo en la primera parada, sin preocuparme del equipaje que es un estorbo.
En este pueblo tendré que pasar la noche.
Callejeando llego a una plaza cuyos soportales están divididos en pulcros habitáculos. Las camas están hechas con esmero y las escasas pertenencias de sus ocupantes están ordenadas.
En cuanto a los niños, guardan una curiosa compostura. No gritan ni corren. No arman jaleo. Algunos están recostados en los pilares. Otros están de pie en mitad de la plaza. Tranquilos y callados. Esperando la hora de irse a dormir.

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La casa tenía gruesos muros que no dejaban pasar ni el calor ni el frío, numerosas habitaciones, un soberado por donde se oía corretear a los ratones, un patio y un corral con varias dependencias. Era una casa en la que uno podía perderse fácilmente.
Entre tantos aposentos y rincones, ¿por qué escogí precisamente ése, solado con ladrillos renegridos y cruzado de viejas vigas de madera? Era de dimensiones normales y tenía una ventana pequeña que daba a una calle poco transitada.
Era un lugar tranquilo y penumbroso. La mayor parte del tiempo que permanecía allí, estaba con la luz encendida.
Este cuarto apartado comunicaba con otro más profundo, que no tenía ninguna otra salida.
Oscuro, sin ventilación, con olor a humedad, allí se amontonaban objetos inservibles y muebles desvencijados.
Una cortina separaba el cuarto del trascuarto. Aunque no hubiese corrientes de aire, a veces se movía. Sus pliegues cobraban vida. Una ondulación recorría a la cortina que hacía amago de entreabrirse. Un temblor que me dejaba con el aliento en suspenso y los ojos fijos en la tela de sarga.
Nunca le daba la espalda al trascuarto. Cuando me sentaba a la mesa, situada en el centro de la habitación, la cortina quedaba a mi derecha. Incluso cuando me levantaba para ir a la estantería a coger un libro, o para estirar las piernas, no la perdía de vista.
Una vez me quedé dormido en la butaca. Cuando desperté, había anochecido. Quedé paralizado. La boca del trascuarto se había difuminado. Me vino un olor a moho y a ranciedad. En esa atmósfera enrarecida percibí una amenaza.
Adquirí la costumbre de inspeccionar el trascuarto antes de ponerme a leer o a escribir. Descorría completamente la cortina y entraba, deteniéndome de inmediato a causa del tufo a cerrado.
Cuando mi olfato había asimilado ese olor, efectuaba mi visita a la luz de una linterna.
Años después –yo ya no vivía en la casa-, ese ala fue objeto de una reforma. Cuando me lo comunicaron por teléfono, tomé la decisión de regresar.
Quería ser testigo de cómo destejaban el trascuarto y lo dejaban expuesto a la acción del sol y del viento. Quería contemplar cómo el aire viciado de esa cámara oscura se diluía en el fresco día primaveral.

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                                   II
Durante un rato, sin preguntarme nada, contemplo ese cuerno de la abundancia. Quizás debiera recogerlo todo y llevar el carro a casa. Puede venir un perro, pienso mientras miro los alimentos sin mover un dedo.
Un rumor, cada vez más intenso, me saca de mis cavilaciones. Me recuerda el lejano fragor de un trueno. Vuelvo la cabeza a un lado y a otro. Las calles siguen desiertas. El ruido, sin embargo, va en aumento. Ahora me recuerda el de una estampida de animales. Instintivamente me acerco a la pared. Luego subo al umbral de la casa de Teresita Matute.
La calle Tejano es ancha y no demasiado larga. Su tramo final se estrecha y desemboca en las afueras del pueblo, cerca de Los Albercones. Por ahí la veo venir.
Comprendo de inmediato lo que está pasando.
Mi abuela va la primera. Detrás de ella, los hilandarios forman un río tumultuoso, un monstruo de incontables cabezas y extremidades.
Mi abuela ha vuelto a liarla. Cada vez que esto ocurre, se organiza un guirigay espantoso. Unos quieren ayudar, otros divertirse. El caso es que en la persecución participan casi todos los habitantes del pueblo.
A pesar de sus años, mi abuela se conserva ágil y corre como un gamo. Cuando les saca ventaja, la mantiene durante mucho tiempo, de modo que numerosos vecinos, con la lengua fuera y fuertes dolores en el costado, se ven obligados a tirar la toalla.
Atrapar a mi abuela, ignoro por qué motivo, es un honor que todos ansían alcanzar.
A su paso, esa masa humana destrozó el carro de la compra y despachurró los alimentos. Mi abuela había esquivado esos obstáculos.
Su respiración era regular y su determinación inquebrantable. Me emocioné y me entraron ganas de mostrarle mi apoyo, pero soy un sosaina y me limité a mirar.

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                                  I
Hay señales de un significado tan palmario que hasta un párvulo las interpretaría correctamente. Señales que acaparan tu atención obligándote a hacerte cargo de lo que con tanta vehemencia pregonan.
En Las Hilandarias menudean estos anuncios. Para mí tengo que son más frecuentes que en otros lugares. Tal vez forman parte del folclore local.
Un silencio plúmbeo, en paradójico contraste con el límpido azul del cielo, los precede. ¿Cómo pueden ocurrir hechos aciagos bajo un cielo tan espléndido?
No se escucha ni el ladrido de un perro, ni el improperio de una comadre deslenguada, ni el ruido de una persiana agitada por el viento.
Caminar por Las Hilandarias envuelto en este silencio sepulcral es una experiencia que pone los pelos de punta.
No se ve a nadie. No me cruzo con nadie. Las Hilandarias, por arte de birlibirloque, se ha convertido en un pueblo fantasma. Convencido de que sobre él planea una desgracia, sigo andando.
Al doblar la esquina de Teresita Matute, tirado en mitad de la calle, descubro el carro de la compra de mi madre. Regresaba a casa, pero, por alguna razón, lo abandonó en plena vía pública.
Ni siquiera se tomó la molestia de dejarlo pegado a la pared o en casa de una vecina (en Las Hilandarias nos conocemos todos).
El contenido del carro está desparramado en el suelo. Los tomates y las naranjas son los que han rodado más lejos. Las cebollas, que forman parte también de esta avanzadilla hortofrutícola, se han quedado rezagadas.
Atrás hay cabezas de ajo mezcladas con pimientos verdes. Un puñado de habichuelas rodea a un trozo de calabaza. Más allá una lechuga atada con un filamento de palmito y una coliflor están la una al lado de la otra.
En la misma boca del carro se encuentran los envoltorios entreabiertos con los avíos del cocido: la carne, la morcilla y el tocino. Dentro, pero visible desde el exterior, hay un pan dorado con acanaladuras.

II
Durante un rato, sin preguntarme nada, contemplo ese cuerno de la abundancia. Quizás debiera recogerlo todo y llevar el carro a casa. Puede venir un perro, pienso mientras miro los alimentos sin mover un dedo.
Un rumor, cada vez más intenso, me saca de mis cavilaciones. Me recuerda el lejano fragor de un trueno. Vuelvo la cabeza a un lado y a otro. Las calles siguen desiertas. El ruido, sin embargo, va en aumento. Ahora me recuerda el de una estampida de animales. Instintivamente me acerco a la pared. Luego subo al umbral de la casa de Teresita Matute.
La calle Tejano es ancha y no demasiado larga. Su tramo final se estrecha y desemboca en las afueras del pueblo, cerca de Los Albercones. Por ahí la veo venir.
Comprendo de inmediato lo que está pasando.
Mi abuela va la primera. Detrás de ella, los hilandarios forman un río tumultuoso, un monstruo de incontables cabezas y extremidades.
Mi abuela ha vuelto a liarla. Cada vez que esto ocurre, se organiza un guirigay espantoso. Unos quieren ayudar, otros divertirse. El caso es que en la persecución participan casi todos los habitantes del pueblo.
A pesar de sus años, mi abuela se conserva ágil y corre como un gamo. Cuando les saca ventaja, la mantiene durante mucho tiempo, de modo que numerosos vecinos, con la lengua fuera y fuertes dolores en el costado, se ven obligados a tirar la toalla.
Atrapar a mi abuela, ignoro por qué motivo, es un honor que todos ansían alcanzar.
A su paso, esa masa humana destrozó el carro de la compra y despachurró los alimentos. Mi abuela había esquivado esos obstáculos.
Su respiración era regular y su determinación inquebrantable. Me emocioné y me entraron ganas de mostrarle mi apoyo, pero soy un sosaina y me limité a mirar.

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En la casa materna había un limonero punteado de hermosos frutos amarillos, donde bullía una legión de gorriones en las largas tardes de verano.
El árbol ocupaba un puesto de honor en el primer patio, el de los fragantes arriates de hierbabuena, el de las macetas de colios y cintas pulcramente alineadas, el del jazmín y las arreboleras, el de la vinca de pétalos blancos o rosas, llamada por estos pagos la flor del príncipe.
Un día descubrí atónito que los gorriones habían anidado en el alcorque del limonero. Entre los largos y flexibles tallos del corre-que-te-pillo, había varios nidos con polluelos de picos amarillos, que tenían abiertos de par en par, como si estuviesen esperando el maná del cielo.
Sus desmedrados cuerpecillos, con la cabeza apuntando hacia arriba, estaban propulsados por un rítmico movimiento de sube y baja que recordaba la sístole y la diástole del corazón.
Me quedé clavado en el suelo, contemplando a esas criaturas cubiertas a medias por una pelusa grisácea.
Mostraban una actitud exigente que no era de mi agrado. ¿Cómo unos seres tan pequeños y torpes, que agitaban patéticamente los muñones de sus alas, incapaces de revolotear o desplazarse, se atrevían a reclamar nada?
Un impulso cobró forma dentro de mí. Sería tan fácil cerrarles el pico, me dije mirando la manguera.
Su proceder inadecuado merecía un escarmiento. La idea de aplicarles un correctivo se impuso por sí sola.
Mientras más miraba a esos gurriatos bajo cuya piel se señalaban los huesecillos, menos me gustaban. Quizá la sencilla solución sería dejar de mirarlos.
Pero no puedo. Me tienen fascinado.
Un pensamiento surge en mi cabeza como la explicación definitiva a tanta desfachatez: se creen con derecho a la vida.
Y yo sigo allí, convertido en estatua de sal, sintiendo cómo se intensifica el impulso.
¿Qué pasaría si enchufase la manguera? Nadie se enteraría.
Esa tentación me produce embriaguez. No obstante, algo me impide perpetrar la escabechina. Quizá la resistencia a tener que recoger los pequeños cadáveres y tirarlos en un rincón apartado.
¿Qué hacer entonces?
Ya lo tengo: meterlos en cajas de cartón con las tapaderas agujereadas para que puedan respirar.
Serán mis prisioneros. Por mucho que se desgañiten piando, les daré de comer y beber una vez al día. Eso es suficiente, según he oído decir a las personas mayores.
Y que se den por contentos porque les estoy perdonando la vida.

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                                     I
Los hechos que voy a narrar son extraordinarios. Por temor a que se formasen un concepto erróneo de mí, estuve tentado de crear un personaje y endosárselos. Pero me dije: ¿por qué escurrir el bulto? Mi intención no es impresionar sino ser veraz.
Me río de los que hablan de tocar fondo. Yo no lo toqué. La caída fue interminable. Habrá quien exclame: “¡Qué gracioso! Eso no tiene sentido. No es posible estar siempre cayendo”.
Y es cierto. No es posible estar cayendo siempre en la misma dirección, pero ésta puede invertirse y unas veces ir hacia abajo y otras hacia arriba.
Eso fue lo que ocurrió. Unas veces me tragaba el vacío de las profundidades y otras el de las alturas.
Esta absorción se produjo al lado de una torre de sillares ennegrecidos por el transcurso de los siglos. De trecho en trecho, se abría una ventana a través de la cual veía el interior de la torre.
En mis subidas y bajadas tuve ocasión de contemplar las escenas que se desarrollaban en diferentes estancias.
De esta forma fui testigo de una serie de episodios deslavazados.
Bien por falta de tiempo, bien por escapar a mi comprensión, lo único que puedo hacer es consignar lo que vi, sin más explicaciones.

Nota.-En esta entrada puedes leer el cuento completo.

II
Sentados a una mesa desnuda, los dos caballeros hablan sosegadamente de la búsqueda que han emprendido. Comprometidos en cuerpo y alma, esa tarea es su comida y su bebida.
Recuerdan la partida de Camelot y las pruebas que han superado.
Uno de ellos no se ha quitado la armadura. Tan sólo ha levantado la visera del yelmo. Es quien tiene la palabra.
El otro escucha con atención y asiente. Su lanza y su espada están apoyadas en la pared.
Pronto, esta escena es sustituida por las piedras negras y mojadas de la torre, por la oscuridad circundante, por el vértigo de la caída.
Sentados a una mesa cubierta por un blanco mantel, en la que hay dispuestas bandejas de frutas, tres caballeros con cotas de malla guardan silencio.
Uno de ellos sostiene, en alto, una copa.
Entremezcladas con las manzanas y las peras, hay nueces y almendras.
Los paladines están absortos, como esperando un prodigio o una señal.
En el momento en que era arrastrado hacia arriba, creí ver a un hombrecillo ensangrentado emergiendo de la copa.

III
Un caballero rememora su embarco rumbo a Sarras. Luego habla de la integridad y del valor. A veces se expresa en un lenguaje simbólico o recurre a complicadas metáforas, que dificultan la comprensión de su discurso.
Cuando aluden a una rosa única en un jardín cerrado, sus palabras se nimban de misterio y adquieren significaciones contradictorias.
Más abajo, sobre un fondo de pan de oro, un nutrido grupo de personas ataviadas de verde, entre las que hay cuatro vestidas de blanco y tres de carmesí, participa en una reunión que preside, desde su alto sitial, un mitrado.
El cónclave desaparece pronto de mi vista.
En la estancia siguiente predomina el añil.
De hinojos, un poeta ensalza a su amada. Los oyentes, acomodados en los pétalos de una flor, no parecen interesados en el panegírico. En lugar de concentrase en las morosas matizaciones de un asunto tan complejo como las vicisitudes amorosas, parlotean animadamente entre sí.
Sólo tres bienaventurados con túnicas anaranjadas escuchan con la debida atención.
Flotando en una esquina, varios ángeles de alas níveas, gentilmente arrodillados y con las manos juntas, contemplan al poeta de ropaje y tocado azules, que expone su fervor y desgrana sus cuitas en primorosas variaciones.

IV
Con la cara llena de gotitas de sudor, yace el hombre vencido por la enfermedad. Sus fuerzas, como soldados de un ejército en retirada, lo abandonan, dejándolo a merced del enemigo.
Nadie podrá decir que no ha luchado valerosamente, pero su extremada palidez es un signo inequívoco del cariz que han tomado los acontecimientos.
En su lecho historiado, apenas puede mantener la cabeza derecha sobre los almohadones que han colocado a sus espaldas.
Por el aposento han desfilado médicos, curanderos, apoticarios, monjes cantores, rezadoras y herbolarios. Incluso una vez trajeron a una loca que echaba espuma por la boca y ponía los ojos en blanco.
Por último, vino un nigromante. Afirmó que él podía curar o, al menos, aliviar al doliente.
Con las manos abiertas y gesto ceñudo, realizó unos pases mágicos sobre el cuerpo del hombre que, debilitado como estaba, no se opuso.
¿Acaso su mal se podía erradicar con triquiñuelas de feria?
En la penumbra reinante, los muebles y las personas se asemejaban a las piezas de un ajedrez y la habitación al tablero donde se decidía la partida.

V
El viejo de pelo blanco se acercó a la ventana y apoyó las manos en el alféizar.
En latín, pausadamente, me dio las instrucciones.
Me dijo que buscara una piedra votiva, en cuya elección debía poner sumo cuidado.
Tras su limpieza, procedería a su ofrenda al “genius loci”.
Mientras caigo de nuevo, hacia arriba o hacia abajo, no lo sé, y la oscuridad se espesa a mi alrededor, oigo una voz que entona una antigua canción.

Un halcón me llevó consigo
Me subió más allá de las nubes
A las mismas puertas del cielo
Un halcón me llevó consigo
Me subió más allá de la luna
A los mismos pies de las estrellas
Un halcón majestuoso
A mi paso por el bosque

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                 1
Me detuve en el límite del encinar. Ante mí se extendía una vasta pradera. La casa estaba situada en una elevación del terreno que, desde lejos, parecía una meseta en miniatura.
Durante un rato contemplé el hermoso paisaje. Los días de agua y de sol se alternaban y el resultado estaba a la vista.
En la superficie levemente ondulada del herbazal había charcas, en las que proliferaban las plantas acuáticas.
Eché a andar sin prisa. Me hallaba en un peculiar estado de ánimo, en el que se mezclaban la atracción y el recelo.
Las charcas, punteadas de infinidad de florecillas blancas, tan apretadas en algunos lugares que semejaban un mullido tapiz, retenían mi atención.
Cogí una ramita de mastranzo que crecía a orillas de estos aguazales, la estrujé entre los dedos para aspirar su refrescante aroma, y seguí caminando.
Entre tanto verdor, destacaban los ranúnculos de un amarillo brillante.

2
Sin darme cuenta llegué a los pies de la ladera. Despacio, subí y me dirigí a la casa. Su deterioro era mayor del que esperaba. Desde allí arriba se divisaba toda la pradera delimitada por una línea irregular de copudas encinas.
A la cancela del jardín le faltaba una de las hojas y la otra, casi fuera de los goznes, colgaba inclinada.
Los naranjos, membrillos y otros árboles, sin podar desde hacía años, formaban una densa maraña de ramas leñosas.
No se escuchaba ningún pájaro. Pero el murmullo del viento era constante, lo cual no tenía nada de extraño en ese paraje elevado y solitario.
No quedaba rastro de flores. Los animales y los intrusos habían dado buena cuenta de ellas. Sin embargo, el jardín no estaba invadido por la maleza. Tan sólo algunas zarzas habían escalado las tapias y exhibían sus largos tallos espinosos.

Nota.-En esta entrada puedes leer el cuento completo.

3
Conforme me acercaba a la casa por el sendero principal, mayor era mi asombro. La fachada se hallaba cubierta de caracoles.
Nunca había visto tantos en mi vida. Tenía que haber miles y miles.
Yo había venido con la intención de entrar. Como no tenía llave, sólo podía lograr mi objetivo forzando una de las dos puertas que daban al exterior, o escalando la pared y colándome por uno de los tres balcones.
Las dos puertas, en previsión de curiosos y ladrones, estaban provistas de dos barras de hierro con candados de seguridad.
Como había previsto desde un principio, sólo tenía una posibilidad: trepar y entrar por el balcón de la izquierda, el que correspondía a mi antigua habitación. Por este motivo, sabía que el pasador de uno de los postigos no resistiría un empujón.
También había que romper el cristal, pero el verdadero e imprevisto problema lo constituía ese inaudito apiñamiento de caracoles.

4
Se trataba de una variedad de tamaño mediano o pequeño, de carne muy apreciada por los consumidores de estos gasterópodos.
La concha era fina y lisa, blanquecina, con franjas de tonalidad ocre. Se tenía que quebrar con suma facilidad. Imaginé el leve crujido que produciría al ser aplastada.
Inevitablemente iba a tener que perpetrar una escabechina.
Los caracoles no me inspiran ningún sentimiento especial. Recordé la reacción de una inglesa a la que unos amigos invitaron a comer. Cuando se asomó a la olla y vio que contenía un guisado de caracoles, esbozó un inequívoco gesto de repugnancia. Luego se apartó con una sonrisa hipócrita.
Cuando caía un chaparrón primaveral, uno de los juegos infantiles consistía en esperar a que escampara para ir a buscar caracoles. Los cogíamos para hacer carreras, a las que eran reacios.
Para animarlos, les cantábamos: “Caracol, caracol, saca los cuernos al sol”. Algunos obedecían y, extendiendo los tentáculos de su cabeza, inspeccionaban el terreno antes de ponerse en movimiento.

5
El irregular conglomerado tenía varias capas de espesor en algunos lugares.
Era la apoteosis de la espiral, que se agrupaba formando racimos, bullones y guirnaldas.
Pasé la mano por los barrotes de la ventana de la izquierda y los limpié de caracoles.
Los vanos de la fachada estaban enmarcados en un alfiz de ladrillos rojos, que no eran visibles.
Metí los dedos en esa proliferación de conchas y desprendí un bloque que se fragmentó en multitud de pedazos al chocar contra el suelo.
En parte el alfiz quedó al descubierto. Me encaramé a la ventana e inicié el ascenso.
Pasé un momento de apuro a mitad de camino. Apoyado en el borde de los ladrillos y agarrado a los hierros del balcón, no pude hacer nada para protegerme de una avalancha de caracoles que se abatió sobre mí.
Cerré los ojos y aguanté el desmoronamiento de un lienzo de la falsa pared de moluscos.
Me sacudí y seguí trepando. Finalmente, salté al interior del balcón, que despejé de caracoles. Me quité la mochila y saqué el martillo que había guardado en ella.

6
Rompí el cristal y presioné el postigo, cuyo pasador no encajaba bien. No era cuestión de fuerza sino de habilidad y paciencia.
Cuando cedió el pestillo, las bisagras rechinaron y la hoja se entreabrió con desgana. La empujé y el interior, con manchas de humedad y grietas en el cielo raso, quedó iluminado. Sobre todo había polvo.
Lo que veía no me sorprendió. Era, más o menos, lo que esperaba encontrar.
Giré el tirador, pero la madera de la puerta estaba hinchada y resistió mi primer intento de abrirla. Me hizo falta aplicarme con ahínco para que, con profusión de chirridos, me dejara pasar.
Fue en ese momento cuando empecé a notar algo extraño alrededor de mí.

7
Fue como si algo o alguien me aspirara.
Deseché esta idea fantasiosa. A plena luz del día no podían ocurrir cosas raras.
Me bastó dar algunos pasos para salir de mi error. La sensación de estar siendo atraído por un imán se hizo más intensa.
Y esta fuerza magnética iba en aumento, arrastrándome al exterior. Lo cual no dejaba de tener gracia después del trabajo que me había costado entrar.
Cuando la atracción se hizo insoportable, dejé que actuase libremente.
En definitiva, fue un alivio verme flotando sobre la pradera.
El aire fresco, las bandadas de pájaros y las charcas rebosantes de vida me hicieron olvidar rápidamente la casa decrépita.
Sobrevolé un arroyuelo bordeado de carrizos con sus plumosos penachos de la temporada anterior. Más allá, inicié el descenso en una zona salpicada de miosotis azulados, en cuyo centro se hallaba ella.

8
Todas las edades parecían confluir en esa mujer de ojos claros (por más que lo intento, no logro recordar si glaucos o dorados), que destellaban como los de un niño travieso.
Tenía el pelo recogido en un rodete y la piel atezada, como si pasase mucho tiempo al aire libre.
Vestía una blusa blanca y un corpiño cerrado con un cordón. La falda estaba adornada con cintas multicolores.
Cuando me habló, pensé, tal era mi desconcierto, que se estaba dirigiendo a otra persona. Pero allí, aparte de nosotros dos, no había nadie más.
Creo que estuvo sermoneándome, aunque no recuerdo sus palabras sino, vagamente, el gesto reprobatorio de quien está echando una regañina.

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                                    1
No podíamos prever que fuesen a tomárselo tan a mal. ¿O sí? Creo que no nos planteamos siquiera semejante cuestión.
Habíamos batido un record y nos sentíamos orgullosos. Por increíble que parezca, habíamos conseguido cazar cuatro lagartijas.
Cualquiera que haya intentado atrapar a uno de estos veloces y escurridizos animales, sabrá de qué hablo y apreciará nuestra proeza.
Nuestra felicidad era comparable a la que experimentan los adultos cuando les toca un premio importante de la lotería y se ponen a dar saltos, proferir incoherencias y descorchar botellas de champán que han agitado previamente.
Así de contentos estábamos mi amigo Rafael y yo.
No es inmodestia, pero yo obtenía mejores resultados por estar dotado de una cualidad de la que él estaba escasamente provisto: paciencia.
Podía estar al acecho todo el tiempo que fuera necesario. Aunque no lograra cazar a la lagartija, me encantaba observarla. Su movilidad, que le permitía trasladarse de un lugar a otro como por ensalmo, me causaba una admiración sin límites. Era tan veloz que lograba burlar los ojos que la vigilaban atentamente.

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Desde el viejo fortín, antaño utilizado para controlar la bocana del puerto, la panorámica sobre la bahía y Ciparsa es magnífica.
Esa antigua construcción militar y sus alrededores eran uno de nuestros lugares favoritos de aventuras y juegos.
Teníamos prohibido andar por esos parajes porque eran solitarios y peligrosos, pero esta circunstancia constituía un acicate.
Y había, sobre todo, una razón decisiva que nos atraía al baluarte: la abundancia de lagartijas que se calentaban al sol.

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Con una beatífica sonrisa en los labios y a buen paso, marchábamos por el camino con las cuatro lagartijas que habíamos capturado.
Llevábamos una en cada mano, cogidas con firmeza a la par que con cuidado para no hacerles daño.
Las lagartijas, retorciéndose y dando coletazos, trataban de zafarse.
Nosotros las dejábamos hacer. Ya se cansarían de batallar y se darían por vencidas.
El mayor peligro estribaba en que nos mordieran. Pero nosotros éramos unos expertos y, para evitar esa eventualidad, las teníamos sujetas justo por debajo de la cabeza.

Nota.- En esta entrada puedes leer el cuento completo.

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Al principio dispersas y a continuación formando una calle, aparecieron las casas de la ciudad, pequeñas y primorosamente encaladas.
Cruzamos el barrio de los pescadores y nos dirigimos al nuestro, llamado del Monasterio, aunque en la actualidad no hay ninguno.
Exhibiendo nuestros trofeos, entramos en la única calle porticada con que cuenta Ciparsa.
No íbamos maquinando nada, como más tarde nos echarían en cara.
Caminábamos tranquilos y callados, contemplando los arcos almohadillados de un cálido color ocre.
Y de repente se nos ocurrió a los dos la misma idea.
Fue cuando descubrimos al final de la calle a Agustina y a la madre de Rafael, que venían charlando. Ellas no se percataron de nuestra presencia.

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Escondiéndonos tras los pilares, seguimos avanzando. Estábamos tan compenetrados que sólo fue necesario que cruzásemos tres o cuatro palabras.
Las esperamos agazapados cerca del callejón. Cuando bajaron los dos escalones del soportal, salimos a su encuentro con las lagartijas apuntando hacia ellas y las obligamos a entrar en ese pasaje cerrado por una cancela.
Haciendo caso omiso de sus protestas y amenazas, las acorralamos en un rincón.
Agustina no paraba de despotricar, pero nosotros no nos amilanamos.
Al comprobar que no lograban nada con las recriminaciones, pasaron a los ruegos. Pero Rafaelito y yo éramos duros de pelar.
Bien plantados sobre nuestros pies y con las lagartijas coleando en las manos, permanecimos impasibles.
Las dos mujeres, temiendo lo peor, se habían puesto de lado.
Cuando dimos un paso adelante, dejaron de suplicar y nos lanzaron un furibundo ultimátum.
Como nosotros éramos los dueños de la situación, no nos arrugamos.
− ¿Se las tiramos a mi madre?
−No, a tu madre no. A Agustina, que le dan más miedo.

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Todos los bichos despertaban mi curiosidad. Esta afición fue una fuente de problemas para mí, pues a mi madre la horrorizaba cualquier animalejo con menos de veinte centímetros de largo, que es la longitud aproximada de una lagartija común.
Para su desesperación, uno de mis pasatiempos favoritos consistía en desenterrar lombrices, que mi madre me obligaba a despachurrar con el cuento de que eran dañinas para sus flores.
En el huertecillo, me dedicaba a levantar piedras para ver lo que había debajo. Normalmente encontraba cochinillas que, en cuanto las tocaba, se convertían en bolas de color gris, con las cuales me llenaba los bolsillos.
Lo malo era que, una vez en casa, se desenrollaban y trataban de recuperar su libertad.
Prefiero pasar por alto la reacción de mi madre cuando descubría estos intentos de evasión.
También cazaba saltamontes, escarabajos cornudos, negros como el azabache, y hermosas mariquitas de color naranja. E incluso escorpiones, que encerraba en un bote de cristal con la tapa agujereada.

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A Agustina le dio un soponcio. Se puso blanca como la pared y, a pesar de agarrarse a los barrotes de la cancela, cayó redonda.
La reanimaron con agua fresca. Poco a poco volvió en sí y, más muerta que viva, la llevaron a su casa.
En vista de que le seguían temblando las piernas y la voz, alguien propuso llamar a un médico. Agustina se opuso y sólo permitió que le preparasen una tila.
También se negó a que avisaran a su marido. Hijos no tenía.
A las vecinas no les pareció bien dejarla sola en ese estado de choque, por lo que una de ellas se ofreció a hacerle compañía.
Agustina, que era muy suya, se resistió alegando que se encontraba mejor. Pero como nadie gana en tozudez a un grupo de comadres decididas a realizar una buena acción, tuvo que transigir.

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Francisco, el marido de Agustina, estuvo a punto de soltar una carcajada cuando le contaron lo ocurrido. Las severas miradas que le dirigieron su mujer y la vecina, lo disuadieron de tomar a broma ese lance.
Fue el único que intercedió por nosotros, aunque sus buenos oficios no impidieron que nos librásemos del castigo. Ni siquiera consiguieron atenuarlo.
La amistad entre Rafaelito y yo se fue al traste. Según sus padres, yo no era una compañía recomendable. Los míos opinaban lo contrario.
Nuestras correrías en común pasaron a la historia.
Cuando nos cruzábamos por la calle, nos mirábamos de reojo e incluso esbozábamos una sonrisa, pero no nos hablábamos.
Por separado, nuestros padres nos obligaron a ir a casa de Agustina a pedirle perdón y a prometerle que nunca más cometeríamos una fechoría semejante ni con ella ni con nadie.
Agustina, que había recobrado el color y la firmeza en las piernas, se mostró seria y dolida durante toda la entrevista.
De mí, tras aceptar mis disculpas, se despidió dándome un pescozón al tiempo que decía:
−Anda que Dios te lo manda.

9
A raíz de este incidente, tuve un sueño que, cada cierto tiempo, emergía como un recordatorio.
He cazado la lagartija más hermosa de mi vida, con una larga cola que se agita sin cesar, una cabeza triangular y afilada, unos ojillos vivos y una boca que se abre con fiereza.
Su vientre, blanco y blandito, es suave al tacto. En el dorso tiene una banda central de color pardo y otras dos laterales de color verde, que se van tornando azules conforme se acercan al abdomen.
Me dirijo al puerto, que está muy animado durante la mañana, pero que por la tarde es uno de los lugares más solitarios de Ciparsa.
Entre los almacenes, destaca la lonja de pescado con sus cenefas de color albero.
No tengo prisa por llegar. Y, además, debo estar atento a la lagartija, que se retuerce como un contorsionista.
Desde la esquina de uno de los tinglados, contemplo el Atlántico.
Atravieso la parte asfaltada del muelle y me encamino a la que está adoquinada.
En los noráis no hay amarrada ninguna embarcación.
Sólo se escucha el discreto chapoteo del oleaje contra el dique.
Las aguas azuladas, sobre las que cabrillea el sol pespunteándolas de fulgurantes destellos, permiten distinguir el fondo arenoso.
Peces solitarios o en pequeños grupos se desplazan plácidamente de acá para allá.
No lo pienso más y hago aquello para lo que he venido: arrojar la lagartija al océano.
Mientras da vueltas por los aires, diviso una criatura negra que se acerca a una velocidad alarmante.
Atribulado, miro cómo se hunde la lagartija en el agua al tiempo que avanza la gigantesca anguila con las fauces entreabiertas en lo que me parece una macabra sonrisa.

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Estudié, ingresé en la administración pública y me instalé en Sevilla sin que el sueño dejara de aflorar regularmente, produciéndome siempre idéntica consternación.
Para poner fin a esta situación, una idea me rondaba la cabeza desde hacía tiempo, pero me sentía incapaz de ponerla en práctica.
Estaba convencido de que carecía de facultades artísticas. Así pues, por temor a meterme en camisa de once varas, pospuse este proyecto sine die, no por desidia sino por inseguridad.
Y acabé resignándome a que la solución me viniese de fuera. Incluso creí encontrarla en un compañero de trabajo.

11
Alejandro Monzón había estudiado Bellas Artes, era pintor y había realizado varias exposiciones.
Era una persona insustancial que soltaba risotadas sin ton ni son, siempre empeñada en mostrarse alegre como si de una obligación se tratara.
Pensé que no le importaría ayudarme. Por mi parte, estaba dispuesto a pagar su trabajo.
Se negó a aceptar mi dinero, pero creo que si hubiese insistido un poco más, habría cambiado de opinión.
Reconozco que su manoteo y sus carcajadas extemporáneas me daban mala espina. Y, sobre todo, su atención dispersa que, pese a sus cabezadas de asentimiento, me hacía dudar de que me estuviese escuchando realmente.
Cuando me enseñó el boceto, mis sospechas se confirmaron.
Traté de disimular mi decepción. Lo que estaba contemplando, a pesar de las indicaciones que le había dado, sólo tenía un lejano parecido con lo que le había encargado.

12
Me matriculé en una academia de dibujo, adonde iba tres tardes por semana.
El profesor, Carlos Pineda, tenía fama de cuentista. Era un pintor que no había logrado introducirse en los circuitos comerciales y, por razones de subsistencia, se veía abocado a dar clases.
Pero la enseñanza no le atraía y bien que se le notaba.
A las explicaciones técnicas, las inevitables repeticiones y las tediosas correcciones, prefería las disquisiciones sobre el Arte.
Aunque suplía la profesionalidad con una buena dosis de cara dura, es justo reconocer que, cuando se ponía a divagar, decía cosas interesantes.
Uno de sus ritornelos favoritos versaba sobre nuestra mediatizada visión del mundo y de nosotros mismos. Para recuperar las formas y los colores originales o verdaderos se hacía necesario un proceso que él llamaba de “purificación de la mirada”.

13
El segundo año, cuando ya había alcanzado cierta pericia, expuse a Carlos el proyecto que quería realizar.
Le pareció una idea original y quiso saber la razón, en el caso de que hubiera alguna, por la que había escogido ese motivo.
Dije lo primero que se me vino a la cabeza:
−Conjurar un sueño recurrente.

14
Titulé la obra “El escudo de armas”, que, lógicamente, consistía en un emblema de una gran sencillez, sin adornos exteriores como coronas, collares o banderas.
Tampoco inscribí ninguna divisa aunque pasé un tiempo buscando y, de hecho, disponía de varias.
Mi intención era que primara la estilización y que la composición fuera sobria y equilibrada.
Tuve que hacer y tirar muchos bocetos antes de lograr mi propósito.
Sobre un fondo negro, mirando a la izquierda, pinté de perfil dos lagartijas de cabeza triangular y afilada, ojos vivos y una larga cola curvada, una debajo de otra, enmarcadas en un borde ajedrezado de escaques azules y argentados.
Cuando Carlos me pidió una descripción del cuadro, respondí:
−Dos lagartijas de plata en campo de sable.

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