abril 10, 2013 por Antonio Pavón Leal
Cuando no sé qué hacer y me asaltan las dudas,
me oprime la tristeza o siento un desapego
enfermizo, malsano, por mi propia existencia,
mi primera reacción es dejar que me arrastren
en su loca carrera los caballos furiosos
de mis programaciones, de ese montón de cosas,
a cual más importante, que exigen mi atención,
mi tiempo, mi energía, que no admiten demora
¿Es que no puedo estar a solas con mis dudas?
¿es que no puedo estar a solas con mi hastío?
¿mirarlos a la cara? ¿un rato estar con ellos?
¿es que no puedo estar sencillamente quieto?

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abril 8, 2013 por Antonio Pavón Leal
Estaba sentada en el alto trípode ante el que se abría la grieta como una boca deforme.
Los emisarios de la ciudad le expusieron la razón de su visita que era, otra vez, la guerra. Querían saber si debían aliarse o no con sus vecinos frente a la potencia extranjera o pactar con ésta para evitar la invasión.
La sibila, en su alto sitial de marfil, los miraba ausente. Ya había respondido anteriormente a esa cuestión. Y ellos fingían no captar el sentido de las revelaciones del dios. Se comportaban como sordos. En cualquier caso ellos tenían la última palabra. Tan presuntuosos eran y en tanta estima tenían su corto entendimiento.
A éstos o a otros ya les dijo: “Vuestra burda naturaleza es semejante a la del corcho. Sois incapaces de profundizar e incapaces de elevaros. No sois ni peces ni aves. No domináis ni el agua ni el aire. Estáis a merced de las corrientes y de los vientos”. Pero cuando una desgracia se abatía sobre ellos, peregrinaban hasta la gruta esperando que la sibila cayese en trance y a través de ella se manifestase la divinidad.
Ciertamente sus gestos descomedidos, sus visajes, sus inauditas contorsiones les inspiraban terror. Y sobre todo su voz inmemorial.
La delegación de notables contemplaba a la mujer de tez morena y ojos azules, que tenía recogido el pelo con una cinta del mismo color. Parecía en la flor de la edad o, más bien, sin edad.
En la cueva había varios gatos que se paseaban indolentes o permanecían echados, estudiando la escena con suprema indiferencia.
Un sapo gordo con la piel reluciente, al lado de la sibila, se puso en pie y se hinchó de aire.
Habían hecho un largo viaje en busca de una respuesta a sus problemas políticos. Una respuesta concreta a problemas concretos de alianzas y traiciones.
El último tramo del camino estaba bordeado de margaritas. Formaban a ambas márgenes una alfombra blanca y dorada que ningún suplicante se atrevió a pisar.
De la grieta que comunicaba con las entrañas de la tierra, salían nubes de gases cuyo olor sulfuroso impregnaba el recinto.
Sentada en su trípode, la mujer permanecía en una actitud solemne y distante.
Sus cabellos no se encresparon ni se puso a jadear echando espuma por la boca. De su pecho no se escaparon horrendos rugidos. No retumbó la voz del dios.
Los vapores provocaron náuseas en los miembros de la delegación. La sibila respiraba pausadamente, como si la hendidura, en lugar de fétidas emanaciones, exhalase ráfagas de brisa primaveral.

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abril 5, 2013 por Antonio Pavón Leal
Qué mayor desgracia puede sobrevenir que dejarse atrapar en el sueño de los demás, que convertirse en un peón de sus expectativas, de su concepción de lo que es divertido, vale la pena o es conveniente hacer.
Pero esta vez rasgó esa telaraña invisible en la que tan a menudo había quedado preso. Esa telaraña de mallas tan seguras como los barrotes de hierro de una cárcel no pudo impedir la evasión.
El vaso que estaba lleno rebosó con una sola gota más. Era increíble, comentaron, esa reacción, increíble y desproporcionada.
Qué importancia tenía esperar una hora más. Pero eso era sólo la gota.
Le llovieron las críticas. Lo llamaron egoísta y maleducado. Lo acusaron de no tener que ver nada con nadie, de ir a lo suyo. Pero nada más lejos de la realidad. Nunca le pasó por la cabeza someter a los demás a sus propios sueños.
Estaba cansado de protocolos, de formulismos, de hacer lo correcto según normas implantadas por otros. Aun siendo consciente de que vivir en sociedad implicaba hacer concesiones, quería respetar su ritmo interior, su propio tempo.
La contemporización es un juego con sus reglas. Si éstas no se respetan o es el más desconsiderado quien impone las suyas, entonces no tiene sentido jugar.
No entendieron que cogiera el coche y se fuera sin decir adiós. No creían que un retraso de una hora fuese motivo suficiente para tomar esa decisión.
Pero ese retraso fue la última gota.
Cuando uno ha llegado al límite, cuando plegarse un centímetro más equivale a romperse, lo único que cabe hacer es tomar el portante.

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abril 3, 2013 por Antonio Pavón Leal
III
Expulsando una bocanada de humo, Paquito dijo que había un medio infalible de averiguarlo. Si estaba interesado en este asunto, él le daría la clave.
Julián, un tanto escamado, hizo un vago gesto afirmativo.
“¿Tú con qué sueñas?”
Naturalmente Paquito no se refería a sus ambiciones sociales ni a sus pretensiones artísticas.
“El quid de lo que somos se encuentra en nuestras fantasías más íntimas. Ese espejo nos revela tal como somos en profundidad. Cuando nos miramos en él, la imagen reflejada es siempre verdadera”.
El perspicaz Paquito apagó el cigarrillo, encendió otro y prosiguió diciendo: “¿Qué bulle en tu cabeza cuando te desvelas y te pones a dar vueltas en la cama? ¿Qué fantasmas te rondan o te asedian? ¿Cuáles son tus sueños inconfesables?”.
Señalándolo con la mano que sostenía el cigarrillo, Paquito concluyó: “Con nuestras fantasías no jugamos. Tu audacia para realizarlas te permitirá ser no sólo un maestro de la pintura sino, lo que es más importante, un maestro de la vida”.
El silencio reinaba en el salón escarlata. No sólo el niño terrible del arte contemporáneo estaba deseoso de saber quiénes eran y qué exigían los asaltantes nocturnos de Julián. También los demás estaban expectantes.
El joven no veía en la cara de esas mujeres y hombres estragados la dicha subsecuente a la ejecución de sus propios delirios. A lo mejor no habían dado en la tecla todavía.
Las nubes se habían espesado y la grisácea luz exterior se había oscurecido. El salón escarlata adquirió un tinte lóbrego.
Julián respiró aliviado cuando llegó la hora de la despedida. Fue el primero en irse. No recordaba si había tomado el café que le había servido doña Gertrudis, la cual lo acompañó de nuevo por el largo pasillo.
El joven alcanzó a oír a Amelia San Miguel que decía: “Lo has asustado. Has sido malo” y risas entremezcladas con un golpe de tos.
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abril 2, 2013 por Antonio Pavón Leal
II
Él tenía dotes de pintor, reunía los requisitos para estar allí. Desgraciadamente no se le ocurría nada, así que con una sonrisa bobalicona se limitaba a mirar a uno y a otro, según quien tomara la palabra.
En ese momento la tenía Amelia San Miguel que, arrellanada en una esquina del sofá, peroraba sobre el número exacto de vergajazos que son necesarios para andar derecho.
Paquito Herrera, en la otra esquina, no quitaba los ojos del aspirante a artista que empezó a sentirse molesto por esa actitud impertinente, así como también por el tema de conversación. Pero disimuló su incomodidad y puso a mal tiempo buena cara.
El número de vergajazos, apuntó doctamente Jorge Domínguez, varía según la naturaleza y la idiosincrasia de las personas. Y preguntó a Julián cuántos necesitaba él.
No tenía ni idea. Nunca se había planteado semejante cuestión. Ni siquiera era consciente de tener inclinaciones masoquistas.
No se trata de masoquismo, puntualizó doña Gertrudis. Julián advirtió que la situación lo estaba sobrepasando. En lugar de desenvolverse con mundanidad se sinceraba como un colegial pillado en falta.
Doña Gertrudis citó el caso de un conocido que sabía al milímetro las medidas de su correctivo.
Los contertulios en bloque reconocieron la sabiduría de ese señor y envidiaron su grandísima suerte, porque el que más y el que menos andaba perdido al respecto, ignorando ese dato preciso y precioso que los reconciliaría consigo y con el mundo.
Paquito Herrera, que hasta ese momento había permanecido en silencio, dirigiéndose a Julián, le espetó: “¿Y a ti qué te hace falta para ser feliz? ¿O ya lo eres?”
El interpelado se mostró confundido. Ignoraba si era o no era feliz. En cuanto a los medios para alcanzar ese estado, declaró que ojalá supiese cuáles eran. Su objetivo era ser pintor y abrirse camino en ese campo. Por eso estaba allí, en el salón escarlata. Todo lo cual fue expuesto en otro arrebato de ingenua franqueza.

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abril 1, 2013 por Antonio Pavón Leal
I
Estaba empeñado en introducirse en el círculo de doña Gertrudis y conocer a sus contados y selectos miembros, todos grandes figuras de las artes, entre los que destacaba Paquito Herrera.
Mientras subía la escalera del inmueble antiguo del centro de Madrid, le asaltaron dudas sobre si había hecho bien en aceptar la invitación que no había partido de la anfitriona, sino que se debía a los buenos oficios de una tercera persona, pues era él quien estaba empeñado en codearse con esos prestigiosos artistas que se daban cita en casa de doña Gertrudis.
Desechó su incertidumbre. Después del trabajo que le había costado conseguir el pase, no iba a dar media vuelta.
Llamaría a esa sólida puerta de nogal ante la que se encontraba y entraría.
Pensaba que iba a abrirle una asistenta pero fue la misma doña Gertrudis quien le dio la bienvenida. Este recibimiento infundió confianza a Julián Morales.
Más tranquilo, siguió a la dueña por un largo y sombrío pasillo hasta la habitación en la que ya se encontraban los demás.
En el centro había una mesa redonda de ébano. El suelo estaba cubierto con una alfombra escarlata a juego con las cortinas y el tapizado del sofá y de los sillones, color del que tomaba su nombre el salón. El verde botella fileteado de oro de algunos cojines ponía una nota de contraste.
En las paredes colgaban cuadros de los presentes y de otros pintores. En una consola de anticuario había estatuillas y objetos que, aunque lo pareciesen, no eran ceniceros. Al lado se erguía una lámpara de líneas ondulantes que miraba al techo, la cual daba un toque de originalidad a un salón tan convencional.
Por la ventana entraba la luz mate de un día nublado.
Tras las presentaciones, los saludos y el escaso interés que suscitó el recién llegado, la conversación siguió su curso sin que Julián supiera ni cuándo ni cómo intervenir, aun sintiendo la necesidad de que debía hacerlo so pena de quedar como un palurdo.

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