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Cantueso (III)

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Rueda solar, llave del paraíso.
La serpiente clavada en una estaca
ha dejado de darnos la matraca.
A sus silbos hacemos caso omiso.

Emblema totalizante y preciso.
Rada o puerto donde el deseo atraca
y lo inunda la luz de la baraca.
Refugio del cansado y del remiso.

Árbol de vida, intrépido navío
que hunde su quilla en proceloso mar,
bolineando con singular trapío.

Anzuelo del maligno, lirio albar,
camino sin atajo ni desvío,
cadalso glorioso, rueda solar.

 

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Raíces

 

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Macaria

Pasaba gran parte del día en el umbral de su casa, mirando directamente a los ojos de los transeúntes que cruzaban la calle Alfolí.
Macaria los interpelaba con una sonrisa que mostraba su dentadura cariada. Todos pasaban de largo sin prestar atención a esa mujer de pelo ensortijado y edad indefinida, con una bata estrafalaria que parecía la túnica de un nazareno. Todos menos los niños que se paraban y formaban un corro a su alrededor.
De hecho, los niños venían a buscarla. Cuando no la encontraban en el umbral de granito, llamaban a la puerta y preguntaban por ella.
Macaria tenía fama de no estar en sus cabales. La gente decía que cuando muriesen sus tíos, sería internada en un asilo, porque ¿quién iba a hacerse cargo de ella?
Para los niños no era una lunática sino una maga con el poder de avivar colores y conjurar imágenes, razón por la que era muy apreciada.
Esa tarde estaba con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
A Macaria le gustaba cantar pero como desafinaba espantosamente, sus actuaciones acababan en abucheos. Eso era lo que había ocurrido.
Un vecino desaprensivo y su propia tía la habían mandado callar.
El vecino, con acritud, había añadido: “Como sigas cantando, van a caer chuzos de punta”.
Los niños trataron de consolarla. Uno de ellos le pidió que fuera por su varita de avellano.
Los chavales aplaudieron cuando Macaria regresó con ella. A continuación la mujer trazó círculos y otras figuras en el aire. Incluso se puso a bailotear mientras convocaba a las imágenes.
Por fin, del reino de las transformaciones y de las renovaciones, de las cohesiones y de las disgregaciones, surgió la primera representación.
Una niña dijo: “Macaria, eso es un cementerio” “Es verdad” “Y eso que se ve ahora es un entierro”.
Luego aparecieron varias hileras de nichos, unos vacíos y otros con su inquilino dentro. A continuación los niños contemplaron a un tullido que iba por un camino solitario.
“¡Ése es el camino del cementerio!” exclamaron.
La maestra de sueños y visiones no estaba de humor. Los espectadores hicieron un gesto de contrariedad cuando el aire se tachonó de manchas amoratadas, como hematomas en un cuerpo apaleado.
Esto era suficiente. Estaba claro que Macaria seguía enfurruñada.
“Bueno, nos vamos” “Mañana será otro día” “Adiós”

 

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Ajo de culebra

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Paisaje (XI)

 

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Arrastrando los pies, las manos a la espalda,
abriéndome un camino entre la multitud
que lo invadía todo, tratando de no hacerme
la obstinada pregunta que surgía en mi mente,
pues me habría abatido definitivamente
bajo la luz de neón descarnada, inclemente,
que teñía los rostros de un tinte cadavérico,
arrastrando los pies, cansino, resignado,
por entre tantas calles repletas de productos
que llegan hasta el techo, que a los ojos se ofrecen
seductores, mimosos, con música de fondo
interrumpida a veces por una bien timbrada
voz que te recomienda, te informa, te sugiere,
en este paraíso del consumo a destajo,
donde lo artificial, lo engañoso, lo falso
dominan por doquier, entre grandes ofertas,
compre dos lleve tres, estamos liquidando,
entre tantos montones de cosas tentadoras,
de carros rebosantes, de flamantes artículos,
de gente presurosa, de apelotonamientos,
de gente cachazuda con los carros vacíos,
de cajeras cansadas con ganas de acabar,
sin saber lo que hacer ni hacia dónde mirar,
abandonado ya a mi destino cruel,
me dirijo mareado hacia un rincón tranquilo
dentro de lo que cabe, y mis ojos se posan
con incredulidad en una rosa enana,
en una rosa roja de delicados pétalos,
en una cosa viva, perfectamente hermosa,
no sé de qué me asombro puesto que así es la rosa.

 

 

 

 

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III
Aquí está mi centro. El centro es el lugar donde todo tiene consistencia y realidad.
Allí son las afueras por donde uno vaga sin consuelo como las almas de los condenados en el infierno.
En ese destierro el tiempo y el espacio son irreales, desprenden un resplandor lunar que va calando en tu interior hasta convertirte en un fantasma.
En ese destierro te sientes ajeno a ti mismo, sufres un proceso de extrañamiento, los sentidos se embotan, la mente se nubla.
Aquí los gestos te incardinan en el mundo, no son repeticiones absurdas. La luz de este reino realza las formas y los colores. La vida se revela en sus inabarcables dimensiones.
Aquí la vida no es una pantomima, una fantochada, un relamido ballet. No es un paréntesis deprimente, una apostilla de difícil comprensión, un edificio de cimientos de arena.

IV
Olvidarme de ti equivaldría a morir de la peor de las muertes. Sería convertirme en un zombi. Como los que pululan por allí.
El centro es el lugar de la existencia y de la energía, el punto de intersección del tiempo y de la eternidad. En el centro convergen el pasado y el futuro que se condensan en un presente glorioso.
Es aquí y únicamente aquí donde se manifiesta lo real absoluto porque, no hace falta decirlo, éste es un enclave santificado por nuestros sufrimientos, nuestras alegrías, nuestras ilusiones, nuestros sueños.
Aquí, en esta casucha con su emparrado y su huertecillo, donde vives ahora con el porquerizo, está mi ónfalo, mi montaña, mi faro, mi imán. Aquí está el santuario donde las oraciones brotan puras y sinceras del corazón.
Incluso el mal ocupa aquí su lugar como algo incompresiblemente necesario.
Ayer estuve paseando por el pueblo, por ese laberinto de atracciones y repulsiones, por esa amalgama luminosa, por la matriz en que fuimos gestados, por el crisol en que nos forjaron.
Estuve recorriendo la Orujera, el barrio más antiguo de Las Hilandarias. A medida que me adentraba en sus calles pavimentadas de adoquines y subía sus cuestas, los recuerdos se reavivaban, me renovaba, me expandía.
Los adoquines se convirtieron en teselas de colores que figuraban peces, aves, plantas…y las calles en antesalas de un grandioso templo en cuyo tabernáculo se guarda el secreto de los secretos.
Aquí te dejo esta vela de cera de abeja. Esta modesta ofrenda. Esta prueba de que te tengo presente.

 

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I
No te he olvidado. Menos aún traicionado. A veces, ya sabes, las circunstancias se imponen y hay que doblegarse. La falta de tiempo, el cansancio, las obligaciones que anteceden a las devociones aunque éstas ocupen el primer puesto en tu personal escala de valores.
No, nunca he leído en tu mirada una crítica ni abierta ni velada. Nunca he detectado la más leve recriminación.
Soy yo quien me digo que tengo una gran facilidad para hilvanar explicaciones, una bochornosa habilidad para la autojustificación y la autoindulgencia.
No, nunca se te ha ocurrido dirigirme reproches. Pensarás que bastante tengo con ser un tramposo que se engaña a sí mismo.

II
Fui a buscarte a casa del porquerizo pero no estabas. El Belloto me dijo que habías salido a pasear. Seguramente, me indicó, te encontraría a orillas del arroyo donde te gusta sentarte a contemplar el agua y a escuchar su murmullo.
Pero tampoco estabas allí. Anduve de acá para allá pero mis pesquisas fueron infructuosas.
De vuelta a la casa, le comenté al Belloto que tu rescate, por llamarlo de una manera inapropiada y pretenciosa, es la tarea que da sentido a mi vida. Ya sé que estas palabras suenan a despropósito.
El rescate de ese mundo que tiene el poder de dotar de realidad a los actos, de hacerlos verdaderos, de revestirlos de belleza. De ese mundo de raíces tan profundas y del que ascienden pulsiones como derechazos que me dejan literalmente noqueado.
Con las vivencias primordiales no caben componendas. Puedo disfrazarlas o disfrazar mi cobardía con vistosos ropajes.
Pero cuando más emperifollado estoy, una de esas bombas explota en mis narices recordándome mi condición de desertor.
No voy a repetir las manidas razones de mi inhibición. Esos motivos ajenos a mi voluntad. Esas obligaciones que me desbordan. Mis propias limitaciones.
Aunque no me creas, y estás en tu derecho, estoy deseoso de recorrer estos caminos, de pasear por las calles del pueblo, de entrar en sus casas, de hablar con sus moradores, de cederles la palabra y escuchar religiosamente sus historias.

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