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I
He ido y he vuelto
sin descubrir tu secreto.

Mientras aliento me quede,
iré y volveré mil veces.

II
Aunque te escondes
y te escabulles,
aunque te velas
y me rehúyes,
estás ahí.

Estás ahí,
mirando fija,
tras los postigos,
tras las cortinas
en los umbrales,
en las esquinas,
en los bandazos
que da la vida.

 

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Vinagritos (I)

 

 

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Anaida era rolliza y desvergonzada. Como hacía sufrir mucho a sus profesores, algunos de ellos estaban deseosos de darle un escarmiento. Pero ninguno se atrevía por temor a las consecuencias.
Al profesor de matemáticas, por esos azares del destino, se le presentó la ocasión de poner un par de banderillas a esta res. Y la agarró por los pelos (a la ocasión).
Estaba de guardia, haciendo la ronda por el instituto, cuando se encontró con la moza que, delante de él, subía la escalera. Estaban los dos solos.
La llamó: “¡Nereida!” “Nereida no, Anaida” “Lo mismo me da” Y prosiguió: “Hay que ver lo gordita que estás”.
No se aventuró a decirle lo que realmente pensaba: “Hay que ver lo gorda que estás y lo gorda que caes”.
Anaida, mirando al profesor con una sonrisita atravesada, repuso: “Es que me gusta mucho comer” “Pues deberías comer menos y estudiar más”.

 
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Estampa

Contemplando el paisaje, contemplando los campos,
el inmenso damero que forman los sembrados,
se les ve tan ajenos, se les ve tan callados
en el firme antepecho donde están acodados.

Parecen repensar los temas sempiternos:
la vida tan fugaz, el amor, sus quebrantos,
o sea, nada nuevo.

Con la mirada fija en algo que ellos sólo
vislumbran a lo lejos, uno empieza a dudar.
Silenciosos, serenos ¿son ellos de verdad?

¿Es ella la matrona de generosas carnes
que atrona a los chiquillos con su voz retumbante?
¿Es él el ganapán que, cuando la boca abre,
es para desbarrar, otra cosa no sabe?

El aire transparente, la pureza del cielo.
Como en piedra tallados, esos dos rostros serios
son los suyos. Son ellos.

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El poeta

Él había querido ser poeta. Pero esta condición no se elige. No depende de uno serlo o no serlo. Tal vez de los dioses, del destino, de quién sabe qué fuerzas que se mueven libres por el mundo, que pasan raudas, sin musitar ni una triste sílaba en los oídos de la mayoría de los mortales.
Querer ser poeta es tan disparatado como querer tener el don de la profecía, la capacidad de ver el futuro y predecir los acontecimientos para ayudar a los hombres que, por lo general, rechazan esos angélicos intentos de apartarlos del abismo. Por lo general, prefieren caer y desnucarse.
No se trata de querer sino de ser elegido. Se puede estudiar y aprender técnicas, se puede ser un alumno aplicado, pero en este campo la diligencia no garantiza la realización de los sueños.
No es la inteligencia la que prevalece en los poetas sino su capacidad de oír y su disposición a servir.
No hay que entristecerse por ello. Las palabras que susurran los dioses enloquecen a menudo a los hombres o los hunden en la desesperación.
Esas palabras ligeras como hojas, cortantes como cuchillos, reveladoras y creadoras de misterios, son un regalo que sólo unos pocos reciben.
Él había soñado con ser un buceador del alma, un explorador de la belleza, un alquimista de la pedestre realidad, un intérprete de los arcanos, un mensajero de lo ignoto, un humilde portador y escanciador de palabras sagradas.
A veces le ocurría que se notaba ingrávido, como si fuera a ponerse a flotar de un momento a otro. Como si le hubiesen nacido alas que aún no sabía utilizar, pero que estaban ahí, en sus espaldas, para elevarlo a las alturas cuando llegase el momento.
A veces se sentía alado y ligero como los pájaros. A punto de emprender el vuelo. Tocado por la divinidad. Tembloroso.

 

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Cardo mariano

 

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La procesión

I
Los habían colocado en la habitación de en medio, larga y alta. El suelo era de ladrillos pulidos y barnizados.
Era un lugar fresco y acogedor, con el techo de madera, espejos, cuadros y una vitrina.
Entre los dos ataúdes había un cirio encendido que arrojaba una luz dorada a su alrededor.
Las sillas adosadas a la pared estaban vacías.
Me acerqué y contemplé el cadáver de mi padre. Permanecí un rato inmóvil, sin pensar en nada.
Me sobresalté cuando me llamaron.
Aparté la mirada del rostro de mi padre y la fijé en la puerta. Enseguida apareció el tío Julio.
Ni siquiera iba a dejarme tranquilo en estos momentos. ¿Qué tripa se le había roto ahora? ¿A qué debía ayudarlo? ¿Adónde tenía que ir sin falta?
II
Los familiares y amigos fueron llegando y sentándose en las sillas. A la cabecera de los ataúdes estaban mi madre y las tías.
Había un rumor de fondo procedente de la calle.
Cuando llegó la hora de transportar los féretros a la iglesia, que era de donde partiría la procesión, el tío Julio repartió las doce almohadillas.
Doce hombres se las pusieron en el hombro y cargaron con las cajas.
III
En la iglesia sólo había ataúdes. Ni bancos, que habían retirado y amontonado en el patio, ni acompañantes, que esperaban en la calle donde formaban una multitud compacta.
Por fin apareció un monaguillo con una cruz. La gente se dividió y abrió un pasaje. Luego salió el cura y otro monaguillo que llevaba un acetre.
Detrás empezó el desfile de ataúdes de dos en dos. Cuando todos estuvieron fuera, los deudos con coronas de siemprevivas ocuparon sus puestos y el cortejo se puso en marcha.

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Aneas (I)

 

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