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Tamiza el visillo
la luz de la tarde,
destila la estancia,
de estío, el sopor.
En coqueto vaso
que dejó el acaso
en una repisa
del aparador,
cortada, caída,
dormita la flor.
En una butaca,
la niña, tendida,
gentil, presumida,
que guarda en el seno
secretos de amor,
la mira aburrida
y lleva, perdida,
la mente a su amor.
Frente a la butaca,
pintado en un lienzo,
arcaico, elegante,
se planta un señor
que luce un bigote
y lleva una espada
caída, arrastrada,
y mira, sonriente
y un poco cargante,
a la bella niña
que sigue caída,
preciosa, indolente
y casi dormida
sobre el butacón.
En la mesa, el gato
de pelo sedoso
y mover unduoso,
con un cascabel
y un lazo de raso
que le da calor,
entorna los ojos
y mira al señor
que mira a la niña,
que mira a la flor,
que, blanda, declina
en el bello vaso,
sobre la repisa
del aparador.
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Desde el día en que el delegado lo invitó a almorzar en su casa, razón por la que anduvimos buscando a Alberto por todo el instituto sin encontrarlo, uno y otro nos fuimos distanciando.
Cuando se acercaba a una reunión en la que yo sentaba cátedra, experimentaba un placer maligno en recibirlo a voces por honrarnos con su presencia.
Incapaz de mandarme a hacer gárgaras, aguantaba estoicamente mi andanada de sandeces.
Yo interrumpía el tema sobre el que estaba pontificando para agasajarlo como es debido. Cuando retomaba mi discurso, hacía todo lo posible para involucrarlo.
Sabía que no le gustaba hablar en público. Se ponía nervioso, se aturrullaba. Si, al pedirle su opinión, lo instaba a no contestar con un monosílabo o una lacónica frase, a veces nos sorprendía con una ocurrencia que suscitaba la hilaridad de los presentes.
“Ya veo que vas aprendiendo” le decía coreando las risotadas.
Me aficioné a buscarle las cosquillas delante de la gente.
Mis intentos de ganármelo de nuevo chocaron lógicamente con su reticencia. Incluso cuando eran sinceros, dudaba de mi buena fe. Por lo demás, yo no desaprovechaba la ocasión de acrecentar mi fama de bocazas.
Quizás por afecto, quizás por bondad, Alberto empezó a mostrarse menos receloso.
Habría recuperado su confianza de no haber intervenido el delegado que convirtió en un deber la obstaculización de mis planes.
Invitaba a comer a Alberto e incluso lo convenció de que pasara un fin de semana en Sevilla, de forma que acabó creándole la obligación de corresponder.
Un viernes, cuando vi al delegado en el autobús con una bolsa, me entraron ganas de darle un puñetazo en la cara para borrarle su estúpida sonrisa.

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Sólo Tú existes
Por el camino
Los locos y los tristes

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El delegado y Alberto se hicieron inseparables. Se les veía juntos dentro y fuera de clase, al primero hablando y gesticulando, al segundo atendiendo y asintiendo.
Cuando don Justino acometió la explicación de los fundamentos del ser, sus interminables conversaciones metafísicas adquirieron una dimensión religiosa. El Dios bíblico emergía aquí y allá de entre una maraña de causas intrínsecas y extrínsecas. Nuestro profesor se habría sorprendido si, como yo, hubiese tenido la oportunidad de escucharlos.
El delegado tenía una mente especulativa. Conceptos que exigían un gran esfuerzo de abstracción eran aprehendidos por él a la primera.
Además de captar con rapidez las sutilezas filosóficas, el delegado las hacía suyas. Lo que le permitía jugar con ellas y sacar conclusiones pintorescas.
Alberto necesitaba rumiar todo largo tiempo. Cuando una definición enrevesada que nadie se preocupaba de comprender sino sólo de memorizar para echarla en el olvido tan pronto como acabara el examen, se le revelaba en su complejidad y precisión, un temor reverencial se apoderaba de él.
El delegado no se privaba del ejercicio de la paradoja que provocaba la perplejidad de nuestro amigo, y que aquel solía rubricar con su risita de conejo.
Como un prestidigitador que escamotea limpiamente una moneda o un reloj, seguro de no ser descubierto, tiene a bien repetir el número, así, el delegado, antes de que Alberto se repusiese de su asombro, le daba unas palmaditas en la espalda al tiempo que silabeaba el calambur.
A veces Alberto vislumbraba el truco, por lo que era felicitado. Normalmente, el delegado, en tono profesoral, descomponía el argumento en sus partes para mostrar dónde estaba la trampa.
Esas pirotecnias verbales me irritaban. Si me permitía participar, mi razonamiento era mirado con lupa y, por lo general, rechazado.
Siempre era él quien llevaba la voz cantante, quien se erigía en juez, quien determinaba las reglas del juego.
Mi objetivo era ridiculizarlo, pero la socarronería no era un arma cuyo uso me estuviese reservado en exclusiva. Que yo me considerase un maestro, no demostraba mi destreza sino mi vanidad.
Había encontrado la horma de mi zapato. El representante de sexto C sabía también ponerse mordaz. Incluso me pareció que le estaba tomando gusto a esa lucha sorda que manteníamos.

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La flauta travesera imita el canto del jilguero («cardellino»), pájaro que da su nombre al concierto. El primer y el tercer movimiento están centrados en el intercambio de trinos entre la flauta y los violines. El segundo es un movimiento lento orientado a exaltar las cualidades líricas del instrumento solista.
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Iré por esos mundos vestida de poeta
con la túnica blanca de los buenos deseos
las manos rebosantes de besos del pasado
y un rictus en mi boca que simule mi dicha
Iré sofisticada con un disfraz de mujer
entre el Ángelus tibio y la siesta demente
llorando lo que quise, riendo lo que tuve
amando lo que huyera y odiándome sin voz
Iré por esas noches cansada de jazmines
por el letargo idiota de un no ser acabado
hacia la cima inmensa del polvo de mi camino
Iré en las madrugadas que no tienen mañana
rodando entre tumbas de amores
para buscar la sonrisa de una niña de algodón
que quiera ir un día por donde no fui yo…
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