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Ésta fue la respuesta que dio Sylvia Plath cuando le preguntaron por qué escribía. La única respuesta que puede dar quien se ve abocado a la literatura como tabla de salvación. Tabla que a la autora norteamericana, de exacerbada sensibilidad, no logró sostener tampoco.

¿Preguntas por qué me paso la vida escribiendo?
¿Y si me divierte hacerlo?
¿Si vale la pena?
¿Y, sobre todo, si es lucrativo?
Si no, ¿qué otra razón puede haber?

Escribo tan sólo
Porque hay una voz en mi interior
Que no se callará nunca.

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Neblina.
Mañana de verano.
El río corre
al fondo del barranco.
Íbamos los jarales
atravesando.
Por la ladera.
Jadeantes, encorvados.
Queda poco, alguien dijo,
para llegar a lo alto.
Suspendidos nosotros
en mitad del espacio.

Y entonces ocurrió.
Fue cuando
un ángel me ofreció
juncal
poleo amoratado
para mi ojal.

Callejón


Callejón de la Pimienta
Donde te robaba besos
Que me sabían a menta

En el momento más inesperado, un gesto inofensivo, anodino, se convierte en un aldabonazo que nos despierta. En un detonante que dispara la alarma del absurdo.
Nuestros actos se revelan entonces como un artificioso entramado que apenas basta para recubrir la boca de ese pozo.

Esos gestos inútiles,
esas voces inútiles:
la del que vende juguetes que nadie compra,
la del que exhibe corbatas que producen risa.
Esa mano abierta en la lluvia,
(…)
esos gestos de nada.
Esa voz de «doctor, sálvela»;
las palabras humildes,
la mirada suplicante ante lo inevitable,
(…)
Todo lo sin motivo,
lo triste, lo pueril, lo ineficaz,
como este verso mío que no leerá nadie,
como el golpe de sol en los ojos del ciego.

Agustín de Foxá, Lo inútil

Mayo

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Dondequiera que estés,
espero que te alcancen
estas pocas palabras
que en tu búsqueda parten.

Dondequiera que estés:
en el séptimo cielo,
en el fondo del mar
en la línea del viento,

espero que te alcance
este breve mensaje:
la tierra titubea,
no hay cobijo ni anclaje.

 

 

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                                  5
El viejo de pelo blanco se acercó a la ventana y apoyó las manos en el alféizar.
En latín, pausadamente, me dio las instrucciones.
Me dijo que buscara una piedra votiva, en cuya elección debía poner sumo cuidado.
Tras su limpieza, procedería a su ofrenda al “genius loci”.
Mientras caigo de nuevo, hacia arriba o hacia abajo, no lo sé, y la oscuridad se espesa a mi alrededor, oigo una voz que entona una antigua canción.

Un halcón me llevó consigo
Me subió más allá de las nubes
A las mismas puertas del cielo
Un halcón me llevó consigo
Me subió más allá de la luna
A los mismos pies de las estrellas
Un halcón majestuoso
A mi paso por el bosque