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Posts Tagged ‘Aurelio’

                                      IV
Me sorprendió. No esperaba que aceptase a la primera. Había dado por supuesto que reaccionaría riéndose, tomándoselo a broma, que se iría por la tangente o, a lo sumo, que me daría largas.
Pero Laura, a pesar de su aire puritano, dijo con naturalidad:
— Bueno.
Cruzamos el puente de Triana y enfilamos la calle San Jacinto.
Íbamos en silencio, como dos turistas absortos en la contemplación de la ciudad.
La situación me resultaba incómoda. Laura caminaba muy erguida. Del hombro le colgaba su bolso de terciopelo negro con espejuelos, al que debía tener un cariño especial, pues, pese a estar ajado, era su preferido.
De vez en cuando la miraba de reojo, sin advertir en ella ningún signo de tensión.
Por suerte recuperamos el habla cuando llegamos a mi piso. Y eso fue lo que hicimos: acomodarnos en el salón y pasar el resto de la tarde charlando.
Como no tenía refrescos ni zumos, ni siquiera una infusión, y ella no tomaba bebidas alcohólicas, sólo pude ofrecerle agua del grifo para acompañar el plato de cacahuetes salados que puse en la mesa.
En una de nuestras conversaciones le dije que no parecía andaluza. Laura era espigada, tenía los ojos claros y el pelo trigueño. Me recordaba a una deidad nórdica. A una valquiria.
Esta observación la hizo sonreír. Replicó que en mis palabras había un fondo de verdad.
A Laura le gustaba rodearse de un halo de misterio.
Declinaba la tarde. Habíamos estado hablando animadamente y ahora guardábamos silencio.
Me levanté para correr la cortina y encender la lámpara de pie. Laura me pidió que no hiciera ninguna de las dos cosas. Quería seguir contemplando las luces del crepúsculo hasta que se apagasen del todo.
A los pocos minutos, vi cómo cogía su bolso de terciopelo negro y sacaba un paquete plano y alargado envuelto en un paño blanco. Lo desenvolvió cuidadosamente. Era una baraja. Con una voz opaca me comunicó que quería echarme las cartas.
Laura no bromeaba. De hecho, tenía poco desarrollado el sentido del humor. Sus ojos grises estaban fijos en mí. Yo no podía apartar de mi mente el semblante burlón de Aurelio.
Laura esperaba mi consentimiento. Traté de escabullirme.
—No tengo interés en saber nada. Estoy contento con mi vida. Dudo, por lo demás, que las cartas puedan desvelar el futuro…
— ¿No tendrás miedo?
— ¿Por qué iba a tener miedo?
— Se trata de una simple tirada de cartas que te proporcionará información importante.
— ¿Y tú cómo sabes eso?
— Lo sé.
Tras una ligera vacilación rectificó:
— Lo intuyo.
—Si te hace ilusión, adelante.
Laura cogió las cartas, que había dejado en la mesa, y empezó a envolverlas en el paño blanco.
— ¿Te has enfadado?
— No, claro que no.
— Échame las cartas.
— ¿De verdad?
— De verdad.

 

 

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                                         III
Laura era especial. Eso se apreciaba al primer golpe de vista. Tarea más ardua era explicar en qué consistía esa peculiaridad.
En principio no había nada en su persona ni en su comportamiento que pudiera calificarse de fuera de lo corriente. Sin embargo, la gente la calificaba de rara. Para mí, el adjetivo que le cuadraba era especial.
La encontré por primera vez en la cafetería, tomando un vaso de leche con magdalenas. Laura era alta, de tez clara y facciones aniñadas. Pero lo que llamó mi atención fue su larga y sedosa cabellera.
Al contrario de Aurelio, yo no entablo conversación fácilmente. Durante un tiempo me limité a observarla de lejos, sin cruzar una palabra con ella. Laura me reveló más tarde que se había percatado de mis miradas.
Me enteré de que estaba haciendo una sustitución. Era programadora informática.
Con frecuencia la veía sola. Al personal femenino no le caía simpática, aunque pareció congeniar con una gordita que era la secretaria del viceconsejero.
No estoy seguro de haber dado el primer paso. Aurelio lo afirma. Y también Laura. Tal vez hice un comentario casual.
Es probable que este asunto se reduzca a una serie de malentendidos. Siempre he sido hábil en el arte de crear situaciones equívocas, en las que quedo atrapado. Es un don que el cielo podía haberse ahorrado.
El malentendido más embarazoso fue dejar creer y hasta creer yo mismo que Laura me gustaba. Que me hacía tilín, como decía el ocurrente de Aurelio.
La atracción que sentía no era del tipo que los demás pensaban.
Empezamos a salir juntos. Dábamos largos paseos y charlábamos. A veces, sentados en un banco, veíamos caer la tarde al lado del río. Mientras contemplábamos los últimos fulgores del sol poniente, permanecíamos callados.
Luego reemprendíamos nuestro deambular por la calle Torneo, hacia la plaza de Armas, donde entrábamos en un bar. Yo tomaba un café o una cerveza, ella un zumo de naranja natural. Si no había, íbamos a otro bar.
Laura tenía siempre mil cosas que contar. Podría hablar largo y tendido de ella. Podría reconstruir su vida. Sobre todo su infancia, a la que asignaba una importancia capital. Era en esa etapa cuando se hacían las tiradas de dados que decidían la partida.
Tenía un hermano pequeño al que, por las experiencias comunes de los primeros años, se sentía muy unida. Mirándome fijamente para transmitirme la intensidad emocional de ese lejano episodio, me contó que una vez se perdieron los dos en el monte donde pasaron la noche solos.
Los encontraron al día siguiente. Ambos estaban tranquilos. Ella recordaba esas horas de oscuridad y silencio como una iniciación.
Siguió contando, con una sonrisa forzada, que su padre perdió los estribos y la cogió por los pelos, zamarreándola sin contemplaciones, al tiempo que la acusaba de haber puesto en peligro la vida de su hermanito.
Al referirme el final de la historia, se pasó suavemente la mano por su hermosa melena, como si todavía le doliesen los tirones.
También yo sentí deseos de acariciarla. Y eso hice. Era tan agradable al tacto como imaginaba.
Esta vez, la sonrisa de Laura fue de complacencia. Sin brusquedad, apartó la cabeza dejando mi mano en el aire.

 

 

 

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                                       II
Nos encaminamos al lugar de costumbre. Alzando la voz a causa del ruido del tráfico, que es denso a esa hora punta, digo:
—Hoy no puedo quedarme mucho rato —y soltamos una carcajada porque uno de los dos, sin falta, hace siempre esa misma declaración u otra parecida.
Un amplio rótulo semicircular en rojo, donde están inscritas las letras en azul, corona la entrada principal del establecimiento. El “Rías Bajas” es, en opinión de Aurelio, la mejor marisquería de Sevilla.
Como somos habituales, conocemos a bastantes clientes y a todos los camareros. A éstos mi amigo los saluda llamándolos por su nombre de pila.
Me dirijo a nuestro rincón favorito mientras Aurelio va a echar un vistazo a la vitrina frigorífica.
Vuelve radiante de su inspección.
—Que no se te ocurra pedir cerveza —me advierte.
Uno de los camareros se acerca sonriente.
— ¿Cuándo han llegado? —se informa Aurelio.
—Esta misma mañana.
— ¿Frescas?
—Fresquísimas.
— ¿De Galicia o de Arcachón?
— ¿Cómo? —dice el camarero que, a juzgar por la cara que pone, parece haber entendido porcachón.
Aurelio nos tiene acostumbrados a esos retruécanos. Los empleados de la marisquería no se lo toman a mal.
Muy serio, sin parpadear, como si no tuviese la más remota idea de lo que ocurre, se queda mirando al camero. Luego fija en mí sus ojos ahuevados y dice:
—Media docena cada uno y una botella de vino blanco.
Con un limón en el centro, nos sirven las ostras en una bandeja de acero inoxidable. Aurelio hace un gesto de desaprobación y masculla:
—No se acaban de enterar.
A continuación, alto y claro, le dice al camarero:
— ¿Por qué no le ponéis también una ramita de perejil?
— ¿Perejil?
—El limón es un adorno —tercio yo.
—No, no —se apresura a rectificar el camarero—. Es para el marisco.
El vino del Condado no está suficientemente frío. Ése es otro delito que Aurelio no se cansa de denunciar.
De todas formas, su bonito color amarillo pajizo y su regusto afrutado le restituyen el buen humor.
—Algún día aprenderán —sentencia mi amigo.
—Tu problema, bueno, uno de tus problemas, es que eres un perfeccionista.
—Tú sabes cómo se comen las ostras, ¿verdad? —dice cogiendo una y llevándosela a la nariz para olerla.
Asiente complacido y prosigue:
—Hay que masticarlas un poco, saborear su textura y tragarlas.
Y hace una demostración práctica.
—Pero qué te voy a contar yo —añade colocando la concha rugosa y vacía en la bandeja—, a ti que eres un experto en almejas.

 

 
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                                         I
Siempre tengo que esperar a Aurelio. A estas alturas se ha convertido en una costumbre. Mientras llega con sus andares de cansado, no porque lo esté, sino porque ése es su estilo, me paseo tranquilamente o contemplo el descuidado jardín a través de las amplias cristaleras.
El vasto vestíbulo, con su solería y zócalo de grandes losas de mármol del que llaman sangre y leche, tiene un toque de afectación, como de iglesia frustrada. Por los ventanales sin cortinas ni persianas entra la luz a raudales.
Aurelio está tardando más de la cuenta. Un jefecillo, de los muchos que pululan por aquí, lo habrá retenido y le estará tirando de la lengua para escuchar sus ingeniosidades. Mi compañero tiene además la habilidad de enlazarlas indefinidamente.
No todo el mundo aprecia este don natural. Y no me refiero a los que utiliza como diana de sus dardos verbales. La gente normal se siente incómoda con ese apabullante despliegue de agudezas.
Él es implacable. Cualquier palabra, cualquier gesto, cualquier reacción pueden suscitar, por su parte, una ristra de cuchufletas.
Nos conocemos desde la carrera, aprobamos las oposiciones el mismo año y luego nos destinaron a la Consejería de Obras Públicas y Transportes.
La principal razón de su retraso es su popularidad. Asegura que, si por él fuera, no perdía un minuto hablando con unos y otros, pero lo enredan, lo sonsacan, lo provocan.
Por fin lo veo llegar. Se acerca por el corredor central, con los hombros vencidos, arrastrando los pies, bamboleándose.
Trae cara de pocos amigos, de donde deduzco que, en esta ocasión, no se ha quedado contando chascarrillos.
— ¿Pasa algo? —pregunto mientras la puerta automática se abre a nuestro paso.
En la galería Aurelio se para, me mira de hito en hito y empieza a manotear al tiempo que me cuenta una historia rocambolesca en relación con los del Gabinete Jurídico, que se las pintan solos para poner trabas y echar balones fuera.
Como ese asunto no me interesa, dejo de prestarle atención, que centro en el jardín invadido por la hierba. También Aurelio se aburre pronto e interrumpe su relato de ribetes kafkianos.
Nos hemos detenido junto a uno de los pilares. Guardamos silencio. Antes de que abra la boca para exponer su previsible conclusión, me adelanto.
—No nos odian.
— ¿Entonces?
—Son celosos funcionarios con miedo a que se les tuerzan las directrices y con ganas de hacer carrera. ¿Qué sacan ellos de los problemas que tú les llevas?
—Pero yo los planteo de forma que vean las ventajas personales que pueden lograr.
—Pues esta vez no han picado. No le des más vueltas.
Escrutamos el jardín. Han querido darle un aire casual y asilvestrado. Con ese fin han erigido montículos de diversos tamaños que hacen las veces de suaves colinas.
Luego han plantado olivos. Unos olivos de troncos retorcidos y escasas ramas.
— ¿Tú crees que es verdad que los han traído de Israel? —pregunto.
—Esta gente es capaz de eso y de más.
Abundan el romero y el espliego. La idea era crear un jardín mediterráneo pero, habida cuenta de la proliferación de jaramagos, malvas, gramíneas y cardos de vistosas cabezas de color violeta, parece más bien un solar abandonado.
— ¿Seguimos esperando o nos vamos?
—Ten paciencia —respondo—. Hasta ahora no nos ha fallado nunca.
Fue decir esto y escuchar su balido. Al momento apareció la oveja parándose aquí y allá a mordisquear la hierba. A Aurelio le entró la risa floja.
— ¿Es esto un hecho paranormal?
—Normal, desde luego, no es.
La oveja se acercó despacio. Cuando estuvo frente a nosotros, levantó su hocico sonrosado y baló suavemente. Nunca la habíamos acariciado, nunca le habíamos dado nada de comer y, sin embargo, nunca faltaba a la cita.
—Deberíamos invitarla a una cerveza, ¿no crees?
Antes de que tuviera tiempo de contestar, el animal dio media vuelta y se alejó triscando.

Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo.

II
Nos encaminamos al lugar de costumbre. Alzando la voz a causa del ruido del tráfico, que es denso a esa hora punta, digo:
—Hoy no puedo quedarme mucho rato —y soltamos una carcajada porque uno de los dos, sin falta, hace siempre esa misma declaración u otra parecida.
Un amplio rótulo semicircular en rojo, donde están inscritas las letras en azul, corona la entrada principal del establecimiento. El “Rías Bajas” es, en opinión de Aurelio, la mejor marisquería de Sevilla.
Como somos habituales, conocemos a bastantes clientes y a todos los camareros. A éstos mi amigo los saluda llamándolos por su nombre de pila.
Me dirijo a nuestro rincón favorito mientras Aurelio va a echar un vistazo a la vitrina frigorífica.
Vuelve radiante de su inspección.
—Que no se te ocurra pedir cerveza —me advierte.
Uno de los camareros se acerca sonriente.
— ¿Cuándo han llegado? —se informa Aurelio.
—Esta misma mañana.
— ¿Frescas?
—Fresquísimas.
— ¿De Galicia o de Arcachón?
— ¿Cómo? —dice el camarero que, a juzgar por la cara que pone, parece haber entendido porcachón.
Aurelio nos tiene acostumbrados a esos retruécanos. Los empleados de la marisquería no se lo toman a mal.
Muy serio, sin parpadear, como si no tuviese la más remota idea de lo que ocurre, se queda mirando al camero. Luego fija en mí sus ojos ahuevados y dice:
—Media docena cada uno y una botella de vino blanco.
Con un limón en el centro, nos sirven las ostras en una bandeja de acero inoxidable. Aurelio hace un gesto de desaprobación y masculla:
—No se acaban de enterar.
A continuación, alto y claro, le dice al camarero:
— ¿Por qué no le ponéis también una ramita de perejil?
— ¿Perejil?
—El limón es un adorno —tercio yo.
—No, no —se apresura a rectificar el camarero—. Es para el marisco.
El vino del Condado no está suficientemente frío. Ése es otro delito que Aurelio no se cansa de denunciar.
De todas formas, su bonito color amarillo pajizo y su regusto afrutado le restituyen el buen humor.
—Algún día aprenderán —sentencia mi amigo.
—Tu problema, bueno, uno de tus problemas, es que eres un perfeccionista.
—Tú sabes cómo se comen las ostras, ¿verdad? —dice cogiendo una y llevándosela a la nariz para olerla.
Asiente complacido y prosigue:
—Hay que masticarlas un poco, saborear su textura y tragarlas.
Y hace una demostración práctica.
—Pero qué te voy a contar yo —añade colocando la concha rugosa y vacía en la bandeja—, a ti que eres un experto en almejas.

III
Laura era especial. Eso se apreciaba al primer golpe de vista. Tarea más ardua era explicar en qué consistía esa peculiaridad.
En principio no había nada en su persona ni en su comportamiento que pudiera calificarse de fuera de lo corriente. Sin embargo, la gente la calificaba de rara. Para mí, el adjetivo que le cuadraba era especial.
La encontré por primera vez en la cafetería, tomando un vaso de leche con magdalenas. Laura era alta, de tez clara y facciones aniñadas. Pero lo que llamó mi atención fue su larga y sedosa cabellera.
Al contrario de Aurelio, yo no entablo conversación fácilmente. Durante un tiempo me limité a observarla de lejos, sin cruzar una palabra con ella. Laura me reveló más tarde que se había percatado de mis miradas.
Me enteré de que estaba haciendo una sustitución. Era programadora informática.
Con frecuencia la veía sola. Al personal femenino no le caía simpática, aunque pareció congeniar con una gordita que era la secretaria del viceconsejero.
No estoy seguro de haber dado el primer paso. Aurelio lo afirma. Y también Laura. Tal vez hice un comentario casual.
Es probable que este asunto se reduzca a una serie de malentendidos. Siempre he sido hábil en el arte de crear situaciones equívocas, en las que quedo atrapado. Es un don que el cielo podía haberse ahorrado.
El malentendido más embarazoso fue dejar creer y hasta creer yo mismo que Laura me gustaba. Que me hacía tilín, como decía el ocurrente de Aurelio.
La atracción que sentía no era del tipo que los demás pensaban.
Empezamos a salir juntos. Dábamos largos paseos y charlábamos. A veces, sentados en un banco, veíamos caer la tarde al lado del río. Mientras contemplábamos los últimos fulgores del sol poniente, permanecíamos callados.
Luego reemprendíamos nuestro deambular por la calle Torneo, hacia la plaza de Armas, donde entrábamos en un bar. Yo tomaba un café o una cerveza, ella un zumo de naranja natural. Si no había, íbamos a otro bar.
Laura tenía siempre mil cosas que contar. Podría hablar largo y tendido de ella. Podría reconstruir su vida. Sobre todo su infancia, a la que asignaba una importancia capital. Era en esa etapa cuando se hacían las tiradas de dados que decidían la partida.
Tenía un hermano pequeño al que, por las experiencias comunes de los primeros años, se sentía muy unida. Mirándome fijamente para transmitirme la intensidad emocional de ese lejano episodio, me contó que una vez se perdieron los dos en el monte donde pasaron la noche solos.
Los encontraron al día siguiente. Ambos estaban tranquilos. Ella recordaba esas horas de oscuridad y silencio como una iniciación.
Siguió contando, con una sonrisa forzada, que su padre perdió los estribos y la cogió por los pelos, zamarreándola sin contemplaciones, al tiempo que la acusaba de haber puesto en peligro la vida de su hermanito.
Al referirme el final de la historia, se pasó suavemente la mano por su hermosa melena, como si todavía le doliesen los tirones.
También yo sentí deseos de acariciarla. Y eso hice. Era tan agradable al tacto como imaginaba.
Esta vez, la sonrisa de Laura fue de complacencia. Sin brusquedad, apartó la cabeza dejando mi mano en el aire.

IV
Me sorprendió. No esperaba que aceptase a la primera. Había dado por supuesto que reaccionaría riéndose, tomándoselo a broma, que se iría por la tangente o, a lo sumo, que me daría largas.
Pero Laura, a pesar de su aire puritano, dijo con naturalidad:
— Bueno.
Cruzamos el puente de Triana y enfilamos la calle San Jacinto.
Íbamos en silencio, como dos turistas absortos en la contemplación de la ciudad.
La situación me resultaba incómoda. Laura caminaba muy erguida. Del hombro le colgaba su bolso de terciopelo negro con espejuelos, al que debía tener un cariño especial, pues, pese a estar ajado, era su preferido.
De vez en cuando la miraba de reojo, sin advertir en ella ningún signo de tensión.
Por suerte recuperamos el habla cuando llegamos a mi piso. Y eso fue lo que hicimos: acomodarnos en el salón y pasar el resto de la tarde charlando.
Como no tenía refrescos ni zumos, ni siquiera una infusión, y ella no tomaba bebidas alcohólicas, sólo pude ofrecerle agua del grifo para acompañar el plato de cacahuetes salados que puse en la mesa.
En una de nuestras conversaciones le dije que no parecía andaluza. Laura era espigada, tenía los ojos claros y el pelo trigueño. Me recordaba a una deidad nórdica. A una valquiria.
Esta observación la hizo sonreír. Replicó que en mis palabras había un fondo de verdad.
A Laura le gustaba rodearse de un halo de misterio.
Declinaba la tarde. Habíamos estado hablando animadamente y ahora guardábamos silencio.
Me levanté para correr la cortina y encender la lámpara de pie. Laura me pidió que no hiciera ninguna de las dos cosas. Quería seguir contemplando las luces del crepúsculo hasta que se apagasen del todo.
A los pocos minutos, vi cómo cogía su bolso de terciopelo negro y sacaba un paquete plano y alargado envuelto en un paño blanco. Lo desenvolvió cuidadosamente. Era una baraja. Con una voz opaca me comunicó que quería echarme las cartas.
Laura no bromeaba. De hecho, tenía poco desarrollado el sentido del humor. Sus ojos grises estaban fijos en mí. Yo no podía apartar de mi mente el semblante burlón de Aurelio.
Laura esperaba mi consentimiento. Traté de escabullirme.
—No tengo interés en saber nada. Estoy contento con mi vida. Dudo, por lo demás, que las cartas puedan desvelar el futuro…
— ¿No tendrás miedo?
— ¿Por qué iba a tener miedo?
— Se trata de una simple tirada de cartas que te proporcionará información importante.
— ¿Y tú cómo sabes eso?
— Lo sé.
Tras una ligera vacilación rectificó:
— Lo intuyo.
—Si te hace ilusión, adelante.
Laura cogió las cartas, que había dejado en la mesa, y empezó a envolverlas en el paño blanco.
— ¿Te has enfadado?
— No, claro que no.
— Échame las cartas.
— ¿De verdad?
— De verdad.

V
Lo arreglé por teléfono. No se me ocurrió avisar a mi madre. No tenía la intención de visitarla y verme en el compromiso de tener que dar explicaciones engorrosas o mentir.
Sabía también que intentaría convencerme de que me quedase todo el fin de semana. Yo quería regresar a Sevilla en cuanto acabase.
Hacía un buen rato que había oscurecido. Dejé el coche en el ensanche de la Atarazana, junto al Ford Fiesta blanco de Josefito, que vive allí cerca.
Estaba irritado. Por un motivo o por otro, siempre acababa recalando en Las Hilandarias. Pero, por mucho que rezongase, tenía que rendirme a la evidencia de que aquí la realidad tenía un espesor del que carecía en cualquier otra parte. En otros lugares era como si la vida no llegase a cuajar.
Había que andar un trecho, luego girar a la izquierda a la altura del caserón de los Méndez y subir por la Costanilla hasta la Orujera.
Este barrio es el más antiguo del pueblo. Lo forma un entramado de calles mal empedradas y de trazado irregular. Las casas son achaparradas, aunque casi todas tienen soberados o camaranchones, como revelan los ventanucos superiores de sus fachadas.
Cogí por la calle Deanes, que se curva y desemboca en la plazoleta del Buen Pastor, adonde tenía que ir en primer lugar.
Antaño la molienda de la aceituna se realizaba en este barrio. Todavía se conservan algunas almazaras, con sus prensas y sus tinajas panzudas en las que se almacenaba el aceite. En la vía pública quedan restos en forma de canalillos, ennegrecidos y deteriorados, que servían de cauce al alpechín.
Mientras caminaba sin prisa, creí percibir el olor a aceitazo que, en otro tiempo, impregnó la Orujera. Tras tantos años, ¿seguían flotando en el ambiente esos efluvios densos o eran imaginaciones mías?
Me detuve a la entrada de la plazoleta del Buen Pastor, que es un espacio trapezoidal en donde confluyen tres calles. En ese rincón se acrecentaba la sensación de soledad, palpable en todo el barrio.
Casi todos sus habitantes son personas mayores que, una vez anochecido, se encierran en sus casas hasta el día siguiente.
La Orujera se está despoblando a ojos vista. Durante los meses de invierno aumentan las defunciones.
Aunque en Las Hilandarias las mujeres sobreviven a los hombres, en la Orujera esta tendencia es más acusada. De hecho, es considerado un barrio de viejas. Yo iba a hablar con una de ellas.
En el centro de la plazoleta hay un pedestal con una cruz afiligranada. Una verja cuadrangular lo rodea, delimitando un arriate donde crece la hierba.
Desde la esquina, donde estaba parado, podía ver el deslucido azulejo que decora una de las caras del pedestal. Un joven con una túnica corta de color carmesí y una aureola amarillenta lleva sobre sus hombros un cordero sujeto por las patas. En bandolera le cuelga un zurrón.
La pieza de cerámica está enmarcada en un cordoncillo azul, que es también, aunque más desvaído, el color de fondo de la composición.
A la izquierda, sobresaliendo de las techumbres de tejas morunas y de los caballetes ondulados, se alza el muro de la capilla, reforzado por dos contrafuertes.
Esta capilla fue una sinagoga, más tarde cristianizada y puesta bajo la advocación del Buen Pastor. No está situada en la plazoleta del mismo nombre, sino en una calleja cercana llamada de Tundidores.
Crucé la plazoleta y me dirigí a una de las casas que, como las otras, estaba cerrada a cal y canto. Desde el exterior no se apreciaba el más leve rastro de luz.
La aldaba de la puerta estaba envuelta en un trapo de forma que, cuando golpeé con ella, produjo un sonido apagado.
Faustina tenía el pelo blanco y estaba tan encorvada que apenas podía levantar la cabeza.
Vivía sola. Por la noche se quedaba con ella su nieta Luisa, que es con quien hablé por teléfono.
Luisa no había llegado todavía. La anciana no sabía dónde estaba ni cuándo vendría.
Aunque no hacía frío, Faustina estaba arrebujada en una toquilla negra. Metió una mano en un bolsillo de su delantal y sacó una llave de considerable tamaño, que me alargó. Luego cerró la puerta y echó el cerrojo.

VI
En el umbral de granito hay una inscripción ilegible. La madera de la puerta está carcomida. Por encima del dintel hay un ventanuco.
La pesada llave está fría. Tengo las manos húmedas cuando la introduzco en la cerradura y doy dos vueltas.
Entro y busco a tientas el interruptor. Al pasar los dedos por la pared noto la capa de polvo. Los caliches se desprenden con el roce. Es un pulsador antiguo, redondo, con una manilla que hay que girar.
El piso de tierra batida está desnivelado. Los gruesos muros están llenos de abultamientos y desconchones. Las tablas del techo y las vigas de madera forman un conjunto disparejo.
Enciendo la bombilla de la segunda habitación, que es más ancha que la primera.
La tercera, que es la mayor de todas, comunica con otra, a la izquierda. Ni una ni otra tienen luz.
Al cuarto interior se accede por un vano enmarcado. Me paro a la entrada. Poco a poco mis ojos se hacen a la oscuridad.
Formando un círculo, hay varias piedras empotradas en el suelo. Parecen rudimentarios asientos, pero no se tiene la impresión de que nadie los haya colocado allí.
Recorro la casa una y otra vez. Voy y vengo como si tuviera dolor de muelas, intranquilo, atento a cualquier ruido.
Así estuve un buen rato. Luego apagué la bombilla de la habitación de en medio pero, aun sabiendo que no debía hacerlo, mantuve encendida la otra.
En cuanto me senté en una de las piedras, que eran granulosas, perdí la noción del tiempo.
Un retumbo lejano, al que sucedieron otros, me sacó de mi enajenamiento. El piso retembló. Se oyó un trueno en las profundidades y la tierra convulsionó.
En el centro de la celda oracular empezó a abrirse una grieta de la que salía una intensa luz blanca.
Me puse en pie y me santigüé para conjurar mi espanto. Estaba tan nervioso que me embarullé. Ni siquiera podía articular la invocación a la Santísima Trinidad.
Mi torpeza no impidió que, mal que bien, hiciese la señal de la cruz sobre esa abertura cada vez más grande.
El cráter detuvo su crecimiento cuando alcanzó un metro de diámetro. Interrumpiendo mi manoteo, me dejé caer en el asiento.
El resplandor que surgía del interior de la tierra, iluminaba profusamente las paredes descascarilladas y el techo de tablas. El cuarto adquirió el aspecto ficticio de un escenario sobre el que se concentrara la luz de potentes focos.
El oráculo, que no se manifestaba siempre, y que jugaba malas pasadas, parecía dispuesto a darme una respuesta. En otras ocasiones, la boca expulsaba vapores fétidos que volvían irrespirable la atmósfera. El fulgor era rojizo. La temperatura subía velozmente convirtiendo la celda en un horno.
La claridad que surgía del pozo se eclipsó en parte, como si un objeto se hubiese interpuesto. Eso era lo que había ocurrido.
Lenta y majestuosa, ascendía una enorme cabeza que se detuvo cuando quedó a la altura de la mía.
La luz le arrancaba destellos de esmeralda. Era la cabeza de un hombre tallada en una gigantesca gema traslúcida.
Como si un impetuoso torrente de agua me hubiese inundado, me faltó el aire.
Contemplaba azorado la cabeza sin comprender su mensaje. Incapaz de descubrir su secreto, descorazonado, me cubrí la cara con las manos.
Cuando volví a mirarla, repenticé estos versos:

Del país de los muertos,
desde lo más profundo,
del color de la hierba,
surge el alma del mundo.

La cabeza osciló ligeramente e inició el descenso. El resplandor fue disminuyendo. A los pocos minutos la grieta se cerró.

 

 

 

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