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Posts Tagged ‘puesta de sol’

Caminos (XVI)

 

 

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                                         III
Laura era especial. Eso se apreciaba al primer golpe de vista. Tarea más ardua era explicar en qué consistía esa peculiaridad.
En principio no había nada en su persona ni en su comportamiento que pudiera calificarse de fuera de lo corriente. Sin embargo, la gente la calificaba de rara. Para mí, el adjetivo que le cuadraba era especial.
La encontré por primera vez en la cafetería, tomando un vaso de leche con magdalenas. Laura era alta, de tez clara y facciones aniñadas. Pero lo que llamó mi atención fue su larga y sedosa cabellera.
Al contrario de Aurelio, yo no entablo conversación fácilmente. Durante un tiempo me limité a observarla de lejos, sin cruzar una palabra con ella. Laura me reveló más tarde que se había percatado de mis miradas.
Me enteré de que estaba haciendo una sustitución. Era programadora informática.
Con frecuencia la veía sola. Al personal femenino no le caía simpática, aunque pareció congeniar con una gordita que era la secretaria del viceconsejero.
No estoy seguro de haber dado el primer paso. Aurelio lo afirma. Y también Laura. Tal vez hice un comentario casual.
Es probable que este asunto se reduzca a una serie de malentendidos. Siempre he sido hábil en el arte de crear situaciones equívocas, en las que quedo atrapado. Es un don que el cielo podía haberse ahorrado.
El malentendido más embarazoso fue dejar creer y hasta creer yo mismo que Laura me gustaba. Que me hacía tilín, como decía el ocurrente de Aurelio.
La atracción que sentía no era del tipo que los demás pensaban.
Empezamos a salir juntos. Dábamos largos paseos y charlábamos. A veces, sentados en un banco, veíamos caer la tarde al lado del río. Mientras contemplábamos los últimos fulgores del sol poniente, permanecíamos callados.
Luego reemprendíamos nuestro deambular por la calle Torneo, hacia la plaza de Armas, donde entrábamos en un bar. Yo tomaba un café o una cerveza, ella un zumo de naranja natural. Si no había, íbamos a otro bar.
Laura tenía siempre mil cosas que contar. Podría hablar largo y tendido de ella. Podría reconstruir su vida. Sobre todo su infancia, a la que asignaba una importancia capital. Era en esa etapa cuando se hacían las tiradas de dados que decidían la partida.
Tenía un hermano pequeño al que, por las experiencias comunes de los primeros años, se sentía muy unida. Mirándome fijamente para transmitirme la intensidad emocional de ese lejano episodio, me contó que una vez se perdieron los dos en el monte donde pasaron la noche solos.
Los encontraron al día siguiente. Ambos estaban tranquilos. Ella recordaba esas horas de oscuridad y silencio como una iniciación.
Siguió contando, con una sonrisa forzada, que su padre perdió los estribos y la cogió por los pelos, zamarreándola sin contemplaciones, al tiempo que la acusaba de haber puesto en peligro la vida de su hermanito.
Al referirme el final de la historia, se pasó suavemente la mano por su hermosa melena, como si todavía le doliesen los tirones.
También yo sentí deseos de acariciarla. Y eso hice. Era tan agradable al tacto como imaginaba.
Esta vez, la sonrisa de Laura fue de complacencia. Sin brusquedad, apartó la cabeza dejando mi mano en el aire.

 

 

 

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