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VII

Cuando bajé del soberado, mi tía abuela estaba enfrascada en un solitario. “¿Qué has estado haciendo ahí arriba tanto tiempo?” “He estado leyendo” “¿Leyendo?” dijo con incredulidad mientras barajaba las cartas.

“Fullera” “Es que no me sale”. Hace trampas siempre. Cuando jugamos al parchís, cuenta casillas de más. Es una mala perdedora. Si no gana, se enfurruña.

Fui a la cocina en busca de galletas. Regresé y me senté al calor del brasero. Advertí que había barajado de nuevo.

Antes el caballo de bastos interceptaba al rey del mismo palo. El solitario no tenía solución por más vueltas que le diera al mazo. Ahora el rey estaba sobre el caballo de forma que uno tras otro inauguraron la fila correspondiente.

Hice un comentario crítico al respecto. Ella negó cualquier manipulación. “No es verdad” repliqué, “de todos modos no te va a salir. El siete de espadas está pillado” “Come y calla”.

VIII

Tu juventud se la comieron los ratones, esos omnívoros roedores que no hacen ascos a nada, esos animalitos de pelambre grisácea que oyes corretear por el soberado, los mismos a los que tienes declarada una guerra sin cuartel.

Esos voraces y diminutos mamíferos se han cobrado con creces tu saña. Te han roído la vida mientras dormías, mientras cosías, mientras barrías, gracias a sus prolíficas hembras que cubrían las bajas de ese ejército del que tú eras el más temible enemigo, el que mayores estragos causaba.

Llegaste a la puerta de la cocina y te detuviste en seco. Tu tía comentaba con tu madre el inminente casamiento de una amiga tuya. Contuviste el aliento. Estaban pasando revista al ajuar de la novia, tanto de esto, tanto de lo otro, todo ello salpicado de juicios de valor.

Ese lujo, según tu tía, no tenía explicación. Pero ella no es de fiar. No tiene madera de tasadora. Para tu tía casi todas las cosas son inexplicables o increíbles.

Pasaron luego a hablar del pegujal del novio y de la suerte o la astucia de tu amiga por haberlo sabido atrapar.

Tu tía se preguntaba cómo se las había ingeniado esa mosquita muerta para conseguir ese partido. “Tan calladita como es” “Las que que no rompen un plato son las que dan la campanada” “Sí que es verdad”.

Traías dos ratones tiesos cogidos por el rabo. Después de venir del mercado lo primero que hiciste fue subir al soberado y comprobar si algún incauto había sucumbido a la tentación de los trocitos de queso.

Y no uno sino dos cayeron en la trampa que les tendiste. Ibas a mostrárselos a tu madre como la prueba irrefutable de que el desván estaba infestado. Tanto ella como tu hermana insinuaban (en lo que respecta a tu tío, lo afirmaba tajantemente) que eras una exagerada.

Cuando sacabas a colación tus insomnios que te permitían contabilizar todos los ruidos nocturnos, cuando asegurabas que te bastaba la carrera de un ratón por el piso de tablas para desvelarte, cuando insistías en que no eran imaginaciones tuyas, te concedían a lo sumo contingentes que no sobrepasaban las cinco unidades, menos tu tío que, inflexible y tacaño, hablaba de uno o dos roedores que no perturbaban en absoluto sus horas de sueño.

 

 

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                                      IV
Me sorprendió. No esperaba que aceptase a la primera. Había dado por supuesto que reaccionaría riéndose, tomándoselo a broma, que se iría por la tangente o, a lo sumo, que me daría largas.
Pero Laura, a pesar de su aire puritano, dijo con naturalidad:
— Bueno.
Cruzamos el puente de Triana y enfilamos la calle San Jacinto.
Íbamos en silencio, como dos turistas absortos en la contemplación de la ciudad.
La situación me resultaba incómoda. Laura caminaba muy erguida. Del hombro le colgaba su bolso de terciopelo negro con espejuelos, al que debía tener un cariño especial, pues, pese a estar ajado, era su preferido.
De vez en cuando la miraba de reojo, sin advertir en ella ningún signo de tensión.
Por suerte recuperamos el habla cuando llegamos a mi piso. Y eso fue lo que hicimos: acomodarnos en el salón y pasar el resto de la tarde charlando.
Como no tenía refrescos ni zumos, ni siquiera una infusión, y ella no tomaba bebidas alcohólicas, sólo pude ofrecerle agua del grifo para acompañar el plato de cacahuetes salados que puse en la mesa.
En una de nuestras conversaciones le dije que no parecía andaluza. Laura era espigada, tenía los ojos claros y el pelo trigueño. Me recordaba a una deidad nórdica. A una valquiria.
Esta observación la hizo sonreír. Replicó que en mis palabras había un fondo de verdad.
A Laura le gustaba rodearse de un halo de misterio.
Declinaba la tarde. Habíamos estado hablando animadamente y ahora guardábamos silencio.
Me levanté para correr la cortina y encender la lámpara de pie. Laura me pidió que no hiciera ninguna de las dos cosas. Quería seguir contemplando las luces del crepúsculo hasta que se apagasen del todo.
A los pocos minutos, vi cómo cogía su bolso de terciopelo negro y sacaba un paquete plano y alargado envuelto en un paño blanco. Lo desenvolvió cuidadosamente. Era una baraja. Con una voz opaca me comunicó que quería echarme las cartas.
Laura no bromeaba. De hecho, tenía poco desarrollado el sentido del humor. Sus ojos grises estaban fijos en mí. Yo no podía apartar de mi mente el semblante burlón de Aurelio.
Laura esperaba mi consentimiento. Traté de escabullirme.
—No tengo interés en saber nada. Estoy contento con mi vida. Dudo, por lo demás, que las cartas puedan desvelar el futuro…
— ¿No tendrás miedo?
— ¿Por qué iba a tener miedo?
— Se trata de una simple tirada de cartas que te proporcionará información importante.
— ¿Y tú cómo sabes eso?
— Lo sé.
Tras una ligera vacilación rectificó:
— Lo intuyo.
—Si te hace ilusión, adelante.
Laura cogió las cartas, que había dejado en la mesa, y empezó a envolverlas en el paño blanco.
— ¿Te has enfadado?
— No, claro que no.
— Échame las cartas.
— ¿De verdad?
— De verdad.

 

 

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                                        I
Nos dirigimos a la vivienda que habían alquilado unos extranjeros en la calle Tercia. No es que Las Hilandarias se haya puesto de moda y haya entrado a formar parte de los “tour operators”. Pero de vez en cuando recalan en el pueblo británicos, alemanes o franceses. Incluso escandinavos. Es el signo de los tiempos.
La idea fue de Esteban. Teniendo en cuenta que a duras penas chapurrea un poco de inglés, su habilidad para relacionarse con todo el mundo es admirable.
Estos visitantes en concreto de cuya nacionalidad no me enteré, no hablaban apenas español. Casi se puede afirmar que no hablaban.
Mi amigo entró como Pedro por su casa, como si fuese uno más de la familia. Su desenvoltura es para mí otro motivo de asombro.
Se coló o nos colamos de rondón. Cruzamos el zaguán, la habitación de en medio y el comedor, desembocando en el patio sombreado por una parra, al fondo del cual había un cobertizo donde estaban los rubicundos forasteros jugando a las cartas.
Nos acercamos y contemplamos durante un rato cómo jugaban en silencio. Nadie dijo nada, ni ellos ni nosotros. Cuando nos cansamos de mirar, nos dimos media vuelta y nos fuimos.

 II

Esteban me propuso entonces dar un paseo en coche. Yo pensaba que ni siquiera tenía carnet de conducir.
Respondió a mi gesto de extrañeza con una sonrisa pícara en la que leí: “En cualquier caso tengo coche”.
Se trataba de un magnífico deportivo rojo.
Como me temía, Esteban era un conductor impulsivo. Rápidamente me arrepentí de haber aceptado su invitación, aun siendo consciente de que habría tomado a mal mi negativa.
Desde luego, montarme en ese bólido con Esteban al volante era una temeridad sin perdón de Dios.
El aerodinámico Alfa-Romeo llegó a Sevilla en un abrir y cerrar de ojos. Tras el vertiginoso viaje, empezamos a recorrer la ciudad como dos turistas ansiosos por descubrir rincones típicos.
Cada vez que Esteban apartaba la vista de la calzada para mirar a un lado o a otro, yo sentía un cosquilleo en el estómago. Su aparente seguridad incrementaba mi inquietud.
Sin venir a cuento dio un acelerón. Estas reacciones impredecibles y estúpidas impiden que uno pueda fiarse de él.
Hasta ese momento se había comportado prudentemente, pero en un acceso de hastío decidió tirar por la borda su sensatez.

 

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A veces
recibo cartas
de países lejanos,
de ciudades extrañas.

Estas cartas me llegan
de infrecuentes maneras.
En verdad el cartero
nunca me las entrega.
Me las traen las nubes
que el sol poniente incendia,
o cuando cae la noche
la lechuza que vuela.
Me las traen el viento,
la lluvia, las estrellas.

Son cartas imposibles,
escritas por quién sabe,
que se acuerda de mí
de tarde en tarde.

Y veo su sonrisa
-casi puedo decir-
cuando coge la pluma
y se pone a escribir.

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