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Casa en el monte (V)

 

 

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                                 II
Estaba en mitad de una calle, mirando a través de la cancela de un panteón. Alguien me llamó por mi nombre. Tras cerciorarse de quién era yo, me preguntó: “¿No te acuerdas de mí?”. Era la persona que había vislumbrado al pasar, inclinada sobre una tumba presidida por una cruz con un sudario.
Esbozando una sonrisa se presentó: “Soy Benito”. Claro, era Benito. Hacía tanto tiempo que no nos veíamos. Yo había tratado sobre todo a sus dos hermanos. Benito era varios años más joven que yo. Es curioso cómo, cuando se es niño, uno se fija en los muchachos mayores, a los que uno cree dotados de prerrogativas de las que uno carece.
Ahora reconocía a Benito, pero él no fue nunca objeto particular de mi atención. Era sencillamente el hermano menor de mis amigos, un crío que andaba por allí.
Él estaba a la entrada de la calle, yo en su mitad. Durante los minutos que duró nuestra corta entrevista, mantuvimos la distancia. Por supuesto, no hacía falta hablar alto. La quietud reinante hacía innecesario levantar la voz.
Me explicó, sin que hiciera falta, lo que estaba haciendo en esa sepultura. El cubo y la bayeta que llevaba en la mano, y su semblante apesadumbrado lo revelaban.
Pero, aunque sólo fuera la milésima de un segundo, aunque sólo fuera una ilusión, él tenía ganas de descargarse del peso que lo agobiaba. Lo escuché dando cabezadas de asentimiento. Fue más bien parco. Yo ya sabía lo que me estaba contando. Me había enterado por una de mis hermanas.
Nos quedamos callados. Sentía que algo estaba fallando. En primer lugar las palabras, que desertan en los momentos más críticos. En mi ayuda no acudieron las frases de circunstancias.
Podía haber dicho: “Así es la vida” “Ánimo” “Hay que seguir adelante” o cualquier otra trivialidad por el estilo que, aun siéndolo, puede servir de vehículo a un sentimiento sincero. La originalidad, ya de suyo problemática, es una pretensión ridícula en semejante coyuntura. Los lugares comunes sancionados por el uso son mucho más eficaces y verdaderos.
También fallaron los gestos. No fui capaz de acercarme y abrazar a Benito. Permanecí parado allí en medio, como uno de esos ángeles de piedra que, con las manos cruzadas en el pecho, se inclinan en una ligera reverencia.
Al final reaccioné. Antes de que se fuera con sus andares cansinos, con esa imagen de hombre apagado que largo tiempo retuvo mi retina, justo en el momento en que se volvía para colocar en su sitio el cubo y la bayeta, acerté a decir incongruentemente pero de corazón: “Me alegro de verte, Benito”.
Él no replicó nada. Alzó la mano en sucinta despedida y se marchó con aire ausente. Tal vez se alegrara también, a fin de cuentas fue él quien me reconoció y quien entabló conversación.
Luego me puse en movimiento y salí a la avenida central. A mi izquierda se alzaba la cruz de granito, flanqueada por dos palmeras y sombreada por altos cipreses. Mi visita había acabado. Giré a la derecha y me encaminé a la cancela que Benito había franqueado antes que yo.

 

 

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