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Las encinas y los fresnos se delineaban con nitidez. El frío de la amanecida mordía los pies y las manos de doña Rafaela hija que respetaba religiosamente el silencio impuesto. Un rayo de sol iluminó el claro. La perdiz, gozosa, gorjeó algunas notas.

Don Roberto, vigilante, hizo señas a su sobrina de que se acercase al hueco por donde asomaba el cañón del arma.

Doña Rafaela, a gatas, fue hasta la tronera y miró.

Del gracioso templete semejante al que los romanos consagraban al dios Término, salía el chorro sonoro de una jubilosa cantada.

La quietud majestuosa de los árboles, la pureza de la alborada, la chanzoneta del pájaro, las embestidas del frío mañanero eran los signos de un lenguaje que doña Rafaela hija desconocía.

“Estás temblando” dijo don Roberto estrechándola y frotando con su mano la espalda de su sobrina para conjurar los tiritones.

Los rayos de sol, remontando las copas de las frondosas encinas, inundaron de luz el claro. La perdiz, loca de alegría, entonó una romanza.

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Doña Rafaela hija no era ya una hoja en la punta de una rama azotada por el viento. No obstante, siguió pegada a su tío.

El reclamo no cesaba de cantar. Ora se quejaba dulcemente, ora prometía caricias, ora se enrabietaba por no obtener respuesta.

Un macho que picoteaba una algarroba, levantó la cabeza y prestó atención. E inmediatamente se puso a gorjear. La hembra enjaulada calló y escuchó complacida la larga tirada de notas que emitió su congénere.

El cuerpo de don Roberto se tensó. Retiró el brazo de los hombros de su sobrina y cogió la escopeta. Sus sentidos se aguzaron.

Doña Rafaela hija, inconscientemente, aminoró su ritmo respiratorio, adoptando una actitud de recogimiento.

El amoroso diálogo adquirió un furioso crescendo. Cuanto más se acercaba el macho, más se revolvía, presa de incontenible nerviosismo, la hembra en su cárcel, aunque no por ello dejaba sin respuesta las cantadas del que, desde un principio, estaba condenado a no aparearse con ella.

Cuanto más se acercaba el macho, mayor era la concentración de don Roberto a quien, si bien no entendía trino por trino el diálogo de los pájaros, el significado en conjunto de su inflamado lenguaje no se le escapaba.

Doña Rafaela hija no se atrevía siquiera a cambiar de postura, pese a que la pierna derecha le hormigueaba.

Una horrísona perdigonada agujereó el silencio.

El eco del disparó se alejó como un gato escaldado.

La hembra, con ojos redondos de asombro, permaneció inmóvil.

El macho yacía en la hierba.

El cazador esperaba intrigado la reacción del reclamo.

La perdiz, asomando la cabeza por entre los alambres, entonó un gorigori.

 

 

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