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Por la noche se reunían y hablaban en el salón. Don Zacarías hurgaba en el pasado y desempolvaba recuerdos de malas gestiones, de falsos amigos, de ilusiones varadas. O como resumía brutalmente doña Rafaela madre: “Recuerdos de fracasos”.

Don Zacarías era un fracasado. Había dilapidado su patrimonio. Ningún negocio le había reportado beneficios. Sus socios le habían salido ranas. Pero nada de eso era óbice para que él fuera un hombre alegre y comunicativo.

Por lo demás, ir de derrota en derrota le había proporcionado una sabiduría que, aun siendo inútil a efectos prácticos, le permitía calibrar con exactitud las ventajas e inconvenientes de cualquier empresa humana. Sus juicios estaban cargados de razón. Sus apreciaciones podían pasar por las de un perito.

Tampoco se podía afirmar tajantemente que ese saber no le sirviese para nada. El hecho de vivir del cuento demostraba lo contrario.

Cuando don Zacarías, copa de coñac en mano, evocaba al amigo que emigró a América (“Justamente lo que yo tenía que haber hecho”) o la fábrica de mantecados que quebró, un olor a libros de hojas amarillas y a diplomas de letras góticas atufaba a doña Rafaela madre.

Ella, indefectiblemente, coronaba la intervención de su marido con un comentario mordaz.

“No te veo con un sombrero de palma plantando mandiocas”.

“El dinero se le fue en comprar manteca rancia y ajonjolí”.

A veces, exponiéndose a la fulminante mirada materna, doña Rafaela hija indagaba las causas por las que un negocio se había ido a pique.

“¿Por qué va a ser? Por lo que se malogran las cosas” respondía don Zacarías calentando la copa de coñac entre las manos y haciendo oídos sordos a las pullas que le lanzaba su mujer.

Don Justino, de pie, escuchaba y jugueteaba con un bibelot que había cogido de la repisa de la chimenea. Sus blancos y finos dedos de covachuelista acariciaban distraídamente la pulida superficie de una bailarina que anudaba alrededor de su tobillo los lazos de la zapatilla.

“La fábrica de mantecados era un proyecto que merecía haber tenido éxito” dictaminó doña Rafaela hija. “Es lo que yo digo: las cosas salen bien o mal. Esa salió mal” concluyó su padre.

“Y mientras, yo me pudro en un sórdido bufete” declaró don Justino colocando la figurita de porcelana junto a las otras.

Luego puso su aristocrática mano de azuladas venas junto a la relamida bailarina y se habría dicho que otra pieza acababa de enriquecer la colección.

“No es para tanto” replicó doña Rafaela madre, “ser pasante de un abogado de renombre es condición indispensable para hacerse con el oficio”.

Sobre la pared del fondo, en gigantesco y deformante escorzo, se dibujaban los brazos de la araña de cristal que colgaba del techo.

A medida que el espectro del difunto marido de doña Rafaela hija, que otro no era el abogado de renombre, se posesionaba de los reunidos, los objetos cobraban más autonomía, reclamando la atención de los miembros de la familia.

“El viejo zorro” masculló don Zacarías mirando fijamente la sombra alargada y monstruosa que un velón sobredorado de cuatro picos proyectaba.

“El viejo zorro” repitió don Justino vomitando las palabras.

Doña Rafaela madre, de haber tenido un abanico, habría removido enérgicamente el aire para ahuyentar los poderes sobrenaturales del jurista muerto.

Doña Rafaela hija se había ensombrecido y envarado.

Don Roberto cogió la botella de coñac y sirvió otra copa.

Doña Rafaela madre se levantó y dijo: “Me voy a la cama”.

Subiendo la escalera, se acordó de los sacrílegos tomates y se prometió que al día siguiente hablaría con su cuñado de ese “jardinicidio”. Pero eso sería mañana, cuando la claridad diurna hubiese disuelto el ectoplasma del maquiavélico abogado de chupadas mejillas, consumado artífice de testamentos repletos de cláusulas sine qua non.

 

 

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