Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘luminosidad rojiza’

33

Se pusieron el tabardo y me cubrieron con la manta. Las llamas iluminaban las paredes y la parte más baja del techo. En la alta dominaban las sombras, que sólo eran disipadas fugazmente por una lengua de fuego más viva.

Me habría gustado contemplar la consumición de la leña y su transformación en brasas palpitantes que poco a poco se irían solapando bajo una capa de ceniza. Pero los enanos no tenían la intención de demorar la partida.

Se colocaron en su puesto y cogieron las parihuelas. Dije: “No iréis a dejar la candela encendida”. Como no replicaron nada, añadí: “Es peligroso”. “¿Peligroso para quién?” preguntó Moncho. “Para el bosque” “¿Ves aquí muchos árboles?” “No, pero…” “Pero nada. La candela se apagará sola”.

De los tres tramos en que puede dividirse el camino de regreso, este fue el más penoso y, al menos eso me pareció, el más largo.

Dada la pericia de los enanos, en ningún momento me asaltó el temor de que nos hubiésemos extraviado en ese laberinto de galerías. Pero el recorrido, salvo en tres ocasiones, lo hicimos a oscuras.

Por la inclinación de la camilla advertía que unas veces subíamos y otras bajábamos. La temperatura oscilaba también. Pero lo que me desconcertaba más eran los bruscos cambios de dirección. Incluso llegué a pensar que habíamos dado media vuelta y desandábamos el camino.

Atravesamos un túnel cuyas paredes despedían un resplandor mortecino, y un pasaje cuyas rocas tenían un halo fosforescente unas veces verdoso y otras amarillento. Los enanos aceleraron poniendo cuidado en no rozar esas piedras sulfurosas.

Aparte de estos episodios, en los que la claridad radioactiva permitía distinguir el contorno de los objetos, durante todo el trayecto estuve ciego.

Los enanos ni tropezaron ni vacilaron en ningún momento. Sólo aminoraron su ritmo de marcha en una galería al final de la cual se percibía una luminosidad rojiza. Conforme nos acercábamos, aumentaba el calor.

Como de costumbre, mis porteadores no abrieron la boca. A mitad del recorrido giraron repentinamente a la izquierda y nos internamos en un corredor donde la temperatura fue disminuyendo a la par que nos alejábamos de esa sima de magma borboteante, según supuse.

Por último enfilamos un pasadizo con un núcleo de luz clara al fondo. La robustez de Moncho embutido en su tabardo era un impedimento a esta grata visión, de la que sólo tenía atisbos, y que sólo podía ser la salida.

Cuanto más nos acercábamos, más intensamente se nimbaba la figura achaparrada del enano.

El aire era fresco. Y me llegó una vaharada de efluvios montaraces. Me sentí tan reanimado como cuando me dieron a beber la poción. E igual que entonces me hubiese gustado hacer un comentario festivo. Conociendo la adustez de los enanos, me contuve.

El corredor descendía suavemente y desembocaba en una caverna abierta al exterior. Los enanos pusieron las parihuelas a un lado y se quitaron los tabardos. Luego se desperezaron y golpearon el suelo con los pies para desentumecer los músculos o para exteriorizar su alegría. Los tres respiramos a pleno pulmón.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »