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Posts Tagged ‘madurez’

Mi padre nunca tuvo confianza en mí. A menudo lo vi mover la cabeza en un gesto de desaprobación y aburrimiento tras echar un vistazo a mi boletín de notas.

Aunque me guardase de manifestarlo, su desesperación me resultaba divertida. “No llegará a ningún sitio” concluía.

Mi padre era un luchador que no se daba fácilmente por vencido. Como la idea de abandonarme a mi suerte le causaba pavor, recurrió a toda clase de artimañas “para hacerme reaccionar”.

Doy fe de que utilizó métodos y estratagemas inimaginables. Castigos y premios, broncas y halagos, dureza y benevolencia se sucedieron arbitrariamente en el trato que me deparó durante mis años de estudio.

El caso era que, mal que bien, iba sacando los cursos.

Mi padre quería que yo fuese como Julio Sandoval, que tuviese sus notas, su desenvoltura, su don de gentes. Incluso, y no quiero pecar de exagerado, su timbre de voz y su manera de andar.

Como más tarde me repitió hasta la saciedad, Julio Sandoval triunfó en la vida. Hoy es un médico famoso con una clientela de lujo. Su sonrisa de anuncio de dentífrico y su porte marcial hacen estragos entre las señoras que han rebasado los cincuenta.

Dinero, mujeres, coches, chalets, prestigio, amistades en las altas esferas son los beneficios de que disfruta Sandoval, y de los que yo no podré alardear nunca.

Mi amigo estaba destinado a esa vertiginosa carrera de privilegios. Desde su infancia destacó en los estudios, en los deportes, en las conquistas amorosas…

-o-

No sé adónde he llegado. Tampoco sé adónde había que llegar. Estoy contento con mi trabajo de restaurador de relojes antiguos. No aspiro a más. Si el éxito y la madurez están representados por Julio Sandoval, es evidente que no los alcanzaré nunca. Mi padre tenía más razón que un santo. Pero yo no estoy renunciando ni a esto ni a aquello ni a lo de más allá. Por nada del mundo cambiaría el dulzor de mis uvas.

 

 

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9.-Ante Emma, una amiga experimentada, expuse mi creencia de que las personas más capacitadas ocupaban los cargos públicos de responsabilidad.
Me miró con una media sonrisa, tratando de averiguar si yo hablaba en serio o en broma. “No seas majadero” dijo al fin.
“¿De veras piensas que la política es una ocupación que se ejerce cuando se alcanza un determinado grado de madurez?”.
Y prosiguió diciendo: “El político, como cualquier ser humano, es el producto de su historia personal. Ignorar este postulado equivale a descartar la única explicación posible a numerosas decisiones de los profesionales del Estado. Concebir la política como un mundo en el que sólo priman la economía y otros factores sociales, es una visión ingenua de la misma”.
“Pero reconocerás” argumenté “que hay que escoger a los políticos en razón de su sabiduría, prudencia y honradez. Que sólo los que antepongan el bien público son dignos de confianza. Que debe prevalecer el mérito y el talento. Que los puestos oficiales deben recaer exclusivamente en los hombres y mujeres que reúnan esas condiciones”
“Para el carro” replicó mi amiga, “como diría Jonathan Swift, todo eso no son más que imposibles y quiméricos dislates. Estás hablando como un visionario”.

 

 

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